Noticieros y democracia

Noticieros y democracia

Por | 23 de Noviembre de 2016

Brooke Baldwin © CNN

Escena 1

Cualquier población de México, cualquier noche de 1995 posterior a la última gran devaluación y posterior al desencanto de no haber entrado al primer mundo y de recordar que nuestros compatriotas indígenas seguían en la marginación. Una familia ve la televisión, de hecho ve 24 horas (1970-1998), el principal, y prácticamente único, noticiero del país. Al mismo tiempo, millones de personas ven el mismo noticiero por todo el territorio, desde la comodidad de una sala de San Pedro Garza García o conectando la televisión a una batería de coche en alguna choza de la península de Atasta. Todos tienen algo en común además de la nacionalidad, incluso si eso que tienen en común es una desconfianza creciente en el programa, en el medio, en la empresa que lo produce y en el régimen con el que está asociada.

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Escena 2

Cualquier población de Estados Unidos la noche del 8 de noviembre de 2016 esperando que pase lo mejor, o que no pase lo peor al menos. Varios millones de personas se congregaban multipuntualmente frente a las pantallas de sus televisiores, varios millones menos frente a las pantallas de sus computadoras, tabletas y teléfonos. Todos tienen en común, además de la nacionalidad, la esperanza y el temor y muy poco más, porque ni siquiera la esperanza o el temor que tenían era compartido, y sobre todo porque se veían a sí mismos desde la particularidad (blancos, negros, latinos, LGBT…) antes que desde lo común.

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Para trazar una línea entre una escena y otra es necesario recordar la relación entre la opinión pública, los medios que la informan y su impacto en la cosa pública.

La opinión pública nunca es unívoca, aunque a menudo, durante un periodo un sector amplio, incluso muy amplio, incluso mayoritario, de una sociedad puede tender a opinar más o menos lo mismo. Volteemos a la “Escena 1”. Entre 1994 y 1995, sobre todo después del levantamiento zapatista en Chiapas y del Error de Diciembre, se acrecentó un desagrado hacia el régimen priista que se venía gestando desde años atrás. Y desde la distancia de esa irritación, grandes grupos sociales miraban hacia la línea editorial de 24 horas y hacia el compromiso explícito de su compañía productora (Televisa) con el régimen.

En México los periódicos siempre fueron un fenómeno minoritario, mientras que el noticiero nocturno de Televisa fue durante poco más de dos décadas el referente de la cosa pública: los sucesos que se consideraban comunes (a nivel nacional) tenían un sistema de difusión compartido.

Aunque México no era del todo una anomalía, en muchos otros puntos, y sobre todo en Estados Unidos, la noticia del día se compartía por varios medios.[1] Como fuera en algún punto todos los noticieros terminaban por sincronizarse alrededor de ciertos sucesos para no perder a su audiencia, lo que daba como resultado una puesta en común de la cosa pública y flujos de opinión amplios favoreciendo o reprobando una acción presidencial, una intervención armada, una ley, etc.

De ese punto a esta parte el papel de los noticieros ha cambiado. De hecho es muy probable que desaparezcan en el mediano plazoal menos en televisión abierta. Y si desde la situación mexicana es algo que, por decir lo menos, roza lo deseable, al mismo tiempo encarna los peligros de que cada vez haya menos en común en esos grupos humanos que aún llamamos naciones y con los que ahora nos sentimos mucho menos vinculados que con nuestros intereses inmediatos y nuestros grupos de pertenencia. Sólo que eso no le pasa a todo mundo.

En Estados Unidos lo que ellos llaman baby boomers se informa principalmente por vía televisiva, mientras que los millennials lo hacen por redes sociales; el grupo intermadio, la generación X, se reparte en partes más o menos iguales entre las dos lógicas, según el Pew Research Center. ¿Esto qué nos dice de la cosa pública? Pues, que en un sector está fragmentada y en otro no. La sensación de que hay algo público compartido es más común entre mayor edad tenga uno, vaya, y por lo tanto, entre más cercano esté uno todavía a la idea de nación como eje de su comunidad imaginada[2] y a la televisión como eje de la información cotidiana. Tomémoslo en cuenta para abordar la “Escena 2”. En principio, y sin contar el complejo y antidemocrático sistema electoral estadounidense ni el reparto de votos reales –los que llaman “directos”–, eso explicaría la tendencia de grupos considerables a pensar que se puede volver a hacer grande a Estados Unidos.[3]

Pero hay algo más. Véase esta gráfica generada por CNN Politics con sus encuestas de salida:

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El 56% de los encuestados tenía más de 45 años, por lo que siguiendo la categorización etaria del Pew Research Center, los baby boomers, la generación televisiva, fueron el sector más activo en la elección estadounidense. Muchos de ellos, influenciados por el genio mediático de Donald Trump y motivados por sus deseos de revivir un pasado mejor resultaron determinantes. Como hipótesis de pasada, y comparando esto con el Brexit, podemos tener como conclusión parcial que la generación que se informa por vía televisiva y, que por lo tanto, sucumbe a sus dinámicas espectaculares y escandalosas, seguirá siendo determinante en el curso de las democracias hasta que desaparezca, tanto porque son los grupos más grandes ya en muchas sociedades como porque son los sujetos políticamente activos en términos amplios. Y eso da mucho miedo.

La primera pregunta es si el sistema de noticieros televisivos nocturnos fue determinante en lo que hasta ahora entendemos como democracia, la de grandes consensos entre grandes grupos humanos que se sentían parte de algo enorme y trascendente. Y la respuesta parece ser sí. El hecho de que los grandes temas debatidos por la opinión pública tuvieran canales y horarios en común fortalecía la cosa pública, ya fuera por adhesión o por oposición. La gran pregunta, sin embargo, es hacia dónde puede ir la democracia tras la fragmentación de las fuentes informativas (si bien las redes sociales son canales de canales, los medios específicos a los que acudimos son muchísimos). Por lo pronto sabemos que no lleva a votar más que a un pequeño sector de quienes se informan por esa vía. Ahora, si pensamos en lo que está pasando en Europa y en las malogradísimas democracias latinoamericanas, los parlamentos y senados hiperdivididos serán la tendencia durante un periodo largo, mientras las generaciones de lógica televisiva seguirán definiendo las presidencias y los referendos. Además de ello habrá ajustes en las dinámicas democráticas que no es posible prever a detalle, por más que sea evidente que estamos en un momento de rearticulación. Lo cierto es que si bien en países como México hay razones para celebrar el debilitamiento de los noticieros, hay razones de mucho peso para estar aterrados ante su desaparición.


[1] Sin ignorar que las noticias cruzaban la televisión, la radio y la prensa me enfocaré sólo en el primer medio debido a que ésta es una revista de imágenes en movimiento.

[2] Habría que considerar si la idea de comunidad imaginada pudiera ampliarse a comunidades no nacionales a diferencia de su planteamiento original, pero siguiendo los ejes que Benedict Anderson propone en la introducción a Immagined Communities: Reflections on the Origin and Spread of Nationalism. (Mi edición de referencia es la de Verso, Nueva York, 2006. En español hay una edición de Fondo de Cultura Económica, México.)

[3] Aunque por supuesto es algo imposible porque está basado en un error en la concepción del sistema económico mundial. Ver, por ejemplo, Aaron Benanav, “It’s Not About NAFTA”, blog de Verso, Nueva York, 25 de noviembre de 2016.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel