No somos extraños

No somos extraños

Por | 21 de Enero de 2016

The National: No somos extraños (Mistaken for Strangers, Tom Berninger, 2013) no es un documental sobre rock, ni sobre The National, ni siquiera sobre el vocalista –y hermano del director– Matt Berninger. Lo que comienza como un intento por retratar una gira de la banda evoluciona hasta el grado de priorizar la búsqueda en lugar de su objetivo.

Este relato plantea un juego de miradas que se desplazan durante el proceso: Tom Berninger es reclutado para acompañar a The National como roadie durante su gira. Aprovechando la oportunidad y rescatando lo que parece ser su sueño frustrado de cineasta, decide llevar una cámara de mano y realizar un documental sobre la banda. Los hermanos, aun teniendo rasgos físicos innegablemente familiares, se manifiestan desde el inicio como polos opuestos: Matt, estrella de rock recientemente exitosa y hermano mayor; Tom, evidentemente deprimido, evidentemente fracasado. Comienza así una travesía durante la cual el realizador se enfrentará con una serie de conflictos y obstáculos para acabar logrando el objetivo –lo cual era evidente desde un principio, ya que estamos viendo, justamente, el resultado del proceso narrado.

Con la forma de un making-of, No somos extraños orquesta distintos puntos de vista: la primera aproximación pretende retratar a la banda y sus procesos creativos; conforme el relato avanza, el narrador voltea a verse cada vez más a sí mismo; en un tercer momento, la mirada se aleja hasta amalgamar todo en una historia sobre el fracaso y las relaciones humanas.

Utilizando la gira de The National como excusa, Tom se dedica a narrarse a sí mismo. La película es una especie de autorretrato, un intento por construir la autobiografía: las cavilaciones desembocan en reflexiones sobre su ser, sobre su historia, sobre su propia fascinación frente al trabajo de su hermano y su relación con él. A manera de videodiario, Tom recurre constantemente a interacciones íntimas con la cámara –lo vemos ebrio, llorando, riendo y confesándole sus emociones tanto al aparatito como a los personajes retratados por él–: estos instantes parecen materializar una búsqueda de diálogo, registro y anclaje en medio del torrente de emociones que se desató a través de la confrontación con ese otro y esa realidad que, aun habiendo partido de los mismos orígenes, es extraña, ajena.

En un esfuerzo constante por construir su propia imagen, este personaje escarba en su historia familiar y, en un modo tan errático como la misma imagen del documental, plantea preguntas a quienes lo rodean para poder encontrar un sentido. La dinámica entre estos dos hermanos que, al parecer, pasan temporadas enteras sin estar en contacto, revive las frustraciones propias de la infancia y reactiva todas las tensiones que se van quedando atrás cuando uno crece. Tom se muestra inseguro en su frenesí por encontrar, en quienes ahora conviven con su hermano (los compañeros de la banda, su esposa, el equipo que sale de gira con ellos) una reafirmación de que todo aquello que percibe es real: Matt bebe, Matt hace rabietas y pierde los estribos, Matt no se ha convertido, en realidad, en una figura inalcanzable. La figura de su hermano funciona entonces como punto de contraste para señalar los conflictos de un narrador que termina siendo el verdadero protagonista: un protagonista hundido en el fracaso y en la eterna comparación, un protagonista que busca desesperadamente algo sin saber con certeza qué es.

El relato, que desemboca en lo individual a través del gran pretexto de retratar el espectáculo y el proceso creativo, regresa a sus orígenes de manera magistral cuando Matt, en su papel de hermano mayor, admite que, hasta que él y la banda admitieron sus miedos y su incertidumbre incorporándolos en su sonido, lograron establecer un puente con su público –y así obtener el subsecuente éxito comercial. Ahí tal vez está el punto en el que los espectadores que llegamos a este documental a través de la música de The National vemos nuestras expectativas iniciales satisfechas; en ese momento, también, adquieren sentido tanto las cavilaciones de Tom como las –esperemos que menos extremas– cavilaciones del espectador/escucha. Finalmente todos tenemos vocecitas devorando nuestras almas.


Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.