Narcos, 1ª temporada

Narcos, 1ª temporada

Por | 1 de octubre de 2015

Sección: Crítica

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Uno de los recursos más utilizados en la primera temporada de Narcos (2015) es el pietaje de archivo. Y, entre las imágenes del pasado más vistas, no sólo está, como es obvio, Pablo Escobar sino también dos presidentes de Estados Unidos: Ronald Reagan y George Bush. Los rostros de los dos últimos son mucho más conocidos, pero su impacto en la realidad contingente y cotidiana de hoy es, seguramente, menor. La red de distribución de droga que los cárteles de Medellín y Cali establecieron en los 80 ha influido, por ejemplo, en prácticas de ocio y trabajo, que muchas personas siguen décadas después. Como los celulares –aparecidos más o menos al mismo tiempo–, de un modo u otro, se han convertido en parte del día a día. Y como todo lo que está incorporado al acontecer cotidiano la cocaína, el protagonista no humano de la serie, no es erradicable. Con esta base uno no puede dejar de preguntarse cuál es la agenda política de Netflix en su primera producción bilingüe. Y, seguramente, la respuesta no aparecerá hasta la próxima temporada o hasta la conclusión del proyecto.

Por ahora, Narcos (2015 – ¿?), está centrada en una figura, Pablo Escobar, aquí una especie de dictador tropical o führer criminal (interpretado con maestría, especialmente cuando mira en silencio a la cámara, con displicencia melancólica, por el brasileño Wagner Moura), obsesionado con su propio poder y berrinchudo en consecuencia, pero con un instinto político natural. En la primera temporada, el camino que recorre comienza en sus orígenes como un bandido menor que encuentra la oportunidad de su vida, hasta convertirse primero en figura de admiración al usar su dinero para el bien de los desposeídos, y después volverse adicto al el poder: no pudo lograr apoderarse del poder político formal en Colombia, pero sí crear una estructura paralela, probablemente más fuerte que el Estado. Naturalmente ésta sólo es la visión de la serie, donde, por ejemplo, el Cártel de Cali está desdibujado por motivos narrativos. (Incluso al inicio de cada episodio se advierte que algunos sucesos están alterados por motivos dramáticos.)

Los creadores de la serie planearon que la figura opuesta al narcotraficante fuera Steve Murphy (Boyd Holbrook), agente de la DEA asignado a la embajada de Estados Unidos en Bogotá. Pero tanto la menor calidad actoral de Holbrook con respecto a Moura, como la complejidad política al interior de la embajada y la marcada visión estadounidense de la producción –inevitable aún cuando hay un intento muy serio por atemperarla y matizarla desde Latinoamérica; lo que es un logro inaudito en sí– terminan por generar un opuesto múltiple y dividido a Escobar: la DEA, la CIA y el ejército más intervencionista del mundo. En el momento histórico abordado por la serie, la DEA, creada para ello, estaba enfocada en las drogas, mientras que la CIA y el ejército del Tío Sam estaban totalmente dedicados a anular cualquier movimiento de izquierda revolucionaria.

El conjunto es interesante porque refleja , tanto a nivel diegético como extradiegético, la obsesión estadounidense por tener enemigos identificables para demostrar su fuerza. En lo diegético, dentro de la historia, es más importante mostrar a un enemigo casi satánico contra el que la colectividad estadounidense tiene que enfrentarse para defender a su país fuera de su país, así este Pablo Escobar, puede ser sustituido, fuera de la serie por El Chapo, el enemigo que, al menos desde México, tenemos más identificado, pero igualmente, en otro tiempo, podría haber sido sustituido por Osama bin Laden, Saddam Hussein o Fidel Castro. Por eso, también dentro de las políticas de producción no hubo cuidado en que los personajes hablen español colombiano, aunque fuera genérico y de telenovela, ya no se hable de la mínima necesidad, impuesta por el ámbito geográfico de la historia, de distinguir las variantes de Antioquia, Bogotá y el Valle del Cauca. El Otro no anglosajón es una mancha para los estadounidenses; Latinoamérica es unívoca. Importa que los australianos y galeses haciendo papeles de neoyorkinos tengan el acento adecuado, no que los actores mexicanos, brasileños, costarricenses… puedan dar un tono colombiano porque para ellos en español sólo se balbucea, es decir, para ellos, de algún modo, somos bárbaros y los narcotraficantes son la prueba. Ante esta visión folklórica perversa, las atenuaciones mencionando, por ejemplo, el consumo de droga al norte del Río Bravo hacen muy poco.

Y aún así, la serie es interesantísima. Más que por el arquetipo del mal, me parece que por el pietaje televisivo, muchas veces o casi siempre proveniente de la misma Colombia, que irrumpe la narración y recuerda el vínculo de la narración con la historia y con lo cotidiano. De cualquier modo, analizar una temporada de una serie es como analizar sólo media novela. Habrá que esperar que Narcos avance o que culmine hasta poder formular un juicio definitivo.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica y la Gaceta Luna Córnea. Imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014).