Mustang

Mustang

Por | 19 de Noviembre de 2015

Tal vez sea sólo una impresión, atribuible a la propia impresión de quien esto escribe por los sucesos que corren por el mundo en nuestros días –ESTOS días–, pero parece que el número de películas que tocan temas relacionados con la vida en países musulmanes ha crecido enormemente en los últimos, digamos, 15 años. Y tal vez, en realidad, es una cuestión lógica: especialmente a partir de fenómenos como los atentados a Estados Unidos en 2001, y a diferentes formas de mediatización de los conflictos en Oriente Medio y otras regiones con poblaciones musulmanas, “Occidente” ha mirado en esa dirección como probablemente no lo hacía desde hace varios siglos. Si bien, Turquía no se identifica como un país en el que las corrientes radicales del islam dominen, se calcula que más del 90 por cierto de sus habitantes profesa diferentes variantes de la religión de Mahoma. Su proximidad geográfica, tanto al bloque de los países europeos más desarrollados como con el llamado “Mundo Árabe” –su frontera sur inmediata es con Siria– han convertido a Turquía en una especie de Estado de transición. Lo es políticamente hablando, y también en el terreno cultural.

Es precisamente en el norte de Turquía, en un pueblo pegado al Mar Muerto, donde tiene lugar la historia que la cineasta franco-turca Deniz Gamze Ergüven (Ankara, 1978) y la guionista parisina Alice Winocour (1976) han decidido contar en Mustang: Belleza salvaje (Mustang, 2015), un relato que aunque en definitiva tiene más que ver con la feminidad y la liberación de género que con la visión musulmana del mundo, arroja un claro comentario crítico al conservadurismo que, en general, permea en las sociedades con esos sistemas de creencias. Como muchas de las producciones que abordan cuestiones relativas al universo musulmán, Mustang es una coproducción europea, y más puntualmente, francesa.

Nur (Doğa Zeynep Doğuşlu), Selma (Tuğba Sunguroğlu), Ece (Elit İşcan), Sonay (İlayda Akdoğan) y Lale (Güneş Nezihe Şensoy) son cinco hermanas huérfanas que un día común y corriente, después del colegio, se van con un grupo de chicos de la escuela para jugar inocentemente en la orilla del mar. Sus acciones, sin embargo, son tomadas por la comunidad conservadora de su pueblo como una muestra de lascivia que dada su condición de mujeres, amerita un castigo ejemplar e incluso todo un protocolo que ayude a lavar el nombre de la familia “agraviada”. Pronto, las adolescentes (todas ellas bellísimas y llenas de una rebeldía y una gracia juvenil que la película se empeña, con éxito, en acentuar en todo momento) son enclaustradas en la casa de su abuela, donde serán inmediatamente “entrenadas” para la vida conyugal y ofrecidas en matrimonio a las familias de muchachos en edad de casarse. Pese a la abnegación –o resignación– de algunas, es la obstinación general del grupo, y en especial de Lale, la más joven de las hermanas, la que disparará una serie de situaciones que, de la hilaridad al drama, nos llevan a través de una lucha por la liberación.

La insinuación política en torno a las prácticas tradicionales del pequeño pueblo de raíces musulmanas (nunca radicales) donde se desarrolla la opera prima de Ergüven es hasta cierto punto tenue. Aún más, su mensaje queda inserto en una trama y en una forma de narrar del todo occidentalizadas y probablemente incompatibles con una visión más local –a lo largo de la película los personajes luchan por su liberación y pasan por una serie de pruebas que eventualmente los conducirán a ella en la estructura narrativa de un Bildungsroman–, y  sin embargo, el más grande acierto de Mustang se encuentra en el nunca mejor equilibrado retrato de una feminidad fascinante, suspendida delicadamente entre dos mundos: el de la tradición inamovible y la idealización de la libertad del Oeste.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.