Marooned

Marooned

Por | 26 de junio de 2014

La música en su estado más puro es instrumental. Forma inasible que sin embargo expresa, sin concepto, sin nada ajeno a su propio discurrir. Aunque aun en su apertura estética siempre hay una guía de sentido en su título. Por el momento quedémonos con el nombre de una pieza de Pink Floyd, “Marooned”, aparecida hace veinte años en The Division Bell (1994) y cuyo video se presentó hace apenas unas semanas para los festejos de relanzamiento del álbum.

La pieza parte en gran medida de improvisaciones de Richard Wright (teclados) y David Gilmour (guitarra), ejecutadas entre 1993 y 1994. Con esta base no es descabellado asumir que su nombre vino después, para dar sentido a su materia expresiva, probablemente el que sus mismos autores encontraron en lo creado juntos.

Pues bien, el nombre de esta pieza es el adjetivo inglés marooned, que significa abandonado, pero es diferente, por un pequeño matiz de abandoned: se refiere a alguien abandonado en una isla o a alguien totalmente aislado y sin esperanza de cambiar de situación. Curiosamente el origen de esta palabra es una palabra española, cimarrón, que el inglés tomó prestada en un contexto muy particular y americano: se refería a los esclavos negros que escapaban de la civilización occidental y que muy a menudo crearon sistemas sociales, incluso reinos, independientes. Como si los esclavistas pensaran que estos libertarios quedaran totalmente perdidos fuera de su contrato social.

Volvamos, veinte años después de la aparición de The Division Bell y con motivaciones indudablemente comerciales, Pink Floyd –ahora sólo David Gilmour y Nick Mason– encargó a Aubrey Powell (Sussex, 1946), uno de los miembros del estudio de diseño gráfico Hipgnosis, con el que habían trabajado desde, al menos los 70, hacer un video.

Powell, se valió de las dos secciones claras de Marooned para dividir su interpretación visual. En la primera se ven tomas espaciales de la Tierra siempre con la extraña presencia de una estación espacial “vacía”, recordando la presencia, quizá pasada, del hombre y, en la segunda, se recorre la ciudad ucraniana de Prípiat, identificada como Chernóbil por la planta de energía a la que estaba vinculada su existencia, despoblada en 1986 tras la catástrofe nuclear por orden gubernamental, tal como fue creada y habitada en 1970. Ambas partes están vinculadas con la aparición de la leyenda Soyuz (Союз) en la plataforma espacial y un mural con un cosmonauta en la ciudad fantasma.

Soyuz es la palabra rusa para unión y con esa palabra optimista los soviéticos marcaron lo que parecía su utopía de trascendencia humana a través de la tecnología: si el hombre podía llegar al espacio lo podía todo. Pero la tecnología, no sólo en Chernóbil sino también en Fukushima o en Detroit, muestra constantemente su imperfección ya sea porque sus componentes descompostura, por obsolescencia o descuido… Pero, ¿es la tecnología lo que nos une? Hasta cierto punto. Hasta el punto en que la quijada de Caín y nuestros smartphones indican una característica humana. Pero tanto los sitios arqueológicos como Prípiat o Detroit, la gran ciudad industrial que está entre despoblamiento y recuperación, llenos siempre de herramientas que sobrevivieron a sus usuarios, es decir, a campesinos, cocineras, cocheros… personas, siempre terminan por recordar que la labor del hombre se derruye y se pierde en la vegetación o el humus cuando se abandona su moradas y el mundo se regenera y las invade.

Este texto se publicó originalmente en la edición web de la primera etapa de Icónica (iconica.cinetecanacional.net, 26 de junio de 2014), y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014).