Margaret: Death of a Revolutionary

Margaret: Death of a Revolutionary

Por | 30 de enero de 2018

When people are free to choose, they choose freedom.
Margaret Thatcher

Hay películas de propaganda que se cuentan entre las más provocadoras. El cine ha tomado múltiples caminos desde el inicio de su historia. Uno que persiste es el de ser propaganda. Mientras otras vías del cine han tenido discontinuidades, la de apoyar de manera facciosa alguna tendencia política jamás ha estado ausente. Ahora bien, es fácil tratar de descalificar a lo que uno se opone como propaganda, particularmente en un ambiente de elección presidencial como el de México en 2018. Pero, la difusión virulenta de posiciones políticas que uno apoya también es propaganda. La propaganda cinematográfica ha estado ligada al espectro completo de las ideologías políticas y ha resultado en cine estimulante en múltiples ocasiones, como en el caso de las películas prosoviéticas de Serguéi Eisenstein o incluso algunas de las películas realizadas durante la todavía existente dictadura castrista.

En muchos países, las consignas que la abrumadora mayoría de quienes se consideran de izquierda repiten sobre Margaret Thatcher –la difunta primera ministra de Gran Bretaña entre 1979 y 1990–, intentan envilecerla, adjudicándole los males que se le atribuyen al neoliberalismo. Un documental británico de 2013, año de la muerte de Thatcher, ofrece una visión contrastante. Varias películas con este tema se refieren al consenso de la postguerra, detallando la manera en que los dos partidos que se alternaban en el poder veían en la intervención del estado la manera de conducir la economía del país. Como resultado, hacia los setenta, se habían nacionalizado tanto las industrias clave y gigantescas, como, por ejemplo, una popular agencia de viajes y hasta cierto número de tabernas, los folklóricos pubs.

La ruinosa situación de esas empresas nacionalizadas, los déficits y las deudas acumuladas, así como el claro declive general del país, habían llevado a que se considerase a Gran Bretaña como “The Sick Man of Europe”, “el enfermo de Europa”. Esto fue lo que Thatcher revirtió. Grande como fue la proeza de enfrentar el consenso estatista, lo anterior no alcanza a describir el significado de la acción política de Thatcher. En Margaret: Death of a Revolutionary el público puede oír que se describe a Thatcher como una persona dedicada a la liberación del proletariado, como una revolucionaria radical, como alguien que ni era de la clase gobernante ni trabajó a favor de la clase alta, como una política que estaba en contra de los privilegios, como una figura subversiva. Resumiría yo: una liberal radical. Y según Martin Durkin, presentador, escritor y director del documental, Thatcher fue una mujer que lideró una revolución de la clase trabajadora, que transformó positivamente a su país.

Contra los estereotipos que circulan, el documental muestra el repetido éxito electoral de Thatcher –hay que recordar que como líder de su partido y primera ministra los votantes británicos siempre la favorecieron. Esto enfureció tanto al opositor Partido Laborista como a algunos de sus correligionarios en el Partido Conservador, principalmente los cuadros tradicionales de clase alta. Durkin (1962) sostiene que en ese tiempo se contraponían dos concepciones sobre la clase trabajadora. Por una parte, estaban los laboristas que aseguraban que los trabajadores estaban oprimidos y, en la práctica, derivaban a la posición de que la clase trabajadora tendría que conformarse con lo que se le diese desde el estado –quiero creer que con el supuesto de que eso dado sería mucho, o al menos suficiente. Sin embargo, a Thatcher le ofendía esa visión sobre la clase trabajadora, como mostraron sus acciones, escritos y discursos, pues esto no es conocimiento esotérico sino público, como muestra el documental con material de archivo. Thatcher rechazaba por completo que se esperase que los trabajadores se conformasen y enfrentaba todavía más que se quisiese encasillar a las personas por su clase social. Como veremos, Thatcher encarnó el no vivir como se esperaba de ella por su género y origen social.

En la perspectiva política de Thatcher predominaba, entonces, el respeto hacia las personas y sus capacidades, fueran de la clase social que fuesen y, aunque resulte contradictorio con la deformación que se difunde sobre su legado, tenía un profundo sentido igualitario. Margaret: Death of a Revolutionary también documenta cómo esto indignaba a los terratenientes que resentían la movilidad social que las políticas thatcherianas propiciaron entre quienes aprovecharon la liberación de la economía –que provenían de diferentes segmentos de la sociedad británica. El proceso de movilidad social era tan palpable que un comediante, Harry Enfield, creó un personaje, Loadsamoney, que se volvió popular a través de la televisión. Desde una visión inmovilista el personaje era un despreciable nuevo rico, pero su enriquecimiento era real. De manera análoga, uno de los entrevistados cuenta cómo a los miembros de la clase alta les disgustaba que se mudase a su calle alguien que, por ejemplo, se estuviese enriqueciendo comerciando con desperdicios de metal. Hasta un académico de la Universidad de Oxford, institución que en esos años todavía se caracterizaba por su elitismo social, explica ante la cámara que la clase alta tenía aversión al capitalismo porque en una sociedad que se rigiese por el mérito, se desplazarían los rangos y las jerarquías: el origen social dejaría de ser determinante. Hay que tomar en cuenta que Thatcher operaba en una sociedad, como dice otra entrevistada, en que incluso se acusaba a la ambición de ser vulgar, es decir, implicando que cada quién debía saber su lugar en la escala social y tendría que permanecer en él. Todavía más curioso es que la izquierda, entre la marea de la transformación thatcherista, cambió su discurso, empezó a criticar la cultura de buscar riqueza, el interés por el dinero, la primacía del dinero, con lo que no sólo dio un giro moralista sino que perdió su diferencia con el clasismo conservador. Esta es una de muchas muestras de la revolución que provocó Thatcher.

El documental relata, como otros, la historia personal de Margaret Thatcher, pero sus hechos cobran una dimensión distinta en el contexto de las ideas antes dichas. Thatcher era la hija de un abarrotero en una pequeña ciudad. Su padre la educó en el liberalismo y el cristianismo. Como miembro de la clase media baja, Thatcher nada tenía que ver con los segmentos aristocráticos y de clase alta del Partido Conservador. Aun así, desde sus años universitarios, becada en Oxford, Thatcher se une a ese partido y en la primera oportunidad que tiene de hablar ante un congreso del mismo, plantea la necesidad de abrir el Partido Conservador a la clase trabajadora. Su extracción social y su condición de mujer representaron verdaderas dificultades. Cuando Thatcher logró ganar el liderazgo de su partido, James Callaghan, primer ministro y líder de los laboristas, afirmó que la victoria de Thatcher aseguraba el triunfo del Partido Laborista en la siguiente elección general. La historia desmentiría su machismo, pues Thatcher ganaría después de conducir una campaña dirigida al conjunto de las clases sociales.

Durkin relata cómo en su primer gabinete Thatcher tuvo que incluir a conservadores tradicionales y, sólo en un posterior momento, fortalecida políticamente –al haber contrarrestado la invasión a las Islas Malvinas por la dictadura militar argentina–, pudo armar un gabinete afín a ella. El nuevo equipo incluía a varios políticos de clase trabajadora y, sobre todo, con la convicción de romper el statu quo. En realidad, como alguien cuenta en el documental, Thatcher desconfiaba de los personajes aristocráticos porque pensaba que podían oponerse al cambio. La animadversión, que algunos expresaban en casi cualquier sentido en contra de ella, confirma que no estaba errada. Durkin llama certeramente la atención sobre la insidia de figuras públicas de extracción privilegiada que pretendían denigrar a Thatcher. El documentalista cuenta lo dicho por una profesora de filosofía de la Universidad de Oxford mientras Thatcher era primera ministra, en el sentido de que Thatcher sería «lo peor de la clase media baja», por el tipo de ropa que escogía. Durkin la visita décadas después y la profesora reitera su opinión, agregando que Thatcher tenía un «gusto vulgar», aparentemente ajena a los debates contemporáneos sobre la construcción social del gusto y las implicaciones éticas de su apreciación. Un actor de clase alta, Stephen Fry, fue todavía más lejos y llegó a decir que Margaret Thatcher era «una infamante costra pútrida, una monstruosidad que apena de tan ridícula y que hace que uno se avergüence de ser británico». A Fry, por tanto, Thatcher le daba asco, además, en típico desplante conservador cuestionaba la identidad de Thatcher, prefigurando acaso el nativismo hoy observable en ciertos sectores de esa sociedad, basados en una ilusión de lo británico. Thatcher, sin embargo, no se arredró ante esta oposición, pues como declara un parlamentario, mientras otros creían que había dos clases de personas –las que debían gobernar y quienes debían ser gobernado–, y aunque se consideraba que Thatcher pertenecía a los segundos, ella consiguió superar ese prejuicio.

Aunque Margaret: Death of a Revolutionary sea propaganda no simplifica el proceso de transformación social atribuyéndolo a una sola persona. Exhibe la centralidad y quizá incluso la necesidad de Thatcher, pero también hace alusión a otros factores que propiciaron el cambio cultural en Gran Bretaña. Durkin examina cómo en 1955, ante la ruina económica del país, se crea el Institute of Economic Affairs (IEA), un centro de investigación y difusión de ideas fundado privadamente por dos radicales de clase trabajadora, que se inspiraban en los trabajos del filósofo Friedrich Hayek, antiguo socialista convertido al liberalismo. Los miembros y simpatizantes del IEA se veían a sí mismos, según Durkin, como una célula revolucionaria y fueron haciendo llegar sus ideas a la sociedad británica hasta que decidieron buscar la deposición del líder del Partido Conservador e impulsar a Thatcher para tal posición. El documental menciona que Thatcher llegaría a describir su elección como un golpe demoledor al liderazgo tradicional del Partido Conservador.

El director Martin Durkin ofrece, pues, una interpretación positiva de Thatcher, pues muestra como deseable lo que ella era y buscaba. Al hablar del choque de Thatcher con los sindicatos, por ejemplo, denuncia que los líderes sindicales se conducían de una manera no democrática, explica cómo Thatcher introdujo el derecho a formar parte o no de los sindicatos, a votar en secreto sobre las huelgas y a elegir a los líderes sindicales. El hecho social fue que el fin del poder arbitrario de los sindicatos, sumado a la transformación económica de Gran Bretaña al pasar de la extracción y la manufactura a ser una economía de servicios, significó al paso del tiempo, que antiguas comunidades en los alrededores de, por ejemplo, minas, siderúrgicas y astilleros se vieran severamente afectadas y hoy, en el siglo XXI, se cuenten entre las más pobres del país. Neil Kinnock, exlíder laborista, asegura en el documental, que por esas consecuencias él no puede respetar a Thatcher. Efectivamente, por no tratar esta consecuencia, el documental es propaganda. Sin embargo, atribuir esta cuestión a Thatcher no debiese ser tan claro, pues, por mencionar una posibilidad, los gobiernos siguientes, incluyendo el largo periodo laborista de Tony Blair y Gordon Brown, podrían haber favorecido alternativas económicas para esas comunidades. El hecho es que no tuvieron un plan efectivo.

Asimismo, resulta del mayor interés que Durkin entiende la salida de Thatcher del liderazgo del Partido Conservador como una operación por la cual los segmentos tradicionales del partido retomaron el control. En efecto, se trató de un suceso contradictorio pues sin ser derrotada en las urnas, sin que los ciudadanos votaran por otro partido, sino por la mera confabulación de miembros de su propio partido Thatcher quedó desplazada, a pesar de que su victoria local e internacional parecía completa. Aliada con el presidente estadounidense Ronald Reagan, Thatcher había favorecido la liberación de los países de la órbita soviética, la caída del muro de Berlín, en una ola en que las posiciones de la libertad habían ganado la batalla ideológica.

Martin Durkin es, sin embargo, un documentalista controvertido. Acaso pueda decirse que ha hecho su carrera alrededor de generar disputas públicas, lo que probablemente sea envidiado por muchos de sus colegas. Sería simplista descartarlo como propagandista de derecha. Ni su trayectoria –estuvo ligado al Revolutionary Communist Party–, ni lo central de sus posicionamientos va en esa dirección. En varios documentales se ha opuesto a las filosofías y las prácticas que van en contra del antropocentrismo, como la serie Against Nature (1997), y posteriormente ha terminado identificado con los negacionistas del calentamiento global al estrenar The Great Global Warming Swindle (2007). Después también ha causado escándalo al lanzar Brexit: The Movie (2016) a propósito del referéndum que favoreció el inicio de negociaciones para la eventual salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Durkin estuvo a favor de abandonar la Unión. Personalmente, ni siquiera debatiría la realidad del calentamiento global, pero coincido con la crítica que hace Durkin del peligro para la libertad de la mayoría de las propuestas del ambientalismo profundo, como también lo ha hecho el filósofo y funcionario francés Luc Ferry. En cuanto al deseo de salir de la Unión Europea, yo favorezco sin duda la posición contraria, pero encuentro curioso que el argumento de Durkin coincide con el de cierta izquierda británica extrema, en el sentido de que la UE tendría un déficit democrático y afectaría negativamente la soberanía, por tanto la solución única sería salir de ella. Así pues, las de Durkin no son motivaciones nativistas ni exclusivamente económicas, sino libertarias. A mi parecer, movido por ideales semejantes, Durkin acierta en su documental al caracterizar a Margaret Thatcher.

Hay múltiples razones para coincidir con las apreciaciones del documentalista, a pesar de su tinte propagandístico. Me refiero aquí sólo a tres que se presentan en Margaret: Death of a Revolutionary. Antes debo insistir que la propaganda de izquierda afirma que las políticas de Thatcher habrían sido diseñadas para favorecer exclusivamente a los ricos, como dicta la prédica antineoliberal de “más ricos a los ricos y más pobres a los pobres”. En contra de esto se documentan casos como el del derecho a comprar, es decir la política inaugurada por Thatcher por la que los trabajadores pudieron comprar al estado las viviendas que habitaban, que antes se mantenían administradas y en propiedad del gobierno. Por la inmensa aceptación que la política tuvo entre la clase trabajadora incluso el líder laborista cambió la postura de su partido al respecto, pues primero se habían opuesto al derecho a comprar. Sin embargo, esto puede servir para apuntar, de nuevo, el carácter propagandístico del documental, pues Durkin no problematiza cómo esta política pública ha sido una de las causas de la distorsión del mercado de bienes raíces que desde hace años padece Gran Bretaña. El aumento de los precios tiene como consecuencia que ahora incluso con ingresos de clase media sea improbable la adquisición de una vivienda. De nuevo, no obstante, esto es un resultado no esperado y, principalmente, algo que tocaba resolver a gobiernos subsecuentes.

Otra evidencia ofrecida por el documental es el recambio de personas en la operación de las finanzas. En 1986 Thatcher decidió potenciar la actividad financiera de su país, al liberalizarla. En la parte de Londres conocida como The City, donde operan este tipo de instituciones, fue visible este relevo. Hasta entonces, cuenta el documental, The City era una zona de la ciudad en que los involucrados en las tareas bursátiles todavía usaban sombreros de copa, un círculo cerrado de gente egresada de escuelas privadas, distintivo del origen de clase alta. A los efectos de esta reforma thatcherista se les conoció como el Big Bang. Esto involucró deshacer los privilegios de los bancos mercantes, la llegada de bancos estadounidenses y, como cuentan varios entrevistados, se unieron a la bolsa de valores personas que, por ejemplo, poco antes podían haber sido comerciantes del mercado de Walthamstow, es decir, en español mexicano, tianguistas. Esto, aparte de cambiar el panorama social de ese distrito financiero, llevó a cierta propagación de la riqueza, que no se había experimentado antes, particularmente no a través de distintas clases sociales.

La tercera de las políticas que puedo comentar es la de las privatizaciones de empresas públicas que emprendió Thatcher, que después fue imitada alrededor del mundo. Durkin explica cómo Thatcher quería reanimar la economía y extender la propiedad y la riqueza a más personas, liberando al estado de empresas ineficientes y deficitarias. Uno de sus colaboradores declara que Thatcher quería que cada hombre y cada mujer de su país fuera capitalista, es decir que fuese propietario de algo que le produjese riqueza. Propugnaba así un capitalismo popular, porque las privatizaciones de Thatcher no fueron entregas de industrias completas a empresarios individuales, sino que frecuentemente se plantearon como venta a ciudadanos comunes de acciones a costo accesible. La reacción de los conservadores tradicionales no se hizo esperar. A través de material de archivo vemos a Harold Macmillan, ex primer ministro conservador, intentando ridiculizar la política de las privatizaciones al compararla con las familias aristocráticas venidas a menos que vendían sus posesiones, poco a poco, dejando sus mansiones vacías. A contracorriente de esas actitudes, y a pesar de recomendaciones de líderes sindicales en contra de que los trabajadores compraran acciones de las empresas en que trabajaban, ser accionista se volvió más popular que ser parte de un sindicato. Durkin muestra también múltiples entrevistados que aseguran que esto cambió el desempeño de los trabajadores: dejó de haber listas de espera para tener una línea telefónica o una estufa. Si bien algunas empresas perecieron entre la competencia, la economía en general mejoró y la difusión de la propiedad fue una realidad. Esto, evidentemente contrasta con lo ocurrido durante los noventa en América Latina en que las privatizaciones se realizaron de maneras cuestionables pues, por ejemplo, formaron monopolios privados, en vez de dispersar la riqueza.

La película es, entonces, rica en ideas provocativas. En cuanto a su factura, se trata de un documental para la televisión, lo que no tiene que ser un demérito. Recurre a múltiples entrevistas originales, material de archivo y Durkin desarrolla el argumento, tanto al narrar, entrevistar, gesticular ante sus interlocutores, presionar a algunos de ellos, como al dirigirse al público ocupando la pantalla. Esto es convencional. No obstante, el mérito del documental está en el coherente y abierto desarrollo de sus ideas, a través de un hábil uso de las imágenes que el director tuvo a su disposición. Esto contrasta con un buen número de documentales mexicanos. En la elitista comunidad cinematográfica de México, que replica la endogamia de otros grupos sociales del país, se reproducen y aceptan, sin cuestionar, varios criterios y argumentos muy débiles. Uno de ellos es el de documentalistas que arguyen no querer imponer una perspectiva y buscar que el público llegue a sus propias conclusiones, cuando flagrante, aunque no adecuadamente, sus películas, sin poder evitarlo, construyen una visión sobre el asunto que abordan. Pienso, por decir un ejemplo, en Batallas íntimas (2016), que en otros países podría haber sido material televisivo. Sin embargo, su directora, Lucía Gajá, declaró en una mesa redonda de Ambulante 2017, que sus documentales serían cine de autor. Lo importante no es este caso particular, pues si bien el documental mexicano mencionado tiene considerable mayor calidad técnica que el de Durkin, vistos globalmente, la película sobre Thatcher resulta una exploración más audaz y sugerente del género.

Una contribución más de Margaret: Death of a Revolutionary es el desenmascaramiento que hace de la actitud de los izquierdistas hacia la clase trabajadora, mostrando cómo parece consustancial a esa persuasión política que los desfavorecidos se mantengan como tales, dependientes de sus benefactores de izquierda. En este sentido, el documental exhibe que quizá lo que más detestaban los laboristas era que Thatcher lograba que la clase trabajadora dejara de votar por ellos y lo hiciera por el partido que ella encabezaba. Los laboristas creían que los trabajadores eran sus votantes cautivos. Así, no sorprende, como dice Durkin, que hacia 1980 la mayoría de los miembros del Partido Laborista no fueran trabajadores, sino gente que, de una u otra manera, ganaba su salario de alguna institución gubernamental. Especialmente revelador es que el exlíder laborista Neil Kinnock parece descalificar, en entrevista con Durkin, a esos votantes flotantes diciendo que perseguían la movilidad social y, en sentido semejante, una periodista –que hoy apoya al líder laborista Jeremy Corbyn–, también parece reprobar que los trabajadores busquen algún mejoramiento económico. El documental no deja ver si ambos personajes hicieron tales afirmaciones como parte de una argumentación que señalara a la economía neoliberal como una falsa promesa. No obstante, la exposición de la periodista y la de Kinnock muestran la contradicción de la izquierda: una concepción que fundamentalmente desprecia las facultades de los trabajadores. En realidad, alrededor del mundo, el menosprecio hacia la clase trabajadora, a la que dicen defender –sin siquiera percatarse de su impertinente paternalismo–, es un rasgo de identidad política y social de la izquierda.

Como podrá notarse, ninguno de los candidatos presidenciales mexicanos en 2018 es una opción equiparable a Margaret Thatcher, ni en la realidad, ni en su propaganda. Ninguno de ellos tiene la historia de méritos personales de ella, ni su entereza ante lo que parecía insuperable, ninguno tiene la solidez y coherencia intelectual e ideológica que ella tuvo y, sobre todo, ninguno tiene la disposición radical de Thatcher para alterar una sociedad disfuncional por desigual y escindida, entre otras razones, y paradójicamente, porque ninguno de ellos es liberal. México, en 2018, no requiere un Macron sino una Maggie, pero eso parece imposible hoy entre nuestro clasismo rampante y jerarquías sin mérito, en que hasta los izquierdistas discriminan y descalifican desde su falsa superioridad moral y auténtica deficiencia intelectual. Margaret: Death of a Revolutionary muestra y elogia un modelo de liderazgo para romper barreras sociales y, por eso, merece ser visto por muchos.


Germán Martínez Martínez es crítico de cine y doctor en teoría política contemporánea. Es profesor de posgrado del INBA y de licenciatura en la Escuela Superior de Cine. Fue editor de la revista Foreign Policy Edición Mexicana y director de programación del Discovering Latin America Film Festival de Londres. Colaboró con un ensayo sobre el cine mexicano de Alfonso Cuarón y la cultura de la globalización en el libro A Companion to Latin American Cinema (2017).