Luz de luna

Luz de luna

Por | 2 de febrero de 2017

«Los ojos son la ventana del alma» se ha convertido en una frase desgastada y cursi, digna de una imagen motivacional compartida por madres y tías en Facebook. Y sin embargo, tampoco deja de ser cierta. Eso lo sabe muy bien Barry Jenkins, quien a lo largo de su aún breve filmografía ha optado por desarrollar su trabajo girando alrededor y muy de cerca a sus personajes. Basta ver algunos de sus cortometrajes como Chlorophyl (2011) o Tall Enough (2009) para verificar su predilección por retratar los rostros, las miradas y los cuerpos. En Luz de luna (Moonlight, 2016), su segundo largometraje, Jenkins (Miami, 1979) lleva esta búsqueda a un nivel más refinado y de una carga dramática con mayor impacto emocional.

Luz de luna entra en la categoría de películas coming-of-age mostrando la vida de un joven negro y homosexual que se abre paso en los barrios de Miami. Dividida en tres capítulos, la película se detiene en los momentos que han definido su camino y lo han hecho ser quien es, o mejor dicho, los momentos que no le han permitido ser quien es. “Little”, “Chiron” y “Black” son los títulos de cada episodio y los nombres con los que se identifica al niño, adolescente y adulto respectivamente. La película explora temas que van de la identidad y la masculinidad a las relaciones afectivas deteniéndose apenas lo necesario en cada uno. No se trata de una descripción cronológica de una vida, sino de la exploración de tres momentos vistos microscópicamente. Luz de luna está inspirada en la obra de teatro In Moonlight Black Boys Look Blue de Tarell Alvin McCraney (Miami, 1980) y el guión fue desarrollado por él junto con Jenkins. El resultado es una película con marcas autobiográficas compartidas por ambos: los dos crecieron en Miami y tuvieron una madre drogadicta como la del personaje representado por Naomie Harris.

A pesar de que los ingredientes de esta historia hacen pensar en un melodrama lacrimógeno —niño negro, homosexualidad, barrios marginados, madre drogadicta… ¿alguien dijo Preciosa (Precious, Lee Daniels, 2009)?—, afortunadamente el dramatismo está contenido en los márgenes de una puesta en escena que se mantiene fiel a sus personajes, develando sus intrigas y procesos internos en vez de hacerlos estallar en arranques de violencia telenovelesca. ¿Cómo logró Barry Jenkins plasmar esto en imágenes? En primer lugar, en la selección acertada de un reparto que más que pretender ser convincente con la transformación física del protagonista, optó por encontrar a tres actores que reflejaran los mismos sentimientos a través de sus expresiones. Alex Hibbert (“Little”), Ashton Sanders (“Chiron”) y Trevante Rhodes (“Black”) difieren físicamente uno del otro, no obstante, comparten la misma incertidumbre interna.

El problema de la identidad del protagonista recae en que siempre es definido por el entorno y las personas que lo rodean. Little es el apodo con el que los demás lo identifican y asume a base de bullying durante su infancia; el adolescente Chiron muere simbólicamente después de ver destrozada su ilusión de conexión afectiva; y Black (un apodo que también se presta a múltiples interpretaciones) es el resultado de la creación de una nueva personalidad en oposición a su pasado y al mismo tiempo una reconstrucción de su padre adoptivo, Juan (Mahershala Ali). Ninguno de ellos es completamente él, pues la falta de afecto (una constante en los tres capítulos) por parte de su madre o la decepción amorosa lo han orillado al hermetismo. Jenkins aprovecha esta característica para desarrollar el drama alrededor de ella. El protagonista no es activo, reacciona a los sucesos y a su grupo de conocidos dejándose conducir por ellos en todo momento. Entonces, ¿quién es Chiron? Su color de piel, su inclinación sexual, su condición social, sus decepciones afectivas y problemas familiares son apenas la superficie de su verdadero ser. Como ya se mencionó, Jenkins no enfatiza demasiado la parte melodramática de estos aspectos; debajo de ellos se mantiene oculta la esencia del protagonista, pero ¿cómo sacarla a la luz?

Un estudio realizado por científicos de la Universidad de Dartmouth reveló que los seres humanos se basan en la información que obtiene de los ojos para determinar si algo está vivo o no, ya que así es posible determinar si existe una mente detrás de lo que miramos. «La gente quiere ver rostros, y tenemos la tendencia de verlos en todos lados: en las nubes, en un trozo de pan tostado, incluso en dos puntos y una línea. Y tiene sentido el estar alerta de los rostros. Pero a la vez tampoco queremos perder tiempo con caras que no están vivas, rostros que no están enlazados con una mente» afirma Christian Looser, autor del estudio. Este acercamiento científico nos puede ayudar a comprender un poco la forma en que Luz de luna logra que sus personajes se sientan llenos de dolor y confusión. Jenkins los sigue muy de cerca, lo suficiente como para no sentirse encerrado junto con ellos, sino haciéndoles compañía. Los hace mirar fijamente a la cámara en momentos decisivos como cuando la madre de Chiron le reclama gritando la forma en que la mira; cuando Chiron, antes de convertirse en Black, mira en el espejo su nariz lastimada y en ella su misma persona rota; o cuando su amado Kevin (André Holland) aparece en un sueño húmedo. Barry Jenkins nos hace ver sus rostros para sentirlos como lo hace Chiron: perturbadores como el de su madre, amenazantes como el de sus compañeros bravucones, intrigantes como el de Kevin, o temerosos y expectantes como el del propio protagonista. Entonces, ¿quién es Chiron? Para conocerlo hay que verlo a los ojos. Las miradas en Luz de luna son las ventanas del alma de sus personajes; imposibles de describir acertadamente con palabras pero verdaderamente vivas en imagen.


Israel Ruiz Arreola es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México. Actualmente forma parte del equipo editorial de la Cineteca Nacional desempeñándose como investigador especializado.