El sofá de los Simpson

El sofá de los Simpson

Por | 11 de octubre de 2016

Casi todo el mundo está de acuerdo con que Los Simpson (The Simpsons, Matt Groening, 1989 a la fecha) ya no son lo que solían ser. Algo se perdió en el transcurso de sus ya casi 30 temporadas (actualmente se transmite la número 28). Tal vez haya sido ese espíritu que supo conjugar de manera equilibrada su naturaleza de dibujos animados con una comedia familiar accesible a un púbico multigeneracional e internacional. Ahora se le reprocha su inclinación por chistes fáciles y tramas forzadamente disparatadas, la inclusión de temáticas de novedad para entrar en sintonía con la actualidad del mundo y la degeneración de la esencia de algunos de sus personajes. Tal vez sea eso, o simplemente el recuerdo de muchos capítulos entrañables no nos permite reír con el nuevo giro humorístico que ha adoptado la serie. Fuera de esta polémica, hay un elemento que parece sobrevivir al desencanto general del público: el gag del sofá.

Desde el origen de la serie (desde el capítulo dos para ser más precisos), antes de cada episodio, los animadores rompen las reglas para sorprendernos con una infinitud de versiones de cómo Homero, Marge, Bart, Lisa y Maggie recorren Springfield para llegar a su casa, sentarse en su sofá y ver la televisión. Aunque a lo largo de la historia de la serie la secuencia de inicio ha sido modificada en tres ocasiones, siendo la transición al formato HD la más notoria, este momento es una firma de la serie, imprescindible en cada transmisión del programa. Puede que recorten el principio de la entrada, pero el momento del sofá es intocable. Tampoco podemos omitir el gag de Bart escribiendo una frase siempre diferente en el pizarrón de la escuela. Sin embargo, el chiste del sofá se ha convertido ya en un ritual humorístico que define la esencia que describimos más arriba: los personajes y las posibilidades de la animación.

Por lo regular, el gag consiste en pequeñas variaciones de la misma acción (los Simpson llegando a su sofá), pero en ocasiones especiales la introducción completa se transforma para desarrollar secuencias independientes como en el caso de “Music Ville”. Por otro lado se encuentran las introducciones que parodian a otros productos culturales como El señor de los Anillos  (Lord of the Rings, Peter Jackson, 2001-03), Breaking Bad (Vince Gilligan, 2008-13), Hora de aventura (Adventure Time, Pendleton Ward, 2010 a la fecha) o Game of Thrones (David Benioff  y D. B. Weiss, 2011 a la fecha); y los crossovers, donde el universo simpsoniano converge con el de otras producciones como el de Robot Chiken (Seth Green y Matthew Senreich, 2005-06) y Rick y Morty (Rick and Morty, Justin Roiland y Dan Harmon, 2013 a la fecha). También destacan los dirigidos por invitados especiales entre los que se encuentran Guillermo del Toro, Bill Plympton, Banksy, Steve Cutts, Don Hertzfeldt, Michał Socha, Sylvain Chomet, John Kricfalusi, entre otros.

Los Simpson son parte de la cultura popular televisiva internacional. Fanático o no, el espectador promedio sabe identificar los elementos más representativos de la serie y sus personajes: piel amarilla, ojos saltones, la cabeza calva de Homero, el cabello puntiagudo de Bart y Lisa, la cabellera azul de Marge, el chupón de Maggie, la cerveza Duff, las rosquillas, las Krusty hamburguesas, Tomy y Daly, el «¡D’oh!», el «¡Ay, caramba!», el «Ja, ja» de Nelson, las bromas telefónicas a Moe, la religiosidad de Flanders, la pachequez de Otto… la lista es larga. Y aunque sus ratings vayan a la baja, la serie continúa saliendo a flote gracias a la mercadotecnia y las retransmisiones. Según Forbes, «en enero de 2014 perdieron más de 50% de su audiencia y se quedaron con casi 5 millones de espectadores, de los 13.4 millones que llegaron a ver la primera temporada». Si comparamos estas cifras con la cantidad de vistas en el canal de YouTube “Animation on Fox”, algunos de los couch gags los superan en números: el especial navideño tiene 5 millones y medio de vistas; la parodia a Breaking Bad tiene 7 millones y medio; el de Robot Chiken casi alcanza los 16 millones, y el dirigido por Guillermo del Toro es el más visto con 27 millones de vistas. Sin menospreciar la fe colaborativa de Matt Groening, sus socios y la compañía Fox, la decisión de jugar con el gag del sofá parte indudablemente de una estrategia publicitaria. Los directivos se arriesgan poco (un segmento de apenas tres minutos de duración como máximo), pero ganan difusión: los Simpson siguen vivos.

La efectividad de esta tendencia radica en el reforzamiento de las relaciones que subyacen bajo la memoria colectiva y la estética simpsoniana supeditada a ella. Consciente de que «Los Simpson no son lo que solían ser», la audiencia reactiva así su distanciada relación con el programa. Muchas veces lo consiguen sacando provecho de la popularidad de otros productos culturales. ¿No resulta fascinante ver a Homero evocando a Heisenberg o Springfield habitado por una cantidad apabullante de referencias al cine fantástico y de horror? Hay que puntualizar que los Simpson siempre se han valido de la sátira y las metarreferencias, sin embargo, dado el estado actual de la serie, este recurso es más contundente en las introducciones que en los capítulos enteros. Por otro lado, cuando a un animador invitado le dan licencia para apropiarse de la familia amarilla, el resultado suele conseguir un carácter más “artístico”, muy en sintonía con las pretensiones del arte pop. Algunas de las más arriesgadas son la de Don Hertzfeldt, en la que la familia se convierte en desconcertantes masas amorfas (pero preservando sus rasgos característicos) en un futuro muy lejano, y la de Michał Socha por su viaje a través del cuerpo de Homero y su atractiva estética rojinegra. En contadas ocasiones, el equipo creativo se ha arriesgado a llevar más allá del sofá las posibilidades de la animación, salvo por el episodio de Lego o aquel inolvidable especial de Halloween con Homero en tercera dimensión.

La autorreferencia es otro de los factores que han hecho que los gags del sofá entreguen momentos que son graciosos y nostálgicos a la vez. Pues, ¿qué mejor que evocar recuerdos del pasado o reírse de ellos mismos ante su situación actual? Ejemplo: en el crossover que hicieron con la serie animada Rick y Morty, el científico pregunta: «¿Sabes cuántos personajes hay en Los Simpson, Morty? Hay como un billón de personajes. Hicieron un episodio donde George Bush era su vecino». Al final, Bart exclama: «¡No más animadores invitados, viejo!».

Konrad Paul Liessmann escribe en Filosofía del arte moderno que «el arte [moderno] se concentra por entero en sí mismo. Su pureza, su purismo, su radicalidad, consiste en que toma por objeto sus propias formas y las sigue desarrollando hasta sus últimas consecuencias. La realidad ha dejado de ser un punto de referencia para el arte…».[1] A partir de esto, podemos decir que, en definitiva, lo único verdaderamente propositivo que nos queda de Los Simpson es el gag del sofá. Alejados esos años en los que la serie sobresalió por su burla a la cultura estadounidense, su sociedad y valores, ahora recurren a la autorreferencia para recuperar una parte de lo que alguna vez fueron.

Al estilo Ren y Stimpy (The Ren & Stimpy Show, John Kricfalusi, 1991-96); dibujados a mano por Bill Plympton; parodiando una película de acción ochentera, o curándose en salud con la crítica a la mercadotecnia de Banksy, todos los gags funcionan. El público los celebra aunque ya no siga las últimas temporadas con la misma pasión que antes. Los Simpson ya no son Los Simpson, pero nos remiten a ellos mismos a partir de estos recursos. El sofá es lo único que nos queda.


[1] Cf. Konrad Paul Liessmann, Filosofía del arte moderno, Herder, Barcelona, 1999.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.