Los muertos

Los muertos

Por | 28 de abril de 2016

Todos sabemos que las cosas van mal en México. Sabemos que la inseguridad es nuestro pan de cada día; que la violencia acapara los medios y las redes sociales; que los peligros inundan las calles y carreteras y que el narco está aquí, allá y en todos lados. Sabemos que en nuestro país se vive en un estado de profundo miedo, y la cinematografía nacional se ha encargado de recordárnoslo cada que puede desde diferentes perspectivas. Es por eso que cuando leemos en la sinopsis de Los muertos (2014) que la película pretende «desenmascarar las vidas de los jóvenes más privilegiados de México, señalar la anatomía del dinero como la fuerza que los aprisiona y ciega ante la realidad social y política que se encuentra a su alrededor», esperamos conocer aquella visión de la élite mexicana frente a los problemas del país.

Financiada a través de Fondeadora, Los muertos es el segundo largometraje del cineasta Santiago Mohar Volkow (México, 1990), y en ella seguimos a un grupo de jóvenes de clase media alta de la ciudad de México, quienes pasan su tiempo entre fiestas, drogas y… sí, sexo. Se trata de personajes apáticos y desconectados de su realidad social, de la que incluso se pueden dar el lujo de hablar en forma de chiste. El objetivo de la cinta es una crítica al desapego social de este grupo de jóvenes privilegiados y su forma de rellenar el vacío de sus vidas con excesos. Mientras que la delincuencia y la violencia gravitan alrededor de su burbuja, ellos, chela en mano, conversan de lo mal que está el país. La premisa de la cinta es bastante clara desde un inicio e incluso su desenlace logra ser contundente –desde la teoría mas no del todo en la acción– al colocar a sus personajes directamente frente a la muerte, despojándolos así de sus privilegios y dejándolos más vacíos de lo que estaban. Sin embargo, el desarrollo de este ejercicio resulta extenuante y el resultado final termina por caer en lo mismo que está criticando. Por ejemplo, salen sobrando escenas –spoilers– como en la que asesinan al chofer de uno de los jóvenes, la del robo que sufre otro de ellos después de una megaborrachera, o los cadáveres que encuentran dentro de un coche; incluso ¿era necesario mostrar cómo el plantón de maestros en el Zócalo parte en dos el paisaje urbano? Esos pasajes resultan demasiado obvios, casi rayando el cliché. Dada la naturaleza de los personajes, la cual evita la simpatía del público y, por el contrario, busca incomodarlo, no era necesario mostrar la mugre social tan explícitamente. Bastaba con acentuar el tono y el contenido de sus conversaciones y ser más mesurado con las imágenes para enfatizar su indiferencia política y social. Sobre la representación de las fiestas y los excesos no me meto, pero, en lo personal, hicieron falta más cartones de cerveza, música y tachas.

Por otro lado, hay momentos más cercanos al propósito de la película que se pudieron haber explorado más, como aquella escena en la casa de Tepoztlán donde uno de ellos empieza a imaginar y contar detalladamente qué pasaría si fueran atacados por un grupo de narcos, mientras que, simultáneamente, aparecen imágenes que ilustran aquel escenario de horror imaginario. A partir de una broma de mal gusto se infunde el miedo entre los amigos en un breve momento en el que se logra unir de forma efectiva los dos temas de la película. Pues aunque nunca se simpatice con ninguno de los personajes, ese miedo del que hacen mofa es tan verdadero como el alcohol que están bebiendo y puede ser compartido por muchas otras personas sin importar su clase social.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.

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