La tortuga roja

La tortuga roja

Por | 29 de junio de 2017

Un naufragio, una isla en medio del océano, personajes sin nombre y un lenguaje audiovisual en donde las palabras hacen lujo por su ausencia, son algunos de los aspectos a partir de los cuales Michaël Dudok de Wit, en su primer largometraje realizado con el apoyo de los estudios Ghibli, nos presenta una historia compleja, difícil de asir o describir por completo en cada una de sus aristas.

El inevitable desprendimiento del modo de vida al que pertenece nuestro protagonista hace que su sentido de supervivencia se alimente de la desesperación y la vulnerabilidad al encontrarse inmerso en un mundo totalmente desconocido: la inhóspita “forma natural” de la naturaleza, es decir, una naturaleza no intervenida por el desenvolvimiento de ningún tipo de civilización, será el primer obstáculo que nuestro personaje intentará evadir a través de la construcción de pequeñas balsas en varios intentos fallidos por escapar de sus nuevas condiciones de existencia.

Pero en La tortuga roja (La tortue rouge, 2016) no todo es desesperación ni soledad; la imposibilidad de escape permitirá al cineasta y dibujante neerlandés construir un hermoso ciclo vital alrededor de la peculiar relación de un hombre y una tortuga marina con el propósito de que el aspecto onírico y mágico encuentren en el argumento su lugar preciso, facilitando así la reflexión sobre temas tan variados como el amor, la muerte, la naturaleza, etc. En efecto, desde la supervivencia y vulnerabilidad del ser humano, hasta la reflexión de las posibilidades cuantitativas y cualitativas respecto a la relación que mantenemos con la naturaleza, todos son temas que Michaël Dudok de Wit (Abcoude, Países Bajos, 1953) parece sugerir conforme su largometraje se desenvuelve en la pantalla.

En cada una de las secuencias el placer visual es indescriptible: un día nublado, un día despejado, un atardecer, una noche llena de estrellas, una mirada al horizonte o una incursión de los protagonistas al interior de la isla, todos y cada uno de ellos muestran la plasticidad con la cual el cineasta plasma sus ideas. Un ejemplo: la atracción entre nuestro personaje náufrago y la misteriosa mujer aparecida en la isla es inmortalizada por medio de una hermosa secuencia en la cual ambos flotan en el cielo, consumando su relación con un abrazo mientras el viento agita su vestimenta. Lo mismo sucede con las inquietudes y anhelos de los personajes plasmados en las secuencias oníricas.

En conclusión, un film complejo en el cual la ausencia de diálogos implica una gran apuesta por el carácter audiovisual de la narrativa. Un film fluido al mismo tiempo que difícil respecto a la pluralidad de temas que aborda en su intento por explorar la vitalidad humana.


Eduardo Zepeda estudia la licenciatura en Filosofía en la UNAM. Fue ganador del VII Concurso de Crítica Cinematográfica Alfonso Reyes “Fósforo” 2017, categoría “Licenciatura”, en el marco del Festival Internacional de Cine UNAM.