La familia chechena

La familia chechena

Por | 6 de julio de 2017

El enfrentamiento entre rusos y chechenos es uno de esos conflictos que el tiempo se ha encargado de complicar hasta un punto prácticamente irreversible de la diplomacia internacional. En apariencia la consecuencia directa de una historia de ocupación política y tensión militar impuesta por Rusia desde el siglo XVI, cuando la región se estableció como un punto de control estratégico entre el imperio de los zares y Oriente Medio, el conflicto se ha expandido hasta hacer metástasis en las propias raíces culturales de Chechenia, un pueblo de mayoría musulmana que ha crecido en la resistencia, primero frente al zarismo imperialista de los siglos XVIII y XIX, después frente a la instauración y expansión del régimen soviético, y en años recientes ante los embates de un Estado capitalista –y neofeudal, dicen algunos en referencia a la llamada “Era Putin”– que continúa viendo en sus territorios una región decisiva para sus intereses geopolíticos y el control de los petróleos del Cáucaso.

En cine, esta problemática ha sido más explorada a través del documental, que casi siempre mediante productos de corte informativo emparentados con el trabajo televisivo, se ha adentrado en el inestable escenario político de la región desde una perspectiva que suele centrarse en las características beligerantes –broncudas– del pueblo checheno y no en las condiciones sociales, culturales o religiosas que determinan la lucha por su autonomía. Éste, sin embargo, no es el caso de La familia chechena, el más reciente largometraje del poco conocido director argentino, teólogo (sí, teólogo) y egresado del ya reconocido máster en Documental Creativo de la Universidad de Barcelona, Martín Solá, segunda pieza de un proyecto (a saber, una trilogía) dedicado a retratar, con la mayor intimidad posible, la vida cotidiana de hombres y mujeres comunes, habitantes de distintos pueblos que sufren la ocupación política y militar de sus territorios.

La familia chechena (2015) no es la opera prima de Solá (Casilda, 1960), pero sí la primera de sus películas que llega a México. Su patada inicial en la cancha del documental, Caja cerrada, de 2008, se metía en el claustrofóbico mundo de un barco pesquero de las costas de Cataluña ­para dar testimonio de la crudeza de la pesca industrial; el segundo, Hamdan (2015) –iniciador de la planeada trilogía– se dedicó en cambio a narrar desde el propio punto de vista de su protagonista la vida de un excombatiente encarcelado durante quince años en una prisión de Israel. Para La familia chechena, filme a través del cual se inserta en la vida cotidiana y doméstica de principalmente un personaje, un hombre llamado Abubakar, parte de una comunidad religiosa practicante de la antigua danza sufí conocida como zikr, Solá elige un punto de vista bastante más intimista.

Para retratar de cerca el dolor producido por una historia familiar inseparable de la caótica vida política de Chechenia durante los últimos cincuenta años, la cámara de Solá observa, como suspendida de un hilo invisible que deambula entre los personajes, los movimientos, las conversaciones y los traslados de Abubakar; registra las atmósferas al interior de los hogares chechenos, y capta, casi como si no estuviera ahí –en un ejercicio que recuerda los postulados básicos, obstinadamente no intervencionistas del cine observacional– el fervor apasionado de las oraciones avivadas hasta el éxtasis por la monotonía hipnótica del zikr. Punto de partida y leitmotiv que estructura el ritmo y planteamiento narrativo de La vida chechena, aquella centenaria práctica coral y dancística del sufismo, llevada a cabo tanto por hombres como por mujeres, parece, según Solá, proveer de fuerza y unidad mística a una especie de conciencia de la resistencia. La postura de esa resistencia, mucho más allá de la inmediatez de su carácter político también encuentra un sentido profundo en el complejo universo de la identidad religiosa: el Islam como orden universal, tan intrincado y diverso como contrapuesto a la visión que sobre él podemos tener al otro lado del planeta.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.