La dictadura perfecta

La dictadura perfecta

Por | 1 de enero de 2015

Las televisoras tienen influencia, sin duda. Tienen intereses, manifiestos en su línea editorial, en sus asociaciones, en el tipo de figuras que impulsan, etc. El tema central de La dictadura perfecta (2014) es ése, aunque parezca otro. Si hay algo que celebrarle a la cinta es el retrato fársico en la historia de las gemelas secuestradas, mezcla de los casos Paulette y Florence Cassez. Es escalofriante en tanto que la tragedia de una familia se convierte en un pretexto para narrar una historia melodramática con réditos comerciales para quien transmite la exclusiva. La familia de las niñas está atrapada por los productores y presentadores de la televisora de ficción.

El problema de la película, bueno, uno de los problemas de la película, está en su abordaje de la política electoral. Los políticos copetudos parecen poner a toda la maquinaria institucional de Televisión Mexicana en jaque, cuando a la compañía le bastaría con cambiar la línea editorial para que el apoyo de los votantes virara. Y eso atendiendo sólo a las propias premisas narrativas de sus autores.

Pero los copetudos eran la apuesta comercial más segura para que, Luis Estrada (ciudad de México, 1962), ese mártir del cine mexicano que sufre la censura de estrenar sus películas con 1,500 copias en las dos grandes cadenas de exhibición, pudiera hacer exactamente la campaña publicitaria que ha repetido desde 1999. Y es una lástima, tanto porque es incoherente con su autoproclamado espíritu de denuncia como por algo peor –¡peor que la película!–: trasmina desprecio por la capacidad crítica de la audiencias. Para Estrada y Jaime Sampietro, su coguionista, lo que diga una televisora se hará por un pueblo sumiso y apático. Para ellos no hay espacio para equivalentes a #YoSoy132 ni para el descontento social. Sólo ellos, intelectuales de izquierda y del espectáculo, pueden abrirnos los ojos a todos, al pueblo. Tampoco toman en cuenta que su premisa no se sostiene en los hechos: el 61.85% de quienes fuimos a votar en 2012 no elegimos a Enrique Peña Nieto, y eso sin tomar en cuenta que de un padrón de 77,738,494 personas sólo acudimos a las urnas 49,987,446.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 11, invierno 2014-15, p. 46) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica y la Gaceta Luna Córnea. Imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) yDocumental (2014).