La danza del hipocampo

La danza del hipocampo

Por | 4 de Noviembre de 2014

La palabra recordar también proviene del latín: re significa “volver a” o “hacer de nuevo”, y cordis quiere decir “corazón”. Recordar, por lo tanto, en su raíz latina significa casi literalmente “volver a pasar por el corazón”. Evocar para volver a sentir, para repasar con las emociones algo que sucedió en el pasado y lo que representa desde el presente, desde donde se recuerda. Reapropiarse de algo para volver a experimentarlo, pero seguramente no de la misma manera que en el momento preciso en que se vivió. ¿Cuántos matices filtran la experiencia de la memoria para configurar un recuerdo con una textura en particular? ¿Cómo funciona la traslación constante de ese recuerdo en el horizonte de los procesos mentales y sus raigambres afectivas? Las imágenes son herramientas poderosas en el proceso de recordar, pero pueden ser artificiosas, conducir a la mente a experimentar una cierta manera de la distancia temporal, condicionada por las características técnicas de su producción. (Ejemplo: una gran mayoría de nosotros, incluido quien aquí escribe, imaginamos con más facilidad el pasado de nuestros abuelos en blanco y negro, como las fotografías que nos muestran su juventud y que establecen una cierta codificación de los tiempos que no vivimos, pero que “conocemos” a partir del registro).

«Los objetos contienen el tiempo», dice la voz en off que acompaña de principio a fin a La danza del hipocampo (2014), todo un tratado documental sobre la memoria y sus derivados emocionales, que parte de los recuerdos personales de su directora, la documentalista chiapaneca Gabriela Domínguez Ruvalcaba (San Cristóbal de las Casas, 1981), para trazar una trayectoria circular en torno a los procesos de recordar. Como los objetos contenedores del tiempo de los que habla Gabriela ­­–en la voz solemne de la actriz Tamara Mazarrasa­, quien narra– las imágenes (ya sea impresas en papel fotográfico, surgidas de los componentes químicos en una cinta cinematográfica o generadas al interior de un sensor digital) también contienen y modifican el sentido de la experiencia temporal. Transforman las situaciones que han capturado en territorios colonizados por la imaginación y las ideas: ¿Qué pueden significar para nosotros hoy en día las imágenes en video de un padre dando vueltas sobre sus hombros a una niña pequeña en una película familiar de finales de los ochenta? ­–una escena de la La danza del hipocampo en la que la propia directora aparece durante la infancia–; o más atrás todavía, ¿cuánto de nosotros mismos podemos identificar y tomar prestado de registros incluso anteriores a nuestro propio nacimiento?, por ejemplo, en una cinta de los años sesenta en la que el abuelo de la directora, aún joven, se balancea con una felicidad indecible sobre un columpio improvisado ­–otro pasaje de la película.

Esa memoria existe de cierta forma, pero “no se vivió”.

Abordar los laberintos y espejismos de la memoria desde una óptica personal e íntima no es una cuestión en absoluto sencilla, como tampoco lo es La danza del hipocampo, una película que por su tratamiento de diario personal y la complejidad del tema que trata requiere de una atención especial por parte del espectador, y al mismo tiempo, de un tratamiento específico que desde el cine documental “de creación” –como está de moda llamar a la vertiente más autoral del cine testimonial– puede resolverse, como en el caso de la opera prima de Ruvalcaba, a partir del cineensayo.

Con un estilo de marcado acento markeriano –basta recordar el trabajo del autor francés en películas clásicas como Sin sol (Sans Soleil, Chris Marker, 1983): voz en off + tratamiento sonoro–, La danza del hipocampo se edifica a través de siete recuerdos específicos de Gabriela Ruvalcaba, desarrollados a lo largo de una narración en clave poética. La evocación reflexiva de dichas imágenes, algunas apuntaladas en viejas grabaciones en video o materiales fílmicos de su archivo familiar, también se apoya en una breve explicación sobre los procesos fisiológicos de la mente con respecto a los recuerdos; el hipocampo del título –área del cerebro y también caballito de mar– aparece aquí en todo su esplendor. Lo interesante de esta particular mezcla está en la multitud de elementos que recubren algo que en su centro parece provenir de un producto literario: el texto que vertebra la película (escrito por la directora y el guionista Carlo Corea) es ilustrado en formas que van de la intervención de los materiales de archivo a una exploración subacuática que descubre misteriosos objetos orgánicos bajo el agua translúcida de algún lago.

Detrás de la estilizada aglomeración de elementos que dan forma a la Danza del hipocampo es posible notar, sin embargo, cierta dispersión argumental. El barroquismo de la película, efectivo en cautivarnos momentáneamente ante la belleza –vía una edición casi impecable–, nos hace perder el hilo del conjunto debido al aguacero torrencial de datos y reflexiones que ocurren frente nuestros ojos y oídos. Dicen por ahí que es normal en las operas primas, cuando los directores pretenden meter todas las inquietudes en un saco que a veces termina sobrecargado.

La película de Gabriela Ruvalcaba, con producción de Érika Mercado, es muy valiosa en su propuesta estilística. Resalta de entre el grueso de una producción mexicana de documental que, al menos durante una época bastante reciente, concentró sus intereses en el retrato de historias de vida (seguimientos a personajes en sus contextos propios, “descubrimientos” de un mundo rural ajeno a las capitales). Su consumación se suma a otros esfuerzos internacionales por descentralizar al documental contemporáneo de su estigma televisivo.

 

Este texto se publicó originalmente en la edición web de la primera etapa de Icónica (iconica.cinetecanacional.net, 4 de noviembre de 2014) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional. @gustavorami_