Jessica Jones y la figura del superhéro

Jessica Jones y la figura del superhéroe

Por | 10 de Diciembre de 2015

Lo primero que hay que saber sobre Jessica Jones (Krysten Ritter) es que no se trata de una superheroína más de Marvel. La construcción de este personaje para la serie original de Netflix (Melissa Rosenberg, 2015), si bien respeta las condiciones que rigen el universo planteado desde sus inicios –se reconoce que existen seres con poderes especiales y hay referencias sutiles a eventos y superhéroes conocidos– podría decirse que existe, hasta cierto punto, al margen de la dinámica perpetuada por los cómics y las películas. Desde su lanzamiento –hace tres semanas– se ha convertido en un fenómeno cultural alcanzando públicos que comúnmente no se sienten particularmente atraídos por el grueso de las historias de superhéroes.¹

Sí, Jessica Jones tiene una fuerza sobrehumana y puede saltar –muy alto–, pero la construcción de su personaje no se centra en estos rasgos. Se trata de una mujer que presenta los síntomas claves del trastorno de estrés postraumático (TEPT o PTSD, en inglés): tiene recuerdos involuntarios (flashbacks) y pesadillas, se aísla, manifiesta sensaciones de culpa y soledad, e incurre en conductas autodestructivas. La descripción de esta mujer apática y distante no es casual: está fundamentada en condiciones por las que atraviesa una cantidad considerable de personas (en 2013, la OMS lanzó un comunicado estimando que, en el año anterior, un 3.6% de la población mundial había sufrido TEPT).² Ya sea que el espectador lo haya experimentado personalmente o a través de algún conocido, es un tema que difícilmente puede serle ajeno, es abrumadoramente terrenal e inmediato.

Jessica Jones desarrolla estos síntomas a partir del abuso que sufrió y que bien puede funcionar como símbolo de los abusos que son perpetrados en distintas modalidades en el presente (violencia física y psicológica, violaciones, trata de personas). La violencia se materializa a través de Killgrave, el gran villano de la historia: es un hombre con la habilidad de controlar las mentes de las personas hasta el grado de convertirlos en meros títeres a su disposición. Está obsesionado con la protagonista y trata de alcanzarla por todos los medios posibles, dejando un rastro de daños colaterales que sólo alimentan la sensación de culpa en ella. El superpoder del villano, aun siendo evidentemente fantástico, causa un efecto que no se siente totalmente desprendido de la realidad. (Jessica derrumba todos los eufemismos señalándolo: «Se le llama violación».) Killgrave se convierte de esta forma en un símbolo del maltrato que, además, no pretende funcionar como estandarte de la indefensión de la mujer: sus víctimas no responden solamente a la concepción de violencia de género, llega a controlar las mentes tanto de mujeres como hombres que ven su libertad transgredida. El abuso de poder es un tema humano y esta historia respeta su complejidad sin intentar militar a favor de ninguna causa específica.

Jessica Jones se desenvuelve así como un personaje con una historia previa que se transparenta en sus actitudes y acciones: tiene miedo; está constantemente cuestionando sus propios pasos y las posibles consecuencias que traerán tanto para ella como para quienes la rodean; bebe –porque no hay otra manera de que concilie el sueño después del trauma que le causó su relación con Killgrave–; se entiende que decidió abandonar una efímera carrera como superheroína y ha decidido ganarse la vida haciendo investigaciones privadas. Es descrita de manera accesible, manifiesta su humanidad todo el tiempo. Nunca se pone un disfraz; no usa un nombre distinto para salvar a la gente; si la lastiman lo suficiente sangra; pide ayuda cuando la necesita. Todo se amalgama en el mismo ser atormentado que, humanamente, tiene tanto la capacidad de hacer el bien como la posibilidad –predominante– de equivocarse garrafalmente. No es más que una mujer con habilidades “distintas” colaborando con otros personajes carentes de superpoderes que, sin embargo, son igualmente imprescindibles en la lucha contra el abuso. La posición que ocupa Jessica Jones podría colocarse en el extremo opuesto de los personajes de los cómics que Eco describe a partir de Supermán –el superhéroe por excelencia, aunque pertenezca a un universo distinto:

El personaje mitológico de los cómics se halla actualmente en esta singular situación: debe ser un arquetipo, la suma y compendio de determinadas aspiraciones colectivas, y por tanto debe movilizarse en una fijeza emblemática que lo haga fácilmente reconocible (y es lo que ocurre en la figura de Supermán); pero por el hecho de ser comercializado en el ámbito de una producción novelesca por un público consumidor de novelas, debe estar sometido a un desarrollo que es característico, como hemos indicado, del personaje de novela.³

Es cierto que varias interpretaciones recientes de superhéroes presentan personajes cada vez más complejos –sin irnos demasiado lejos, el Daredevil de la serie de Netflix (Drew Goddard, 2015) se cansa, suda, sangra y lleva su lucha por la justicia a un lugar mucho menos maquillado que el retratado anteriormente; es una figura notoriamente más oscura que, por ejemplo, las últimas interpretaciones de los Vengadores–; sin embargo, la combinación particular de la moderación de los poderes de Jones, los matices de su personalidad, las manifestaciones de su carga emocional y su tendencia al fracaso la convierten en una protagonista especialmente terrenal.

Por otro lado, la conjunción de esfuerzos de los personajes en contra del villano encarna una lucha de poderes que no responde a una oposición simplista de hombre abusador/mujer víctima, ni construye la figura de un superhéroe salvador infalible. El vecino de Jessica, su única amiga y Luke Cage –el galán que también tiene un tipo de superpoder– funcionan como colaboradores en esta dinámica; unen sus respectivas fuerzas mientras toman conciencia de sus propias limitaciones. Todos ellos han sufrido algún tipo de abuso y se complementan a partir de sus fracturas para plantarle cara a aquello que podría parecer demasiado poderoso para ser enfrentado solitariamente. Se enfatiza así la existencia de distintas fortalezas que no necesariamente responden a los roles de género, sino a las virtudes específicas de cada personaje. Vale la pena retomar la conclusión final de Simone de Beauvoir en El segundo sexo:

El hecho de ser un ser humano es infinitamente más importante que todas las singularidades que distinguen a los seres humanos; nunca es el dato lo que confiere superioridad: la virtud, como la llamaban los antiguos, se define al nivel de lo que depende de nosotros. En los dos sexos se desarrolla el mismo drama de la carne y el espíritu, de la finitud y la trascendencia; a ambos los roe el tiempo, los acecha la muerte; ambos tienen la misma necesidad esencial uno del otro; y pueden extraer de su libertad la misma gloria: si supiesen saborearla, no sentirían la tentación de disputarse falaces privilegios; y entonces podría nacer la fraternidad entre ellos.⁴

La articulación de fuerzas diversas se percibe natural y verosímil. No se trata de un mensaje panfletario ni moralista: los personajes retratados aciertan y fallan, son multidimensionales y complejos. Sus decisiones y tomas de postura son cuestionables, la gama de matices permite así que el espectador se enganche en un nivel íntimo distinto a cualquier otro relato de superhéroes: no se puede reducir a una construcción feminista ni a un intento por conmover con una lección sobre la violencia en el mundo. Jessica Jones es, finalmente, una historia que observa desde la horizontalidad a una serie de personajes tan humanos, vulnerables y versátiles como quienes nos sentamos frente a la pantalla.


¹  Esta información proviene de distintas publicaciones y entrevistas a los creadores. Aunque el título me parece un tanto desaforado, considero que la media de las opiniones se condensa bien en la reseña de Mark Hughes para Forbes (en línea), Nueva York,Jessica Jones Is The Best Show On TV”, 21 de noviembre, 2015. Se puede leer aquí.

²  Organización Mundial de la Salud, “La OMS publica unas directrices sobre la atención de salud mental tras los eventos traumáticos”, comunicado de prensa, Ginebra, 6 de agosto de 2013. Disponible aquí.

³  Umberto Eco, Apocalípticos e integrados, Lumen, Barcelona, 1968, pp. 229-230.

⁴  Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Siglo Veinte, Buenos Aires,1969, pp. 865-866.


Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.