Jauja

Jauja

Por | 26 de mayo de 2015

Sección: Crítica

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Los créditos de inicio nos dan la advertencia: «En la antigüedad, se creía que Jauja era una tierra mitológica de abundancia y felicidad […] Lo único que se sabe con seguridad es que todos aquellos que intentaron encontrar este paraíso terrenal se perdieron».

Jauja (Lisandro Alonso, 2014) tiene lugar en La Pampa argentina durante la Conquista del Desierto, cuando grupos militares arrebataron el dominio de las tierras a diversas tribus aborígenes. El capitán danés Gunnar Dinesen (Viggo Mortensen), quien forma parte de una de estas tropas de exploración, es acompañado por su hija de quince años Ingeborg (Viilbjørk Malling Agger). Una noche, la adolescente decide escapar junto con un soldado, por lo que su padre saldrá en su búsqueda a través del desierto.

A pesar de la ambientación, la cinta se desprende del retrato de época para apropiarse de este periodo de la historia argentina y despojarlo de todo tipo de asociaciones. La puesta en escena saca provecho de la majestuosidad de los paisajes naturales para simplemente colocar a los personajes, dejando recaer gran parte de la acción en sus conversaciones. Eventos futuros se insinúan en ellas, sin embargo, su devenir se desvanece a medida que el capitán Dinesen se adentra en el cada vez más difuso territorio argentino. En su lugar se materializan eventos y personajes que alterarán radicalmente el desarrollo de la película: la búsqueda del protagonista se convierte en desorientación narrativa y, simultáneamente, en emancipación argumentativa. Con esto me refiero a que, aunque en los últimos minutos de la película ya no veamos la belleza de La Pampa, seguimos perdidos en la búsqueda del capitán.

Recurriendo a la etiqueta más obvia diré que Jauja es una obra de carácter contemplativo. Sin embargo, esto no quiere decir que la contemplación se reduzca a imágenes “pasivas” donde el ojo funge como la parte operativa en la dinámica película-espectador. En Jauja la acción se desenvuelve muy sutilmente en cada escena. Es casi imperceptible. No es que no pase nada, es que los momentos se alargan al extremo, causando un efecto retardado. Este tipo de contemplación se acerca más a una meditación profunda de carácter místico. Una meditación a través del progresivo deambular de su protagonista. Al final, las posibles conexiones que existen entre los dos relatos que conforman la película se prestan para una nueva búsqueda por otro territorio más inquietante que la Jauja de Lisandro Alonso, una tierra desconocida tanto para otros como para uno mismo: ¿seguimos en la búsqueda?, ¿seguimos soñando?

No olvidemos la advertencia.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.

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