Ixcanul

Ixcanul

Por | 17 de Noviembre de 2016

La representación de lo indígena en el cine de ficción está poblada de estereotipos folkloristas. En esencia, un discurso: la “pureza”, esa cualidad aparentemente inmanente a lo “indio” permanece, y debe permanecer, suspendida e inamovible al interior de ese aislamiento ancestral al que, al menos en el imaginario de Occidente, se confina al “nativo”. Cuando la pureza y la inmovilidad son rotas, casi siempre es debido a la polución o la violencia cultural ejercida desde el modus vivendi occidental, como si la influencia de los blancos (denominación que en la literatura suele unificar a todos aquellos no-indígenas), usualmente representados como conversos a la obtusa religión del capital o cegados por algún otro tipo de alienación, inoculara un veneno que corrompiera precipitadamente la armonía social y espiritual de las culturas “originarias”. La “nostalgia étnica”, como podríamos llamar a la fascinación de algunos, señorea, todavía, una muy buena parte de las aproximaciones cinematográficas al universo indígena, impregnado, según la visión más clásica, de un estado de gracia que solamente puede poseer aquello emanado de la propia naturaleza.

Aunque Ixcanul (2015) podría no escapar del todo a esta perspectiva, y tampoco, por cierto, debe ser etiquetada en la confusa categoría de “cine antropológico” –como, de hecho, se ha hecho–, sí propone una lectura ligeramente más multidimensional. Sus personajes, indígenas kakchikeles de la región central de Guatemala, son insertados en el torrente de un argumento donde su condición de indígenas no los hace exentos a equivocarse, y las decisiones que toman, centrales en un melodrama familiar bien construido, tampoco permanecen en un plano completamente estático.

Primer largometraje del antes publicista y hoy director guatemalteco de cine Jayro Bustamante, quien se inspiró en las historias reales de un conjunto de mujeres kakchikeles del departamento de Sololá (en cuyas inmediaciones coronadas por el activo volcán Pacaya fue filmada la película), Ixcanul cuenta la historia de María (interpretada por una luminosa María Mercedes Coroy, actriz no profesional habitante de pueblo de la región), una chica de 17 años quien, pese a estar enamorada de Pepe, un joven de su edad próximo a migrar a Estados Unidos, es otorgada por sus padres en matrimonio a un hombre un tanto mayor que ella, Ignacio, capataz en los campos cafetaleros que trabaja su familia para sobrevivir, y patrón de su padre. En el acto culminante de una exploración sexual que poco a poco va cobrando forma a través de una serie de recursos alegóricos (la preparación de una pareja de cerdos para el apareamiento; la autoerotización de María contra la corteza de un árbol) la joven queda embarazada de Pepe, y la situación, inadmisible en el seno de una sociedad tradicional de valores católicos –aunque el catolicismo nunca es explícito y el director prefiere dar mayor relieve a las creencias mayas– da pie a un melodrama en el que el carácter resuelto de la protagonista hace apología del amor maternal y la feminidad en resistencia frente a las condiciones patriarcales.

Como la reciente El abrazo de la serpiente (también del 2015), del colombiano Ciro Guerra, que en festivales y circuitos “de arte” ha coincidido con Ixcanul en la mirada hacia lo indígena, la película de Jayro Bustamante (Guatemala, 1977) procura una caracterización de la sociedad indígena como sumamente apegada a sus tradiciones religiosas, pero curiosamente, aquí éstas parecen estar deliberadamente aisladas del cristianismo y volcadas más bien a la tradición maya, algo que se siente inevitablemente impostado en el contexto de un país mayoritariamente católico como Guatemala, donde el sincretismo ha dado forma al panorama religioso. Así, elementos como el personaje del “guía espiritual” que dirige los momentos rituales, o la continua mención de “las deidades” (en abstracto) dan a este aspecto de la película un tratamiento folklorizado y hasta cierto punto superficial, al conducir la complejidad religiosa del mundo kakchikel a los terrenos del estereotipo.

Pese a su leve parentesco con los productos culturales clásicos que abordan el tema de lo indígena desde la visión occidental, Ixcanul es una obra que trata el universo de sus personajes con dignidad. A ellos, los pone a merced de un equilibrado melodrama narrativo que conecta con fluidez con nuestras audiencias; a nosotros, espectadores desde otra arista cultural, nos sumerge en una atmósfera en la que es posible vislumbrar la belleza y multidimensionalidad de la cosmovisión particular de un pueblo contemporáneo de origen maya.

Con un trabajo fotográfico casi hipnótico que captura el multicolor del espectro visual guatemalteco, obra del cinefotógrafo Luis Armando Arteaga, y una dirección pausada y consistente que por fortuna no hace uso del preciosismo contemplativo en el que se ha estacionado buena parte del cine latinoamericano reciente, la opera prima de Bustamante llega como un producto necesario para la cinematografía de su país, que cada vez más presente a nivel internacional gracias al trabajo de directores como Julio Hernández Cordón, apunta hacia un probable asenso en los próximos años.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.