Hora de aventura

Hora de aventura

Por | 1 de enero de 2014

Dentro de la lista de series animadas que han conseguido gran éxito en recientes años, Hora de aventura (Adventure Time, Pendleton Ward, 2010 a la fecha) se caracteriza porque, a pesar no estar dirigida específicamente a este sector, ha alcanzado popularidad en el público “adulto”. Sin dejar de ser una caricatura infantil con fines de entretenimiento, existe una serie de factores que la hacen una de las apuestas animadas con mayor valor artístico dentro de la actual oferta televisiva.

Finn el humano (Jeremy Shada) y Jake el perro (Joe DiMaggio) viven en un colorido universo posthumano poblado de dulces criaturas, entes mágicos, animales, y una interminable galería de bizarros personajes. Cada capítulo es –valga la redundancia– una aventura que los conduce por impredecibles situaciones en las que, generalmente, tienen que resolver un problema, derrotar a un malvado ser o ayudar a alguien que se encuentra en apuros. La sinopsis puede sonar familiar a muchos otros dibujos animados, sin embargo, el subtexto de la historia ofrece una segunda lectura más interesante.

Una de ellas es la teoría del Idea Channel, la cual explica que el éxito de la serie entre el público adulto se debe a que evoca un sentimiento nostálgico, una nostalgia romántica con cierto sentido ambivalente que mezcla, simultáneamente, sentimientos de tristeza y felicidad. Lo interesante es que estas emociones son experimentadas tanto por la audiencia como por los personajes de la serie. Insertadas esporádicamente en el transcurso de los episodios, hay reminiscencias de lo que alguna vez fue el mundo de los hombres. Objetos varios y fragmentos de memoria revelan discretamente un pasado que devino en este mundo postapocalíptico de confites vivientes.

Hora de aventura retoma el espíritu de los viejos cuentos de hadas y leyendas fantásticas. Finn es la personificación del héroe romántico, armado con un sensible corazón y una comprometida conciencia moral. Por otro lado, también es la representación de los rasgos más nobles de la niñez. Su sed de justicia va de la mano con su necesidad de diversión y risas. Jake es la materialización de la imaginación. Su maleable cuerpo, capaz de adoptar más de mil formas, es la plastilina de la creatividad que sigue fielmente a su compañero durante la niñez. Estamos ante la escenificación de la supervivencia de la infancia, defensora de los valores y libre de los complejos y candados de pensamiento que llegan con los años.

Existe un lado oscuro dentro de este universo animado, uno que rebasa la canónica figura del villano y se presenta como la antítesis de la despreocupada e inocente naturaleza infantil. La maldad adopta diferentes personalidades representadas en dos variantes: una, la fantástica, encarnada por monstruos y perversos seres, y la otra, la pérdida de la infancia, caracterizada por una serie de elementos que atormentan la psique del “hombre maduro”: rutina, depresión, tiempo, soledad, vacío existencial, etcétera.

Pendleton Ward (San Antonio, Texas, 1982), creador de la serie, ha declarado que una de sus principales influencias, y de gran parte del equipo creativo, es el juego de Calabozos y dragones. Y es que con cinco temporadas en su haber, y al igual que la premisa del juego mencionado, se percibe un desarrollo progresivo en cada uno de los personajes y la trama en general. Cabe recalcar que las “aventuras” no se limitan a sus dos protagonistas. Los personajes secundarios complementan una sencilla, pero a la vez compleja, línea argumental que va reconfigurando los papeles y atributos de cada uno de ellos. Esto se debe a que no obedecen a perfiles determinados que limiten su acción en la narración. Entre ellos podemos encontrar a una princesa que pone a la razón por encima del corazón, un rey malvado atormentado por falta de amor o una vampira rebelde que esconde una frágil niña interior.

La principal virtud de Hora de aventura es que se trata de una epopeya contemporánea que mediante una psicodélica propuesta animada, una infantil filosofía de vida, y un refrescante sentido de la fantasía, rescata la inocente e indispensable necesidad de diversión que gradualmente se va perdiendo en el mundo adulto.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 7, invierno 2013-14, p. 47) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Israel Ruiz Arreola es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México. Actualmente forma parte del equipo editorial de la Cineteca Nacional desempeñándose como investigador especializado.