Fractales sobre la fragmentación fílmi

Fractales sobre la fragmentación fílmica 5

Por | 1 de noviembre de 2017

Black Mirror (Charlie Brooker, 2011 a la fecha).

Un día apareció en mi línea de tiempo un perrito, un cachorro de pastor alemán. Estaba asustado porque frente a él había una serpiente, una pitón. Al parecer algún imbécil quiso que sus mascotas se hicieran amigas y grabó el momento en que se conocían. El resultado es el que ustedes pueden imaginar.

Yo quisiera que esas imágenes no estuvieran en mi cabeza. Y si están no es porque yo lo haya elegido sino porque uno de mis contactos pensó que era buena idea compartir ese video; editorializándolo claro, con un chiste de inteligencia punzante, sobre la gente que piensa que los animales son buenos por ser animales. Como si su comentario anulara el contenido de este documental del horror del encuentro entre lo más indómito de la naturaleza y la estupidez humana –que, bueno, es uno de los puntos más indómitos de la naturaleza… Como si todas las personas que lo conocemos estuviéramos interesadas en lo mismo que él.

Su semidenuncia escarchada de superioridad intelectual es equiparable exactamente a compartir un asesinato en vivo para denunciarlo, como ocurrió en abril con la transmisión en vivo de Steve Stephens. No queda muy claro por qué la gente no marcó a la policía –en Estados Unidos es más o menos confiable–, ni por qué alguien comparte lo que le desagrada en vez de rechazarlo. Lo indudable es que, con una falta de sentido común apabullante, todo mundo cree que tiene buen juicio y básicamente nadie se está haciendo preguntas clave sobre el contenido que comparte (“¿esto le desagradaría a mi mamá?”, por ejemplo). Un poder que nos supera ha caído en nuestras manos.

En la teoría de comunicación clásica existió durante muchos años la figura del gatekeeper, traducido al español, como portero o, con complejidad barroca, guardabarreras. Con ese término se refería a una persona que seleccionaba contenidos para un medio basada en un sistema de valores subjetivo que abarcaba desde sus gustos hasta dinámicas burocráticas. Dependiendo de quiénes se tratara y de los medios donde trabajaban había personajes más interesantes que otros.[1] Pero por ejemplo, entre los editores de fotografía de los grandes periódicos, hubo algunos que se preguntaron sobre la relevancia o la dimensión ética de publicar (o no) fotos de violencia gráfica indudable. Es decir, de personas que dedicaban horas a evaluar si un daño aparente podría conllevar un bien mayor.[2] Hay casos registrados muy relevantes y fáciles de localizar,[3] independientemente de que las decisiones finales sean cuestionables.

Ahora, sobre todo en el último año, que Facebook ha decidido priorizar el video sobre los otros tipos de contenidos informativos, existe la posibilidad de compartir cualquier cosa instintivamente, sin siquiera tener tiempo de pensar en la relevancia o el impacto de nuestra decisión –porque, por más que se trate de un impulso, al final hay una elección, razonada o no. Pero no hay control. A menos que se trate de autocontrol, o de templanza, virtudes de santos.

No es de extrañar que tras los casos de inicios de año (el de Cleveland, ya mencionado, y un par posterior casi inmediato en Tailandia) Facebook haya terminado por activar unas alertas que le permiten actuar como gatekeeper. Sin embargo, su propia configuración le impide controlar qué circula por sus inmensas venas. Ante cientos de millones de intereses y de decisiones no hay modo de ejercer un control, hasta cierto punto, deseable. La fragmentación de lo que se comparte –ahora sobre todo videos, como decíamos– desde el interés personal como si se tratara del interés público ha perdido la batalla para siempre, tal vez al punto de que cada vez sea más difícil acercarnos siquiera a quien tiene concepciones distintas a las nuestras.[4] La “aldea global” nos ha puesto más cerca de los asesinos y de nuestros grupos de interés sectarios que de la posibilidad de acercarnos a ver al otro a los ojos. Y eso destruye nuestra fuerza política como masa –sí, masa puede ser un término positivo. Lo grave es que nosotros mismos hemos elegido ese camino, el de politizarnos como grupos pequeños y despolitizarnos como un grupo amplio con la cosa pública en común.

Mientras tanto, sólo espero que el siguiente video que comience a reproducirse sin que me interese no se trate de un torero siendo cornado en la cara…


[1] El texto clásico es “The Gatekeeper: A Case Study in the Selection of News”, de David Manning White (Journalism & Mass Communication Quarterly volumen 27, número 4, otoño 1950, pp. 383-390). Con los años el término resultó insuficiente, como es natural. Me parece que quien ha explicado mejor el proceso posteriormente es Pierre Bourdieu (Cf. Sobre la televisión, Anagrama, Barcelona, 2006).

[2] El mal (o el daño) como posibilidad ética viable, es decir como elección, es una de las tesis más interesantes de Rüdiger Safranski en El mal o El drama de la libertad (Tusquets, Barcelona, 2000).

[3] Busqué rápidamente una referencia y me encontré con esta: Sebastian Jacobitz, “The Ethics of Photojournalism”, PetaPixel, 3 de abril de 2017.

[4] Aquí un ejemplo desconsolador: Alex Thompson, “Parallel Narratives”, Vice News, Nueva York, 8 de diciembre de 2016.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Escuela Superior de Cine y en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel