A dos meses de la partida de Eugenio Pol

A dos meses de la partida de Eugenio Polgovsky

Por | 10 de octubre de 2017

Cuando en 2014 un par de torpes conductores de Excélsior TV –la edición “televisiva” del periódico Excélsior por internet– entrevistaron en su estudio a Eugenio Polgovsky a propósito del estreno de su tercer documental, Mitote, el director mexicano definió su película en una frase preciosa colocada entre otras que no recuerdo, pero que definitivamente eran demasiado sofisticadas para el corte de esa entrevista, más bien rutinaria y superficial: Mitote es –les dijo como hablando para sí mismo– «la cirugía de un instante». Y aunque parecía referirse exclusivamente a aquel trabajo, entonces próximo a estrenarse como parte de la cartelera de foros capitalinos como la Cineteca o el Cine Tonalá, en el fondo el documentalista estaba describiendo una de las principales características presentes en la totalidad de su obra, por cierto demasiado breve –apenas tres largometrajes, dos mediometrajes y un corto, desarrollados a lo largo de más o menos quince años–: la capacidad de diseccionar, de forma tan sórdida como delirante, ciertos fragmentos de una vida mexicana latente pero generalmente oculta tras las bambalinas del discurso; plena en el misterio ancestral de una violencia no exenta, sin embargo, de destellos de poesía.

Polgovsky murió hace dos meses en Londres, y el hecho de que haya radicado en esa ciudad europea los últimos años de su vida podría apuntalar uno de los argumentos más constantes entre los detractores de su trabajo: que el director mexicano, uno de los pioneros –junto a Everardo González y Pedro González Rubio, entre otros– de la “nueva ola” documental emergida a mediados de la década pasada, no se dedicó a otra cosa que a cultivar la explotación casi pornográfica de la pobreza, en un registro muy emparentado con la “pornomiseria” que los colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo denunciaron en su falso documental de 1978 Agarrando pueblo, el divertido “retrato” de un grupo de cineastas también colombianos contratados por un canal de televisión alemán para producir un filme amarillista sobre la miseria latinoamericana.

Y es que si nos lo propusiéramos, en el cine de Eugenio Polgovsky (Ciudad de México, 1977-Londres, 2017) , y principalmente en sus dos películas más conocidas, Trópico de Cáncer (2005) y Los herederos (2008), podríamos atisbar algo de eso que Ospina y Mayolo criticaron de manera tan original, aunque obviamente reformulado en una estética y un contexto del todo distintos al clásico alternativo de los fundadores del Grupo de Cali: la cámara del mexicano, nerviosa y atenta a los movimientos más ligeros, pareciera hurgar en los espacios de la carencia para obtener un extracto afectivo de esa marginalidad hasta cierto punto fotogénica; y al interior del retrato de cazadores empobrecidos (Trópico de Cáncer) o pequeños niños trabajadores en los campos de cultivo (Los herederos), la crítica a un sistema social y económico en desequilibrio, profundamente arraigada en el a menudo superficial cine de denuncia sociopolítica, pareciera una obviedad.

Sin embargo, las películas de Polgovsky no permanecen en el territorio de la taxidermia social al servicio del consumismo progre, y sus hallazgos no solamente petrifican la evidencia de la tan corriente desigualdad en la realidad mexicana, ya muy bien ilustrada por el cine documental de nuestro país desde hace muchos años. En la inmersión videográfica al interior de aquellos olvidados entornos rurales –los de los alrededores semidesérticos de Matehuala en Trópico de Cáncer, o los insolados campos sinaloenses de jitomate y sus trabajadores infantiles en Los herederos– el director consiguió plasmar un retrato sociocultural en múltiples capas, y sorprendentemente sin decantarse por el común registro de la “historia de vida”, recurso popular del cine documental, la crónica y otros géneros de no-ficción abocado en el seguimiento de un personaje o un grupo de personajes en particular. Su trabajo quirúrgico –al que probablemente se refería en esa extraña entrevista del 2014– consistió en una exploración acaso más panorámica y sin embargo particularmente penetrante. En la cercanía observacional de sus planos sobre un grupo de cazadores de serpientes de cascabel de un paupérrimo pueblito potosino, o en las imágenes de un niño artesano de algún lugar de Oaxaca o Veracruz, Polgovsky nos habló más de la mexicanidad subterránea que muchos cineastas contemporáneos, tal vez embebido, además, del espíritu buñueliano de la controversial Tierra sin pan (1933).

No fue un cineasta prolífico y sin embargo la influencia de su trabajo marcó el rumbo del revival del documental mexicano, un proceso activado hace más de una década por el brote de foros y festivales específicamente orientados a la modalidad de no-ficción. Es sabido que la difusión de Trópico de Cáncer contribuyó a la creación de Ambulante, la gira de documentales (hoy una de las muestras especializadas más importantes del mundo) que junto a otros espacios ha logrado visibilizar, y en muchos casos hasta reactivar, la producción de este tipo de cine en Latinoamérica.

Del breve paso de Eugenio Polgovsky por la producción del cine mexicano de este siglo nos queda un registro singularmente poético, y la profunda descripción cinematográfica de un espíritu mexicano tal vez sólo equiparable con la búsqueda identitaria emprendida por Octavio Paz en su Laberinto de la soledad (1950). Permanecen ahí también los eléctricos contraplanos metafóricos de los aficionados a la selección mexicana y las antiguas máscaras prehispánicas en Mitote, y la estremecedora belleza de los cactus polvorientos en las tomas de Trópico de Cáncer, inundadas por la incalculable melancolía del Preludio en si menor de César Frank.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional. @gustavorami_