El demonio neón

El demonio neón

Por | 8 de septiembre de 2016

Nicolas Winding Refn tiene el poder de seducir nuestros ojos y oídos. Él lo sabe y es lo que pretende. Su más reciente largometraje, El demonio neón, es un derroche de esa capacidad hipnótica que ya había dado muestras concretas en sus dos últimos largometrajes, Drive, el escape (Drive, 2011) y, sobre todo, Sólo Dios perdona (Only God Forgives, 2013). Un estilo que sigue las escuelas de Mario Bava, David Lynch y Stanley Kubrick, y que el director se ha encargado de depurar al expandir su fórmula: exagerados y contrastantes juegos de luces, un silencio absorbente instalado al centro de las escenas, brotes abruptos de violencia contenida y una banda sonora a base de sintetizadores -cortesía de Cliff Martinez- que termina por envolver la atmósfera de sus cintas. También podríamos agregar su inclinación por construir momentos que no pretenden representar cosas concretas, sino algo más cercano a lo simbólico para reflejar las inquietudes y procesos internos de sus personajes. En este sentido, El demonio neón (The Neon Demon, 2016) sube un escalón más en su búsqueda artística.

A diferencia de sus trabajos anteriores protagonizados todos por hombres, el papel principal de El demonio neón lo lleva una mujer. Jesse (Elle Fanning) es una joven de dieciséis años que incursiona en el mundo del modelaje y cuya belleza tan particular la hace ascender rápidamente desatando la envidia entre sus rivales de pasarela. Lejos de ser una crítica al negocio de los cuerpos perfectos, la película es una completa inmersión en la contemplación absorta de LA BELLEZA (así, en mayúsculas), encarnada aquí por una joven de una hermosura innegable. Lo bello es subjetivo, claro, y hay muchas clasificaciones que se acomodan a la diversidad de gustos. Sin embargo, en El demonio neón «la belleza no lo es todo, es lo único», como uno de los personajes afirma tajantemente. Todo aquel que rodea a Jesse cae rendido ante “esa cosa” que tiene; ese “algo” que es innato, natural y único. Ya sea apreciándola, deseándola o envidiándola, todos tienen una reacción ante ella. Los ojos del público responden de la misma manera ante la película: no sabemos exactamente qué es lo que tiene, pero lo notamos y reaccionamos ante ella, no importa la forma en que lo hagamos.

En la parte final, cuando el relato se convierte en un cuento de terror, el horror representado también guarda cierto encanto. Recordemos que la película abre con la imagen de Jesse recostada sobre un sillón, su rostro resaltado por el maquillaje y el cuello chorreante de sangre. Se trata de una sesión fotográfica a cargo del primer seducido por la belleza de la chica, construido por Winding Refn (Copenhague, 1970) como una traslúcida premonición de su destino. Especialmente esta característica del cine del director danés ha sido blanco de las críticas que lo atacan por vulgar. Y sí, lo es. Él lo sabe y le gusta (no son gratuitas las dedicatorias de sus filmes a Alejandro Jodorowsky). A lo largo del relato están insertadas escenas de carácter abstracto que recuerdan lo que intentó hacer con algunos pasajes de Sólo Dios perdona. En esta ocasión, la pretendida abstracción –un puma, una figura geométrica, un caníbal, entre otros- alcanza niveles de embelesamiento de un carácter sofisticadamente chabacano. El significado es lo de menos, la reacción es lo que importa. En palabras del propio director, la película es una celebración del narcisismo. El tema es la aceptación de uno mismo. Narciso se encuentra así mismo, se transforma y se siente realizado. Es precisamente eso lo que vemos en pantalla: la protagonista atraviesa esa transformación y para representarlo, Winding Refn no escatima en amplificar lo visualmente placentero hasta lo bellamente grotesco.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.

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