Drive: El escape

Drive: El escape

Por | 1 de junio de 2012

El cine de Nicolas Winding Refn se ha caracterizado por un crudo pero sofisticado manejo de la violencia explícita. Sus largometrajes anteriores (por ejemplo, Valhalla Rising, de 2009, y Bronson, de 2008) son un despliegue de férreos golpes a la quijada, rostros ensangrentados y feroces peleas a puño cerrado. Drive: El escape (Drive, 2011)  el más reciente filme del director danés, tampoco excluye el común denominador de sus antecesoras. Se hacen presentes los impulsivos desplantes de ira, muertes teñidas de sangre y una colección de huesos destrozados. Sin embargo, en esta ocasión, los episodios de violencia se diluyen sutilmente en una historia de amor y sacrificio.

Basada en el libro homónimo de James Sallis, la cinta relata la historia de un misterioso personaje –del cual nunca sabemos el nombre– que divide su tiempo trabajando como doble de cine y mecánico por las mañanas, y por las noches renta su talento al volante para transportar a delincuentes garantizándoles una eficaz fuga después de haber cometido algún atraco. El encuentro con Irene, su vecina, y su pequeño hijo, produce en él un sentimiento de felicidad que hace aflorar en su apacible rostro una discreta pero franca sonrisa. La historia da un giro cuando aparece en escena Standard, esposo de Irene, quien una vez fuera de la cárcel, es obligado por un grupo de mafiosos a saldar una vieja deuda. Consciente del peligro que corren el conductor decide prestar sus servicios para ayudar a Standard y proteger la vida de Irene y el niño.

La puesta en escena de Refn (Copenhague, 1970) es ejecutada de forma precisa y contundente. Con finos movimientos de cámara que pasan de personaje a personaje y de regreso al espacio que los rodea, el director construye una narrativa visual cargada de contrastes dramáticos: en una misma escena presenciamos el desbordante frenesí de un beso robado para dar paso a la cruda postal de un cráneo vapuleado en una lluvia de golpes y patadas. No se debe confundir a Drive con una tosca película de acción bajo la gastada fórmula del cine hollywoodense. Nos encontramos frente a un drama romántico, alejado de cualquier tipo infame de cursilería, en el que los episodios de adrenalina y violencia son apenas la punta del iceberg en un desfile de tensión y palpitantes emociones. Silencios prolongados, suaves miradas y diálogos que no rebasan la línea de lo convencional son suficientes para crear entre Irene y el conductor un lazo afectivo más entrañable que cualquier inverosímil tipo de seducción.

La interpretación de Ryan Gosling como el silencioso conductor brilla por la sencillez de sus gestos. Lejos de la arquetípica figura del action man, el conductor es un reservado y sutil personaje que, bajo una capa de aparente indiferencia, esconde a un mortífero defensor. La estampa del escorpión en su chamarra, los guantes de cuero y un martillo en mano, le otorgan un aire fantástico que lo hace inolvidable. El resto del elenco lo conforman Carey Mulligan, Bryan Cranston, –después de sus soberbias actuaciones en televisión era normal su paso a la pantalla grande– y la pareja de mafiosos interpretada Albert Brooks y Ron Perlman.

La banda sonora, a cargo de Cliff Martinez y con colaboraciones musicales de Kavinsky & Lovefoxxx y College, evoca un nostálgico beat ochentero que se acomoda perfectamente a la atmósfera urbana que sólo una ciudad como Los Ángeles puede desprender. La cinta funciona bajo la premisa de un cuento de hadas contemporáneo, en el que la figura del héroe se despoja de sus cualidades mitológicas y aterriza en el plano terrenal. El protagonista es un ser humano susceptible a cometer errores, salir herido de muerte, y hasta ser abofeteado por la mujer que protege. Sabe de antemano que no existe el empalagoso concepto de “final feliz”. La única alternativa que reconoce como auténtica es el sacrificio de la felicidad, que a la vieja usanza romántica es la máxima expresión en nombre del amor. Al final, no queda otro camino que renunciar a sí mismo y continuar en soledad detrás del volante.

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 1, verano 2012, p. 57) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Israel Ruiz Arreola es investigador de la Cineteca Nacional.

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