Doctor Strange

Doctor Strange

Por | 10 de noviembre de 2016

Londres tiene iglesias, sinagogas, mezquitas, templos budistas; universidades, cafés, kínders, parques, hospitales; librerías, cines y teatros increíbles. Pero nada de eso le basta a Stephen Strange, médico ególatra que sufre un accidente demasiado grave como para dejarlo seguir realizando cirugías. Su problema verdadero, el vacío del hombre de éxito capitalista, que tiene todo y por lo tanto no tiene nada, no puede resolverse ni con la medicina (occidental) más avanzada, ni frente la belleza, ni en compañía del prójimo, ni en los templos vacíos, sin magia.

Como Londres no basta tiene que salir de ahí.

Strange encuentra lo que busca en Katmandú, en el templo-escuela de Kamar-Taj. Y lo que busca es el sortilegio. Aunque su viaje sea a Nepal, su viaje es el viaje a la India que han hecho miles de celebridades –y de legos–, después de George Harrison. En el orden londinense no puede hallarse lo mismo que en el hacinamiento indio, en la racionalidad ilustrada no puede hallarse lo mismo que en la sabiduría milenaria, en la acción concertada no puede hallarse lo mismo que en la pasividad desapegada porque Occidente está vacío y muerto y Oriente pleno de espíritu. Ese Oriente, no es el “Oriente” de los “orientales”, que no existe, sino el de los orientalistas, esos expertos que de algún modo engloban, siguiendo una división tripartita medieval del mundo, la inmensa variedad de Asia en una sola categoría.[1] También es el “Oriente” de los peregrinos que en el siglo XIX visitaban Levante para conocer la voluptuosidad y la barbarie, y –como decíamos– los que viajan a la India como si fuera el Tíbet –de entrada uno sí puede visitar la India– y como si fuera budista, para encontrar lo trascendente. Sólo que algo trascendente espectacular inhallable en los sermones de los curas, pastores o rabinos occidentales, o en la oración, que, según parece, es menos funcional y profunda que la meditación.

Total, que Strange viaja a un Nepal-trasunto-de-la-India y encuentra, no sin problemas, la magia. Por supuesto, tiene que abajarse y deshacerse (parcialmente) de su ego para poder acceder a ella. Y lo que aprende, de viva voz en inglés, y en textos en sánscrito, es una mezcla new age de artes marciales, moral, hechicería, viaje astral e interdimensional. Vamos, es una película de superhéroes y tiene que ser exagerada. No me engaño. Lo que me interesa, por lo pronto entre todo es la figura de El Ancestral (The Ancient-One, Tilda Swinton más adrógina y ambigua que nunca), quien le revela a Strange algunos secretos de lo Secreto.

Nadie sabe nada de El Ancestral más que es prácticamente inmortal y que es celta. El asunto es muy interesante: en medio de Oriente, quien recopila y transmite la tradición hermética, es alguien Occidental, alguien que viene de Europa, incluso si se trata de la Europa anterior a la expansión de Roma y del cristianismo. Ahora si hablo de la tradición hermética es porque, junto con el orientalismo espiritual, el otro eje cosmético de Doctor Strange es la presuposición de que hay un conocimiento antiquísimo y profundo codificado en claves evidentes que vincula todo y que implica que detrás de un secreto hay un secreto mayor y que al acceder al secreto mayor se abre la vía a uno aún mayor y así hasta el infinito.[2] Algo que podría alegorizar el pensamiento científico pero que es la base de ideologías alquímicas y espiritistas y que en la película adquiere dimensión por una lado en la biblioteca de Kamar-Taj y por otro en los tres puntos sacros (Hong Kong, Londres y –¡no lo van a creer!– Nueva York) que sirven para proteger el mundo físico de amenazas metafísicas.

En el párrafo anterior decía que tanto la tradición hermética como el orientalismo son ejes cosméticos, es decir que sólo lustran la película. Si se amalgaman es por su apariencia mística y porque ayudan a construir un discurso coherente del Otro y de lo Otro, un discurso profundamente occidental. Si quedara alguna duda basta con ver adónde lleva el viaje astral de Strange: primero, ya desencarnado, ve su cuerpo a la distancia y, después de cruzar dimensiones alternas, se enfrenta al vértigo de la pequeñez humana frente al universo y para finalmente enfrentarse a los multiversos. Si bien podría parecer que se trata de una versión torcida de la astrofísica contemporánea, Strange se enfrenta a lo que el espectador de la serie documental Cosmos (Cosmos: A Spacetime Odyssey, Ann Druyan y Steven Soter, 2014) vive durante el primer episodio. No hay razón para suponer que no puedan existir experiencias trascendentes laicas o ateas –por otro lado, el mito científico de la creación del mundo con el que contamos es profundamente judeocristiano.[3] La secuencia, algo abstracta, es además el segundo momento de gran belleza que ha existido en el Universo Fílmico Marvel, junto con el caleidoscopio atómico de Ant-Man (2015).

Por lo demás, Doctor Strange, es un blockbuster de superhéroes, bueno y divertido, pero sólo un blockbuster de superhéroes.


[1] Naturalmente sigo la definición de Edward W. Said, aunque la interpreto y le pongo adornos. Basta leer la introducción de Orientalismo para entender la complejidad del concepto y de la práctica desde la que surge. Mi edición de referencia es la del XXV aniversario (Orientalism, Vintage Books, Nueva York, 2003). DeBolsillo tiene una edición en español.

[2] Umberto Eco se ocupa ampliamente de la tradición hermética en la segunda sección de Los límites de la intepretación (Lumen, México, 1992), pero yo sólo estoy usando de manera somera los argumentos de los dos últimos ensayos del grupo “El discurso alquímico y el secreto diferido” (pp. 82-98) y “Sospecha y dispendio intepretativo” (pp. 99-114).

[3] Algo similar sucede en una obra de arte mayor, Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río, de László Krasznahorkai, donde al centro de la habitación del superior de un templo, al centro de Kioito y por lo tanto al centro de la novela, el nieto del príncipe Genji encuentra una botella de whisky y un libro occidental, de Sir Wilford Stanley Gilmore que cuenta que el infinito no es finito porque sólo se puede concebir y, por lo tanto, nombrar un número, una cifra de varias páginas. Quizá el secreto del orientalismo es que sabe que Oriente, en el fondo, es un discurso en cuyo corazón está Occidente, que muy probablemente,a diferencia de Oriente, sí exista.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel