Daria en el mundo enfermo y triste

Daria en el mundo enfermo y triste

Por | 5 de Julio de 2017

Sección: Crítica

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Daria dejó las cosas muy claras desde el principio cuando, al llegar a su nueva escuela, la obligan a tomar un curso para reparar su autoestima y, para calmar a sus papás, les dice: «No está baja mi autoestima, hay un error, está baja mi estima por todos los demás». A partir de entonces, durante cinco temporadas –y dos películas menos memorables– su mirada nos presentó viñetas de un mundo enfermo, triste y asquerosamente cercano y vigente.

Daria, una adolescente que estaba bastante enterada de la ridiculez del mundo que la rodeaba, sintetizó el desencanto de una edad y de una generación desde una postura congruente y constante. Después de haber aparecido como compañerita de Beavis y Butthead, su spin-off trascendió lo chistoso del show de ese par de idiotas para convertirse en crítica e icono. Lo que hace tan relevante a Daria, incluso veinte años después de haber aparecido, es que no es una heroína excepcional que intenta salvar el mundo, sino sólo una mirada que pone en evidencia y ridiculiza la podredumbre de un sistema desde su cotidianidad.

En Daria (Glenn Eichler y Susie Lewis Lynn, 1997-2001) lo que menos importa es la historia o la verosimilitud de los otros: es una representación de lo ajeno que puede parecer un universo desde el lugar solitario de una adolescente –extraña, como todos los adolescentes llegan a sentirse en algún momento– y de su vínculo con la única persona que parece merecer el reconocimiento de su complejidad. La mirada frente a lo absurdo es el eje de la serie y por eso resultan tan chistosas las viñetas: lo ridículo del día a día vuelto caricatura. Daria existe como individuo y su mundo existe en función de su mirada. ¿Hay algún otro momento de la vida en que esto suceda tan claramente como en las épocas de angustia adolescente?

Fuera de uno mismo y de ciertos vínculos, en la adolescencia todo es ajeno. Desde ese lugar, Daria ejerce una crítica de un sistema del que intenta, en la medida posible, mantener una distancia que le permita conservar su independencia intelectual y moral –y, por qué no, desde donde pueda sentarse a reírse un rato–, pero esa mirada cínica no existiría sin ese sistema: lo ridículo siempre necesita un ojo que lo ponga en evidencia. Si uno ve Daria no puede sino compartir su postura frente al mundo pero, ¿de verdad la porrista y su novio, Trent, su hermana, sus papás, los maestros, o cualquiera de sus compañeros podían estar tan vacíos, ser tan unidimensionales? Al final no importa: estos personajes están ahí como objeto de una mirada.

Umberto Eco se refiere a los personajes típicos como aquellos que, al adquirir una fisionomía completa –no sólo exterior, sino también intelectual y moral–, permanecen en la memoria.[1] Lo que permanece de Daria en la memoria pop es su congruencia con el desencanto: el silencioso desasosiego adolescente es sólo la antesala de una adultez igualmente incierta –por eso no es una serie exclusivamente para adolescentes, por eso sigue habiendo quienes, ahora en la adultez, seguimos regresando a ella. El personaje, sin que sean necesarios grandes pasos en su evolución dramática, se enfrenta con situaciones que funcionan como denuncias a las partes de un sistema roto mientras –casi siempre– mantiene la misma indiferencia con la que ve los capítulos de Mundo enfermo y triste. Ya sean los desórdenes alimenticios de las chicas, el consumismo, las exigencias del sistema educativo o la presión social dentro de la escuela, todo parece una obra de ficción vista por seres ficcionales que se colocan en un nivel superior. La apatía adolescente que, más que berrinche, parece dimensionar los problemas: nada es demasiado grande ni demasiado importante.

«Mi meta es no despertarme en 40 años con la sensación amarga de haber malgastado mi vida en un trabajo que odio porque me obligaron a elegir una carrera siendo adolescente»; «…cuando parezca que el emperador está desnudo, es que está desnudo; la verdad y la mentira no son la misma cosa y no hay aspecto, ni faceta, ni momento de la vida, que no se pueda mejorar con un trozo de pizza»… Daria no podría existir sin una sociedad absurdamente jodida: desde su aparente impasibilidad –con la ocasional microsonrisa que nos volvía cómplices de sus pequeñas victorias–, el escándalo a su alrededor se magnificaba, pero al final no pasaba nada, adolescencia que deviene nihilismo cuyos ecos trascienden la ficción.

Hay cierta superioridad en el desencanto noventero y en la convicción de estar rodeados de un mundo estúpido y banal que siempre se sentirá ajeno. Kurt Cobain, con un puñado de canciones y su muerte, se convirtió en estandarte de toda una generación de jóvenes –de la cual una parte, aunque un poco descafeinado, conserva el desencanto en su adultez­. Después llegó Daria como un relevo femenino más joven, pero con una postura muy similar. Causa satisfacción que ahora que los creadores retomaron a los personajes para mostrarnos qué fue de ellos veinte años después, vemos que no se ha alejado demasiado de ese perfil que la posicionó en nuestras memorias: se convirtió en guionista, sigue soltera, y sigue siendo amiga de Jane, con quien va a eventos de la escena artística neoyorquina, muy probablemente para seguir burlándose, en términos más adultos, de un mundo que sigue y seguirá siendo caricaturescamente absurdo.


[1] Eco parte del concepto de fisionomía intelectual de Lukács, es decir, considerar la validez de un personaje a través de la construcción de una personalidad, de maneras de reaccionar y actuar, y de una concepción del mundo, desde sus gestos. En el mismo ensayo adopta y modifica el concepto para hablar del perfil de los personajes que permiten que el lector comprenda sus motivaciones y se identifique intelectualmente con él «como si, en vez de una narración, tuviésemos entre manos un complejo tratado bio-psico-socio-histórico sobre dicho personaje», sin que necesariamente se trate de héroes o que la comprensión sea positiva. Umberto Eco, “Uso práctico del personaje” en Apocalípticos e integrados, Tusquets, México, 1995, pp. 191-216.


Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.  @ay_ana_laura