Cine ruso: 1993-2000

Cine ruso: 1993-2000

Por | 18 agosto 2017

Arca rusa (Russki kovcheg, 2002)

El cine ruso, por las razones que haya sido, fue la médula del cine soviético, de modo que tras el desmembramiento de la URSS su continuación fue natural. Sin embargo, el orden social previo entró en crisis y esto se manifestó mayormente de tres maneras en el cine: retratando a la nueva mafia surgida del capitalismo, remitiendo constantemente a la inacabable Guerra de Chechenia y con la aparición constante de figuras patriarcales presentes o ausentes. Por otro lado, el cine Ruso entró con cierto éxito al cine épico internacional, con estándares similares a los anglosajones. Además de todo lo anterior heredó de la vieja Unión a dos cineastas excepcionales y totalmente opuestos: Nikita Mijalkov, eslavófilo y añorante, y Aleksándr Sokúrov, uno de los estetas-pensadores más grandes del presente.

Este último recuento ruso se ocupa de un periodo largo que apenas empezamos a vislumbrar con claridad. Elegimos algunas de las películas más visibles internacionalmente a reserva de que muy probablemente, por contigüidad histórica, podríamos haber errado.

 

I. Grandes directores

Nikita Mijalkov

Quemados por el sol (Utomliónnyie sólntsem, 1994)

Las cintas de Nikita Mijalkov expresan su deseo por entender la emoción humana perforada por el contexto político de su país. Quemados por el sol (Utomliónnyie sólntsem, 1994), una de sus mejores películas, cuenta la historia de un general del Ejército Rojo detenido por un colaborador de los servicios de seguridad en un drama que revela la tensión y el miedo del pueblo durante la dictadura estalinista. Su gran acogida internacional le permitió llevarse el Óscar a mejor película en lengua extranjera y obtener el dinero suficiente para El barbero de Siberia (Sibirski tsiriúlnik, 1998) una comedia dramática que narra la historia de amor entre un cadete ruso y una joven norteamericana durante el reinado del zar Alejandro III de Rusia. Mijalkov interpretó al zar, detalle que nadie en Rusia pasó de largo: el director, proveniente de una familia noble, hacía una declaración de nostalgia imposible de manifestar en su obra soviética. La representación parecía ser una declaración de principios que fue confirmada con sus nuevas posturas políticas paneslavas –apoyó activamente el dominio serbio sobre Kosovo, por ejemplo–, patriarcales y cercanas a la iglesia ortodoxa. Convertido en una figura pública de la nueva Rusia conservadora, tras mucha polémica fue nombrado presidente de la Sociedad de Cineastas Rusos. Durante diez años dejó de dirigir, pero no de actuar. Del periodo destaca su colaboración con el polaco Krzysztof Zanusssi en Persona non grata (2005). Su regreso a la dirección ocurrió en 2007, con 12, una adaptación brillante del clásico estadounidense Doce hombres en pugna (12 Angry Men, Sidney Lumet, 1956) al contexto ruso, donde doce hombres conforman el jurado para sentenciar o eximir a un joven checheno acusado de homicidio. A partir de este punto ha vuelto a su cine nostálgico.

 

Aleksándr Sokúrov

Madre e hijo (Mat i syn, 1997)

Tras la caída de la Unión Soviética, Aleksándr Sokúrov se ha convertido sin duda, en el cineasta ruso más relevante y en una figura central del cine. Se trata de un creador complejo que está a gusto tanto en la ficción como en el documental. Su preocupación por entender y reflexionar sobre el presente ruso es evidente en su interés por la guerra y las figuras de poder. Entre sus documentales que cuestionan la posición del hombre frente al conflicto, destacan Voces espirituales (Dujóvnyie golosá, 1995) y Confesión (Povínnost, 1998). Este proceso documental está íntimamente relacionado con su tetralogía del poder, que inicia con Moloch (Moloj, 1999), donde explora el carácter humano de Hitler durante un día en el refugio llamado “El nido del águila”, sigue con Tauro (Telets, 2000) y El sol (Solnste, 2003), donde realiza el mismo proceso artístico con Lenin e Hirohito, y cierra con una fábula que plantea preguntas sobre todo el proyecto en Fausto (Faust, 2011).

Aunque el cine de Sokúrov posee un gran sentido de lo histórico-social, también está cargado de una sensibilidad pictórica bellamente reflejada en la composición fotográfica de sus películas. Arca rusa (Russki kovcheg, 2002), uno de sus trabajos más reconocidos por ser un travelling sin cortes, es un encuentro entre arte e historia situado en el museo Hermitage de San Petersburgo. Madre e hijo (Mat i syn, 1997), otra pieza mayor, se vale de la composición para dar un tono lírico antes que narrativo a las últimas horas en la vida de una mujer mayor atendida en su lecho de muerte por su hijo. Esta película sirve para abordar otro interés mayor de Sokúrov: el sonido como elemento poético y espiritual. Una campana, un tren, el viento… dan una dimensión que agrega volumen conceptual a su cine. Probablemente sea el creador que explora con más seriedad ese aspecto que generalmente ocupa un rol ancilar en las películas.

 

Andréi Zviáguintsev

El regreso (Vozvrashchénie, 2003)

Andréi Zviáguintsev, que tuvo antes una carrera como actor y como realizador de televisión, se convirtió en un favorito de los jurados de los festivales desde su primer largometraje. El regreso (Vozvrashchénie, 2003) es la historia de dos hermanos que son sorprendidos por la llegada su padre, quien es prácticamente un desconocido para ellos. Se van a un viaje de pesca con él, durante el cual la confusión y la tristeza se intensifican gradualmente. Es un relato críptico, donde los detalles nunca acaban de esclarecerse del todo, pero que termina convirtiéndose en un retrato desolador de la familia rota a partir del punto de vista de estos niños confundidos y la relación que existe entre ellos. Su siguiente cinta, El destierro (Izgnánie, 2007), sigue esta línea al presentar a un hombre que decide alejarse de todo con su familia sólo para encontrarse con otro tipo de aislamiento dentro de su propio núcleo. Su primera obra está definida por temas como el amor, la desconfianza y la traición en personajes que se aíslan tanto física como emocionalmente. Pero en su siguiente momento, que escapa a los límites históricos de este texto, dio un giro hacia un retrato de la Rusia postsoviética caracterizada por un capitalismo de secuaces. Si bien El regreso es una obra mayor indudable, aún queda por ver si el resto de su obra sobrevive el paso del tiempo. Hay atisbos de que así será.

 

II. Algunas películas

 

El año del perro (God sobaki, Semión Aronóvich, 1993)

Un exconvicto conoce a Vera, una mujer ingenua, introvertida y solitaria. Los dos, al sentirse ajenos a su entorno, comienzan una relación y, cuando él apuñala a un hombre, huyen juntos hasta llegar a una aldea abandonada que podría parecer el lugar perfecto para establecerse. El relato da un giro macabro cuando estos personajes descubren que están en un área contaminada por la radiación, cerca de Chernóbil, a lo que sigue una serie de eventos violentos. Este drama con tintes de humor negro está plagado de violencia: la que ejercen los personajes en el presente, y la remanente de la guerra, que los rebasa y de la cual no pueden escapar. Una poderosa crítica a un mundo después de la guerra desde el punto de vista de dos outsiders condenados.

 

El ladrón (Vor, Pável Chujrái, 1997)

Esta película retoma la figura de la paternidad a través de una mirada cálida y melancólica que bien podría recordarnos al realismo socialista. En la historia, una joven viuda (Yekaterina Rédnikova) trata de huir de los estragos de la posguerra en compañía de su hijo para sacarlo adelante. En el camino, la mujer conoce a un supuesto oficial que en realidad es un ladrón. Así es como el huérfano (Misha Filipchuk) encuentra en su nuevo padrastro la imagen ausente de su padre y otra forma de concebir el lazo familiar a través del crimen mientras va creciendo.

 

Noche de bodas (Svadba, Pável Lunguín, 2000)

Mishka (Marat Bashárov) vive en un pueblo pequeño y trabaja en una mina. Cuando Tania (María Mirónova), su amor de juventud, regresa tras haber trabajado unos años en Moscú como modelo, y le propone –por medio de un volado­­­– casarse, se desata una serie de confusiones y problemas. En primer lugar, porque él no tiene dinero para la fiesta ni para darle un regalo a ella; y, en segundo, porque tanto él como su familia se muestran sospechosos respecto a los motivos de Tania para volver al pueblo y casarse de manera tan aparentemente espontánea. Todo se complica más cuando reaparece el exnovio mafioso de Tania, lo que desemboca en una comedia de enredos. El estilo de la cinta tiene ecos de Dogma 95 al consistir predominantemente de tomas con cámara en mano y manejar actuaciones y escenarios naturales. Es también un abordaje interesante de la Rusia después del comunismo, al retratar este pequeño pueblo con dinámicas precarias en contraste con la mirada de la mujer que regresa de la ciudad.

 

La casa de los engaños (Dom durákov, Andrei Konchalovsky, 2002)

Esta comedia ambientada durante la Primera Guerra de Chechenia cuenta la historia de los pacientes psiquiátricos de un hospital ubicado en la República de Ingusetia, pero en la frontera con la República de Chechenia en 1996. Tras la partida de los médicos en busca de ayuda, Zhanna, una joven mujer que cree ser la prometida del cantante Bryan Adams se hace cargo de sus compañeros con el objetivo de mantener la paz y el control, ignorando la guerra que se desarrolla fuera de las paredes del hospital. Sin embargo esta llegará al lugar a través de rebeldes chechenos transformando la vida de los pacientes y presentando una bella reflexión sobre la felicidad en tiempos de guerra.  

 

Koktebel (Borís Jlébnikov y Alekséi Popogrebski, 2003)

Koktebel

Koktebel es una película simple, tanto narrativa como formalmente. Se trata del viaje de un padre y un hijo desde Moscú hacia el pequeño puerto vacacional crimeo que le da nombre a la película. Ambos están solos en el mundo, son pobres y ven en el viaje, hecho como polizones en trenes, como caminantes, etc., una oportunidad de un nuevo inicio. Pero el hijo crece y así como comienza a necesitar espacio no entiende que su padre viudo necesita un nuevo inicio en el amor. Se trata de una película de encuentros y desencuentros en planos largos y pausados. Pero también es una película de reencuentros con lo que había antes de la Unión Soviética: Koktebel es la eslavización de Köktöbel, el nombre del puerto en tártaro crimeo, y el nombre que fue oculto por la denominación soviética de Plánerskoie. El futuro posible también ocurre en un mundo a la vez viejo y nuevo, como la relación entre estos dos hombres. Es de notarse que Koktebel coincide en el tiempo con Padre e hijo (Otets i syn, 2003), de Aleksándr Sokúrov, y El regreso (Vozvrashchénie, 2003), de Andréi Zviáguintsev, tres ejemplos del papel de la relación padre-hijo en el alma rusa o quizá del resurgimiento de una idea patriarcal que estaba enclosetada.

 

Guardianes de la Noche (Nochnói Dozor, Timur Bekmambétov, 2004) y Guardianes del Día (Dnevói Dozor, Timur Bekmambétov, 2005)

Estas dos películas fueron un suceso del cine pop en Rusia y también tuvieron un considerable éxito en el mercado internacional. Combinan recursos del cine de terror y de fantasía para presentar un mundo distópico donde el bien y el mal son encarnados por dos bandos de seres sobrehumanos (los “Otros”) representados por la luz y la oscuridad. Estos bandos han llegado a una especie de tregua que es interrumpida en la época actual, lo que resulta en una trama compleja con secuencias de acción impresionantes y un uso bastante adecuado de los efectos especiales. La combinación entre los elementos cotidianos de Moscú, donde todo sucede, y el halo lúgubre que cubre todo es uno de los aspectos más interesantes de estas cintas, dos de los mayores blockbusters en la historia del cine ruso. Este díptico también es notable porque significa la entrada definitiva de esta industria fílmica al cine mundial de matriz anglosajona, en el que también se han colado películas japonesas, coreanas y chinas.

 

El pequeño Vania (Italiánets, Andréi Kravchuk, 2005)

Esta cinta, basada en un caso real, sigue la historia de un niño que es abandonado en un orfanato y que ha sido elegido por una pareja italiana para la adopción. Cuando Vania (Kolia Spiridónov) ve cómo una mujer que regresa por su propio hijo es rechazada violentamente, decide ir en busca de su propia madre. Es un relato de aventuras que combina hábilmente la emotividad con el humor, muy al modo de Charles Dickens. Pero también es una crítica importante al negocio de la adopción en Rusia, el cual se aprovecha de las condiciones de pobreza para vender menores a parejas de extranjeros.

 

La isla (Óstrov, Pável Lunguín, 2006)

La obra de Pável Lunguín se caracteriza por la realización de historias complejas con una fuerte carga simbólica. En el caso de La isla conjuga el pecado y la penitencia de Anatoli (Piotr Mamónov), un hombre atormentado por haber cometido un asesinato durante la Segunda Guerra Mundial obligado por los nazis. Décadas después sigue buscando el perdón de Dios apartado en un monasterio, sin embargo, la penitencia de su alma lo llevó a descubrir dones de curación y profecía. La isla es el primer ejemplo postsoviético notable del uso de la fe ortodoxa con fines políticos. Anatoli, una especie de iluminado loco, puede leerse como un representante del alma rusa profunda, sobre todo en sus enfrentamientos con Iov (Dmitri Diúzhev), un pope más joven, vigoroso y conservador. Por otro lado es una defensa del primer cristianismo, místico y libre, frente a las instituciones eclesiásticas posteriores y minadas de poder.

 

Mongol (Serguéi Bodrov, 2007)

Filmada en coproducción con Alemania, Mongolia y Kasajstán, Mongol es la primera película de una trilogía que narra la historia de Gengis Kan (Tadanobu Asano), el líder que levantó un imperio colosal después de unificar las tribus nómadas al norte de Asia. Si bien la secuencia lineal del largometraje tiende a ser lenta por momentos, el director procura darle agilidad eligiendo diversos pasajes de la vida del gran guerrero desde su infancia. El relato nos lleva a conocer a Börte (Chuluuny Khulan), su futura prometida y consejera, así como las dificultades que afrontó en épicas batallas, una de ellas contra su hermano, Jamukha (Honglei Sun). A diferencia de los thrillers y dramas románticos que Serguéi Bodrov realizó con anterioridad, este film entra de lleno en la lógica de gran épica mundializada, y es relevante mayormente como un intento con poco éxito en ese contexto.

 

Redacción: Mariana I. Miranda, Abel Muñoz Hénonin, Ana Laura Pérez Flores y Juanita Porras.