Cine estadounidense de los 90: Película

Cine estadounidense de los 90: Películas pop

Por | 20 octubre 2017

Matrix (The Matrix, Andy y Larry Wachowski, 1999)

Cerramos los años 90 en Estados Unidos de manera muy complicada porque el cine popular, por una parte, al igual que en los 70 roza lo autoral (Costner, Gibson, Verhoeven), y por otra marcó el inicio del declive indudable de Hollywood en el presente. Es probable que los 90 hayan sido la última década en que cintas de gran factura tuvieron amplia aceptación por grandes públicos.

La otra característica del periodo es que las imágenes generadas por computadora comenzaron a volverse una realidad ineludible. Y, por momentos, parece que al prescindir de la fotografía, y, por lo tanto, de su vínculo con el mundo sensible, el cine imperial también se debilitó, autoalimentado, en unos y ceros.

Esta lista no sólo contiene películas que vale la pena ver. También incluye algunos blockbusters miserables que fueron demasiado importantes como para dejarlos pasar.

Como siempre usamos una década larga marcada por una especie de tono.

 

Danza con Lobos (Dances with Wolves, Kevin Costner, 1990)

Esta ficción histórica desarrollada durante la Guerra de Secesión idealiza la relación pacífica entre el hombre civilizado y el indígena, rescatando el valor de las tradiciones de los primeros pueblos, masacrados y acorralados a partir de la conquista indiscriminada de sus tierras, vistas como territorio virgen por los estadounidenses. John Dunbar, un militar condecorado, forja amistad con algunos miembros de la tribu siux durante su estancia solitaria en la frontera que linda con tierras indígenas; de forma progresiva llega a entender la relación armónica de la vida indígena con la naturaleza y su concepción de la violencia como un recurso para defender a su pueblo. Al aceptar el daño de la conquista desmedida de los territorios, Dunbar se desliga de su visión nacionalista optando por un nuevo estilo de vida. Danza con Lobos explora dos caras de la violencia a partir de su perspectiva reivindicadora de la cultura indígena, de modo que olvida la expansión norteamericana supuestamente heroica y critica el deseo voraz por el dominio del territorio. Para entender la perspectiva indígena vale la pena adentrarse en las páginas de Alce Negro habla (John Neihardt, 1932).

 

Disney

Después de un periodo poco exitoso, las películas de Disney recuperaron fuerza en los 90. En esta época los estudios se dedicaron a reconfigurar la figura de la princesa, invertirle esfuerzos a la creación de nuevos y más diversos héroes y, aun más importante, explorar nuevas geografías y sus mitologías. En esta década, Disney se aventuró en Francia (La bella y la bestia [Beauty and the Beast, 1991]), Arabia (Aladín [Aladdin, 1992]), África (El rey león [The Lion King, 1994] y Tarzán [Tarzan, 1999]), la antigua Grecia (Hércules [Hercules, 1997]) y zonas poco representadas de Estados Unidos (Pocahontas [1995]). El imaginario construido en esta década sigue estando vigente –al grado de haberse anunciado recientemente una serie de remakes live action de muchas de estas cintas que ya se están produciendo. Las nuevas princesas tan aclamadas hoy como Mérida y Valiente no habrían sido posibles sin personajes como Bella –lectora, independiente y proactiva–, Pocahontas –con su conciencia ecológica de la América preoccidental– o Mulán –la primera que realmente tomó las riendas de su destino y se convirtió en la heroína de su propia historia. A pesar de las múltiples críticas que ha recibido la compañía, los 90 significaron una clara evolución y fortalecimiento del estilo Disney.

 

Bajos instintos (Basic Instinct, Paul Verhoeven, 1992)

Bajos instintos oscila, bajo la influencia de Hitchcock y su magistral ejecución en lo que se refiere al suspense, entre el amor y el crimen. La tensión del thriller se dosifica con un erotismo explícito y polémico para la época, que devela personajes moralmente ambiguos, dejando de lado la visión maniqueísta de caracteres que se van por el blanco o el negro. Nick Curran (Michael Douglas) un policía con antecedentes de alcoholismo y drogas, es asignado a la investigación del asesinato de Johnny Boz. Curran termina envuelto en un romance con la principal sospechosa Catherine Tramell (Sharon Stone), una escritora seductora que narra en uno de sus libros un asesinato idéntico. A medida que los crímenes aumentan el policía y el espectador se convencerán de la culpabilidad de unos y la inocencia de otros, cayendo en un juego calculado y sugestivo. No obstante, haciendo uso de los recursos del buen suspense, la respuesta del rompecabezas nos es susurrada en un solo fotograma. Otra obra mayor del periodo estadounidense de Paul Verhoeven, quien hizo una crítica explícita y con varios niveles de profundidad a los valores de esa sociedad sin nunca alejarse del público.

 

Parque Jurásico (Jurassic Park, Steven Spielberg, 1993)

Desde mediados de los 80, el cine ya mostraba un interés por las criaturas extrañas o a gran escala construidas por medio de procesos digitales, para insertarlas después, por medio de fotogramas en película fílmica. Steven Spielbierg se unió a esta tendencia adaptando la novela homónima de Michael Crichton para convertirla en un largometraje de suspenso y acción, la primera de una franquicia que incluye tres películas más. En la cinta, un parque ubicado en la isla Nublar está por inaugurarse para mostrar su principal atracción: auténticos dinosaurios del periodo jurásico que fueron clonados genéticamente a partir de material fósil encontrado en mosquitos prehistóricos; sin embargo, el peligro que conlleva su cautiverio es advertido por los investigadores Alan Grant (Sam Neill) y Ellie Sattler (Laura Dern). Una vez que el largometraje fue estrenado, la crítica y la audiencia aclamaron los efectos audiovisuales, sobre todo al emplear reptiles prehistóricos animatrónicos de tamaño real construidos por el equipo de Stan Winston; mientras que el sonido fue digitalizado con DTS, otra novedad impactante.

 

Hechizo del tiempo (Groundhog Day, Harold Ramis, 1993)

Esta película logra un balance excepcional: es una cinta profunda e inteligente mientras se mantiene cómica, accesible y comercial. Su éxito ha suscitado una interminable cantidad de referencias a su trama, por demás conocida: Phil (Bill Murray) es un meteorólogo que, cuando va con su equipo a cubrir el suceso anual en que una marmota ayuda a predecir el clima, queda misteriosamente atrapado en el mismo día y condenado a repetirlo una y otra vez. El guión es brillantemente entretenido al grado de no volver monótono el recurso de la repetición y dibujar sutilmente la transformación y aprendizaje gradual del personaje. Es una cinta muy innovadora con un trasfondo filosófico que se vuelve especialmente impactante cuando Phil pregunta en voz alta qué se debe hacer cuando uno se siente atrapado en el mismo lugar y nada de lo que uno hace importa, un cuestionamiento que a todos nos ha alcanzado en algún momento.

 

Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994)

Forrest Gump es una de las películas más celebradas, tanto por el público como por la crítica, del cine estadounidense. Está basada en la novela de Winston Groom, que sigue la historia de un hombre con un leve retraso mental que se convierte en testigo de algunos de los momentos clave en la historia reciente de su país. Mientras recapitula los eventos en su vida, siempre permanece presente la figura de Jenny, el gran amor de su infancia –quien vive una historia paralela que la lleva a una decadencia inminente. El inesperado éxito de esta película puede adjudicarse a un correcto equilibrio de varios elementos: la nostalgia por los viejos tiempos, el tono cómico, los guiños a la cultura pop, la musicalización de acuerdo a cada temporada, los efectos especiales y las conmovedoras actuaciones. Es una gran –dura tres horas– y entretenida reflexión sobre la casualidad, la bondad, el amor y el cinismo en la cultura capitalista.

 

El perfecto asesino (Léon: The Professional, Luc Besson, 1994)

Escrito y dirigido por Besson, este drama policiaco cuenta la historia del solitario Léon (Jean Reno), asesino a sueldo que se ve involucrado en un conflicto cuando le salva la vida a Mathilda (Natalie Portman), una niña que sobrevivió a la masacre de su familia por un ajuste de cuentas encabezado por Norman Stansfield (Gary Oldman), el corrupto agente antinarcótico del Departamento de Policía de Nueva York. Aunque al principio la relación de Mathilda y Léon resulta distante, con el tiempo va adquiriendo matices más nobles, cuando la pequeña se enamora de él al mirarlo como un mentor que puede enseñarle su oficio para vengar la muerte de su hermano menor. Al abordar temas como el amor y el asesinato a conciencia, esta película puede recordar otro filme anterior del director, Nikita (1990), sólo que esta vez la protagonista es más joven y la perspectiva del asesino tiene un enfoque más humano.

 

Toy Story (Pixar, 1995)

En una época en la que Disney parecía estar logrando con mucho trabajo retomar su éxito histórico, después de una serie de películas demasiado extrañas para ser populares, una compañía nueva, Pixar, con animaciones por computadora y con “volumen” encontró un momento perfecto para hacerse de un fragmento del nicho de mercado familiar. Su película de lanzamiento es Toy StoryI, donde un vaquero de estopa y hule es suplantado por un astronauta de plástico y circuitos como el juguete favorito de Andy. La película es metarreferencial pero fácil de ver, profunda pero divertida, sarcástica pero enternecedora, y aborda asuntos muy complejos sobre el paso del tiempo, que en su capa exterior parecen sencillos. Aquí comenzó una nueva época en el cine familiar internacional, cuyos frutos son demasiado conocidos como para que haya necesidad de enlistarlos.

 

Corazón valiente (Braveheart, Mel Gibson, 1995)

Producida, dirigida y protagonizada por Mel Gibson, esta cinta épica narra la vida de William Walllace, el héroe nacional que participó en la primera guerra de independencia de Escocia durante el siglo XIV. En la trama, Wallace lidera una revuelta popular contra el rey Eduardo I (Patrick McGoohan) para conseguir la liberación del yugo inglés luego de que su amada es asesinada por soldados que intentaron violarla al reclamar el derecho de pernada. Aunque el argumento tiene algunas imprecisiones históricas, la cinta no sólo destacó por crear un nuevo modo de contar las batallas medievales en las superproducciones –Game of Thrones (David Benioff y D. B. Weiss, 2011 a la fecha), por ejemplo, le debe mucho a Gibson–, sino también por la aclamada composición de la banda sonora de James Horner –quien también colaboró en Titanic (James Cameron, 1997)–, pues su mezcla de gran partitura hollywoodense con instrumentación celta dio en el clavo de un patriotismo que, si atendemos a la política del presente, sigue teniendo mucha vigencia.

 

El abogado del diablo (The Devil’s Advocate, Taylor Hackford, 1997)

El abogado del diablo explora el argumento eterno del bien y el mal, presentando al diablo como una figura que se adapta a la modernidad y a la nueva concepción del pecado en un mundo regido por el dinero. El cinismo del demonio encarnado en John Milton (Al Pacino) el dueño de un prestigioso bufete de abogados en Nueva York, lo lleva a contratar a Kevin Lomax (Keanu Reeves) un ambicioso abogado que nunca ha perdido un caso, ofreciéndole tácitamente todo el poder y el dinero a cambio de su consciencia. Tras una simbólica y progresiva caída al pecado, Lomax llega al infierno. Este mítico lugar se presenta como la oficina opulenta de Milton donde –en un guiño a El paraíso perdido (John Milton, 1667) – justifica la debilidad del hombre y alude al libre albedrío en el que Kevin ha elegido la tentación. Finalmente el diablo espera de su abogado una última decisión en la que deberá elegir entre la vanidad o la exención de sus pecados. Y bueno, pues se trata de Hollywood y hasta el Diablo es bueno.

 

Mente indomable (Good Will Hunting, Gus Van Sant, 1997)

Para mantener su libertad condicional, Will, un joven resentido con el mundo y de una inteligencia inaudita, accede a estudiar matemática avanzada y frecuentar a un terapeuta. Sean, que perdió recientemente a su esposa, busca ganarse su confianza y convertirse en el guía de un viaje interior de reconocimiento propio. La belleza del film es progresiva puesto que con cada secuencia las diferencias de ambos personajes se van diluyendo hasta dejar a la vista sólo aquello que los une: la soledad. Uno está incapacitado para amar, el otro que ha experimentado a cabalidad lo que es el amor y la pérdida y busca enseñarle el valor de la experiencia. Mente indomable es un filme sobre la aceptación, no sólo del pasado sino del fracaso y del destino, uno que a veces actúa como una marca de hierro imborrable.

 

Titanic (James Cameron, 1997)

Esta película no sólo fue uno de los más grandes éxitos comerciales de la década, sino que también exploró las posibilidades de los efectos visuales para relatar la historia de amor entre Jack Dawson (Leonardo DiCaprio) y Rose DeWitt (Kate Winslet), justo antes de que el lujoso trasatlántico en el que se conocieron se hunde al chocar contra un iceberg. Para realizar el rodaje, James Cameron se enfrascó en una exhaustiva investigación documental, fue así como logró crear una superproducción ambiciosa que cuidó con detalle el diseño original del histórico “barco de los sueños”, proyecto que innovó en las escenas submarinas al incorporar efectos especiales de Digital Domain, empresa de animación de la cual el director es uno de los fundadores. Por su parte, la banda sonora compuesta por James Horner consolidó el éxito del largometraje dando mayor énfasis al drama épico del hundimiento más famoso del siglo XX.

 

El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999)

Más allá de la película misma, lo interesante de El proyecto de la bruja de Blair es todo el fenómeno que se desencadenó alrededor. Desde el parteaguas que implicó su uso de las cámaras digitales hasta la campaña publicitaria que, de manera innovadora en ese entonces, usó tanto el internet como los medios tradicionales como plataforma, convirtiéndose en uno de los primeros casos de contenido viral. Por otro lado, también se trata de una de las películas indie más exitosas en la historia de Estados Unidos ya que, con poco equipo, una iluminación prácticamente nula y un guión que dejaba lugar para improvisaciones convirtió su bajo presupuesto en todo un éxito taquillero. La premisa es simple: unos estudiantes de cine se dedican a investigar una leyenda para hacer un documental hasta que les comienzan a suceder cosas terroríficas. Esta película inauguró la tendencia de hacer pasar material ficticio por pietaje hallado, cuyo impacto en el público se intensifica al desdibujar la frontera entre el terror representado y la vida frente a la pantalla.

 

Matrix (The Matrix, Andy y Larry Wachowski, 1999)

En 1999 Matrix marcó un hito en cuanto se refiere a efectos especiales, pero decir que eso es lo principal sería no solo disminuir su calidad narrativa sino reforzar el estereotipo de la vacuidad de la ciencia ficción. Este film pensado desde lo técnico y lo filosófico se convierte en una reflexión sobre lo real y lo virtual, de manera que valoriza el género y reafirma su capacidad de crear subtextos de contenido social, filosófico, religioso y moral. A través de Neo un hacker informático que descubre que vive en una simulación virtual llamada Matrix, programada por máquinas inteligentes que utilizan al hombre como fuente de energía, se plantea el conflicto de la existencia de lo real y se critica la inmersión total del hombre en el sistema social, haciendo una transposición del mito de la caverna de Platón. Neo realiza este viaje desde lo profundo de la caverna hasta la salida y con él nosotros, encontrando dentro de su universo ficticio analogías severas a nuestro estilo de vida. Con los años, además, la película y su saga han probado ser de una complejidad notable. Abundan los materiales que reflexionan sobre ella y con razón.

 

Star Wars (1999-2005)

El lanzamiento de las precuelas de La guerra de las galaxias desató opiniones encontradas. Por un lado, acercó el universo a una nueva generación que hoy sigue siéndole fiel; pero, por otro, transgredió un imaginario fervientemente defendido por toda una generación de fanáticos –por ejemplo, la desafortunada aparición de un Yoda, que parecía una imitación malograda del personaje, en Episodio I: La amenaza fantasma (Episode I: The Phantom Menace, George Lucas, 1999). El resultado fue muy extraño, ya que la fusión de aquel universo concebido en los años 70 con las tecnologías y efectos especiales de los 90 nunca acabó de funcionar. Es como si la animación por computadora hubiera devorado la calidez de las películas originales.  En lo que pareció un intento desesperado por conseguir el éxito comercial, la saga cometió muchas disonancias con el tono original, como la presencia de Jar Jar Binks y la melosidad de la relación entre Anakin y Padmé. La aparición de los midiclorianos quizá explique mejor que nada lo que sucedió. Esos entes le dan una explicación técnica-científica a la Fuerza, que tenía un carácter místico. Tal cual el trío de películas sucumbió a la tecnología y los efectos clausurando los misterios que había dejado abiertos por veinte años.

 

Una mente brillante (A Beautiful Mind, Ron Howard, 2001)

Preocupado por encontrar una verdadera aportación matemática, el extraño y solitario John Forbes Nash (Russell Crowe) llega a su máxima inspiración al proponer una teoría que redefine a la Economía moderna. Años más tarde, su prodigiosa habilidad para descifrar códigos lo lleva a participar en una operación secreta en plena Guerra Fría. Sin embargo, el futuro ganador del Premio Nobel debe enfrentarse a un reto mayor: descubrir que gran parte de sus recuerdos nunca existieron debido a que padece esquizofrenia. Basado en la novela homónima de Sylvia Nasar, este filme entreteje hábilmente su argumento con los síntomas que experimenta el protagonista al perder la percepción de la realidad y alejarse de su familia. Lejos de mirar la enfermedad como un factor ajeno, el director la convierte en un personaje más que motiva al matemático para encontrar un modelo lógico con el cual pueda vencerlo a través del amor y la voluntad.

 

Redacción: Mariana I. Miranda, Abel Muñoz Hénonin, Ana Laura Pérez Flores y Juanita Porras.
Agradecemos a César Albarrán Torres su asesoría y colaboración en esta serie.