Cine estadounidense de los 90 (2/3): Gra

Cine estadounidense de los 90 (2/3): Grandes películas

Por | 13 octubre 2017

Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, Stanley Kubrick, 1999)

En la vastedad del cine de Estados Unidos siempre quedan películas que vale la pena tomar en cuenta. Aquí dejamos una lista de cintas cercanas a lo autoral que sirve apenas para abrir búsquedas. Siguiendo nuestras reglas recientes queremos recordarles que hay películas que no aparecen porque sus directores ya fueron mencionados como autores fundamentales de Estados Unidos. Ése es el caso de Terrence Malick con La delgada línea roja (The Thin Red Line, 1998), por poner un ejemplo muy notable.

Hay dos películas sobre las que vale la pena detenernos… El mariachi y Los dueños de la calle, una realizada por un latino, la otra, por un negro. Su aparición en esta lista habla antes que nada de la falta de representación de estos grupos en el cine de Estados Unidos. También de la falta de espacios de acceso para los negros y los latinos a los pasillos del poder en Estados Unidos. Su aparición hace más evidente una carencia: no hay ninguna mujer entre los directores de la lista. No queríamos forzar la aparición de ninguna. Pero no podemos dejar de poner en evidencia que si faltan es porque aún en los 90 era muy difícil que las mujeres pudieran acceder la dirección tanto en el circuito mainstream como en el indie. Fuera de casos como los de Lois Weber y Kathryn Bigelow casi no hay nada.

El último punto notable a la distancia es la aparición de personajes homo y transexuales en el cine. Hablamos más de ello en el texto. Pero antes, solían tener sólo una aparición cómica o secundaria. A la distancia puede verse cómo aquí comenzó un cambio en los valores occidentales –no sólo estadounidenses– que era urgente y que hoy sigue presentando retos importantes.

 

Sexo, mentiras y video (Sex, Lies, and Videotape, Steven Soderbergh, 1989)

Esta película no sólo logró el éxito comercial y de la crítica, también se convirtió en el primer referente de calidad con un rodaje independiente. Al elevar el nivel de las cintas con bajo presupuesto, el argumento realizado por Soderbergh permitió ampliar la distribución de este tipo de largometrajes a través de la empresa Miramax Films. En la historia, el director explora de forma cruda temas como el sexo, la infidelidad y el voyeurismo a través de John (Peter Gallagher) y Ann (Andie MacDowell), un matrimonio en decadencia que se envuelve en un juego mutuo de liberación sexual, represión de los deseos y vacíos personales. Al mismo tiempo, la cinta reflexiona sobre el papel de la cámara de video como aquel elemento de la vida moderna capaz de registrar y desnudar la frágil intimidad de la pareja.

 

La sociedad de los poetas muertos (Dead Poets Society, Peter Weir, 1989)

«¡Oh, capitán! ¡Mi capitán!» Dos líneas escritas por Walt Whitman condensan todo el simbolismo y emotividad de La sociedad de los poetas muertos. El capitán que insta hacia la libertad es un profesor de literatura que con sus métodos transgresores de enseñanza –opuestos a toda regla o imposición– conduce a sus estudiantes a replantearse los modos de represión a los que individualmente se enfrentan y encontrar en la poesía no sólo un aliciente frente a ese mundo regido por el orden y el prejuicio –representado por el colegio de élite y de corte conservador donde ocurre la cinta–, sino un medio de expresión y liberación.

 

El silencio de los inocentes (The Silence of the Lambs, Jonathan Demme, 1991)

Esta película es uno de los grandes logros del cine de terror estadounidense. Sigue la historia de Clarice Starling (Jodie Foster), una estudiante de la academia del FBI a quien se le encarga la investigación de un asesino llamado Buffalo Bill que les quita la piel a sus víctimas. El caso la lleva a interrogar al caníbal Hannibal Lecter (Anthony Hopkins), dando pie a una extraña pero fascinante relación entre ellos dos. Se trata de dos personajes que se encuentran desde sus diferencias, lo que permite explorar la faceta humana de Hannibal. Al retarlo intelectualmente Clarice le muestra un respeto que ha perdido al estar enclaustrado en una celda de seguridad dentro de un manicomio. Esta película se sostiene en gran parte por las actuaciones de sus dos protagonistas, seres incomprendidos que se encuentran fuera de la norma, y por una puesta en escena sutil donde los detalles se van develando de manera que se mantiene una tensión constante y muy efectiva.

 

Los dueños de la calle (Boyz n the Hood, John Singleton, 1991)

Cuando un profesor del dice a la madre de Tre (Cuba Gooding, Jr.) que su hijo tiene una inteligencia excepcional, pero una impulsividad desbocada, ella decide mandarlo a vivir con su padre, Furious (Laurence Fishburne), a otro barrio de Los Ángeles para que adquiera disciplina. Años después, cuando Tre está por entrar a la universidad y su mejor amigo muere en una guerra de pandillas, se siente tentado a vengar su muerte y tiene la Magnum de su padre a mano… Boyz n the Hood retrata como pocas películas la separación real, aunque ocultada, entre el Estados Unidos de los negros y el de los blancos dominantes. Las relaciones entre uno y otro mundo son tensas, mientras que el estancamiento social tiene a muchos negros al borde de optar por la ilegalidad. La figura del policía blanco que en dos momentos históricos diferentes somete primero a Furious y luego a Tre, sigue vigente en el flujo incontable de imágenes de denuncia que han recorrido el mundo después de Ferguson. Al parecer esta es una de las llagas incurables de la historia de ese país.

 

El río de la vida (A River Runs Through It, Robert Redford, 1992)

Norman Maclean (Craig Sheffer) narra la historia de la fraternidad que nace practicando la pesca con mosca a orillas del río Blackfoot, un oficio que aprendió de su padre junto a su hermano Paul (Brad Pitt). Ese río donde confluyen todas las cosas se convierte en la metáfora perfecta para hablar sobre su vida y, especialmente, sobre la presencia de su hermano en ella. Paul, periodista y aficionado a la pesca, es a la vez un jugador empedernido y endeudado que pone en peligro su vida. Norman, consciente de sus vicios, intenta ayudarlo. Con el pasar de los años y la ausencia de su hermano entenderá lo que significa el amor: un sentimiento que predomina sobre todas las cosas, incluso sobre el entendimiento. A River Runs Through it expone un amor fraternal tan genuino que no permite que permanezca el recuerdo de los defectos sino el de las virtudes, es por esto que Norman sólo puede recordar a su hermano como un buen pescador.

 

El mariachi (Robert Rodriguez, 1992)

Éste, el primer largometraje de Robert Rodriguez, en el cual se encargó también de guion, fotografía y edición, significó la incursión definitiva del realizador en un cine muy particular. Con un presupuesto bajísimo que él mismo reunió, este western es una película sencilla con grandes alcances. La anécdota es muy básica: El Mariachi (Carlos M. Gallardo), sólo quiere llevar una vida sencilla, pero al llegar a un pueblo es confundido con un asesino y perseguido en su lugar. Esta película muestra el estilo gráficamente violento que más tarde se volvió característico en la obra de Rodriguez. Es una cinta entretenida sostenida por personajes arquetípicos y clichés del western con un tono sumamente cómico e incluso paródico. Al mismo tiempo tiene una dimensión política muy visible: es una película estadounidense completamente hablada en español, por momentos muy mal español, un español que persiste como sustrato identitario entre los texanos viejos, de cultura mexicana, a los que la frontera separó del resto, como pasó también en los antiguos territorios de Nuevo México y California.

 

Teniente corrupto (Bad Lieutenant, Abel Ferrara, 1992)

En una de sus mejores actuaciones, Harvey Keitel interpreta a un policía neoyorkino en plena decadencia. El personaje sin nombre es una encarnación de la corrupción de las figuras de poder. El teniente sin nombre se droga, bebe de más, usa su poder para conseguir favores sexuales, apuesta… y usa su uniforme para salir impune. Pero un caso mueve todas sus fibras sensibles: una monja violada perdona a quienes abusaron de ella totalmente convencida de su decisión. El cristianismo íntegro de esta mujer lo confronta con su doblez… En Teniente corrupto Abel Ferrara, con un guion escrito en colaboración con Zoë Lund, creó uno de los más escalofriantes y profundos relatos de la tensión entre obrar mal, sentirse culpable y querer salir del atolladero sin conseguirlo.

 

Un día de furia (Falling Down, Joel Schumacher, 1993)

El carácter de la violencia norteamericana se manifiesta en toda su magnitud y diversidad en Un día de furia. Este film nos habla de la violencia germinante en el hombre promedio de clase media, divorciado y desempleado; una mente perturbada por las relaciones depredadoras y desiguales que termina desatándose en un día de furia. Aunque el modo de proceder –la violencia física y verbal- es injustificable, su crítica sobre el sistema de vida norteamericano es certera. Del otro lado encontramos al policía justiciero a punto de jubilarse, que enfrentado constantemente a esa visión oscura y caótica de la sociedad considera la violencia como último recurso, es el hombre que actúa de modo ejemplar. Con estos carácteres contradictorios la película juega en un principio el papel de comedia, una comedia sobre la desigualdad y la agresión normalizada; pero con cada dosis de violencia se transforma en una tragedia sobre la pérdida, una pérdida social del carácter humano y una individual de control sobre nosotros mismos.

 

Filadelfia (Philadelphia, Jonathan Demme, 1993)

Después de que el activismo homosexual estalló en Estados Unidos y la propagación del VIH azotó con una ola mortal a la generación de los 80, la cinematografía de la siguiente década comenzó a preocuparse por una epidemia aun más grande que el sida: la discriminación hacia la comunidad gay. Filadelfia es más que un largometraje sobre el juicio legal que inicia el destacado abogado Andrew Beckett (Tom Hanks), debido al despido injustificado que sufre una vez que sus compañeros conocen su orientación sexual y su condición como seropositivo. Este filme representa una reflexión sobre la defensa de la dignidad humana y el respeto a la privacidad, donde el abogado defensor del protagonista, Joe Miller (Denzel Washington), pone en entredicho las contradicciones morales de una sociedad homofóbica. Si bien el juicio ocupa gran parte de la cinta, el director también enfatiza un sólido libreto para sensibilizar la etapa terminal de Andrew.

 

12 monos (12 Monkeys, Terry Gilliam, 1995)

Terry Gilliam tomó un riesgo enorme con 12 monos: se apropió de una obra mayor del cine, La jetée (1962), de Chris Marker, para a partir de ella realizar algo nuevo. Algunas características de la original están ahí: el hombre que viaja al pasado y entiende que de niño presenció su propia muerte, los animales, los sobrevivientes de un desastre global viviendo en el subsuelo… Pero al dotar a la película de su propia desmesura Gilliam consiguió un trabajo de ciencia ficción notable, que forma parte del mejor momento de su regreso a Estados Unidos.

 

Fuego contra fuego (Heat, Michael Mann, 1995)

Este thriller sobre policías y ladrones no sólo llamó la atención de la audiencia al convertirse en un referente de adrenalina durante las escenas de acción y persecución por las calles de Los Ángeles; el rodaje también destacó al juntar a dos íconos de la década: Al Pacino y Robert De Niro, quienes interpretan al teniente Vincent Hanna y el exconvicto Neil McCauley, respectivamente. Ambos personajes representan las dos caras de la ley, un duelo constante entre el crimen y la justicia, pero desde una mirada más cercana a la personalidad de cada uno. Así, el último robo millonario del criminal es el pretexto para que juntos descubran la lucha personal que ambos comparten en medio de fracasos personales y reflexiones sobre sus verdaderos objetivos en la vida.

 

The Truman Show: Historia de una vida (The Truman Show, Peter Weir, 1998)

Esta película es una reflexión muy poderosa sobre lo real, la comunicación y el show business. Truman Burbank (Jim Carrey) vive una vida que parece demasiado perfecta hasta que comienza a cuestionarse sobre ella: se trata de un megaproyecto televisivo en donde todo lo que le rodea es una puesta en escena, siendo él el único que no está enterado de esto. Es una crítica desconcertante a la artificialidad del entretenimiento y los alcances de la tecnología, algo que se ha vuelto mucho más inquietante desde la popularización de los reality shows.

 

Historia americana X (American HIstory X, Tony Kaye, 1998)

Danny Vinyard (Edward Furlong) admira más que nada y a nadie a su hermano Derek (Edward Norton), un neonazi. Su filiación lo lleva a presentar Mi lucha, de Adolf Hitler, en la clase de Historia de Estados Unidos que imparte un maestro judío. El director de la escuela (Avery Brooks) en vez de expulsarlo decide darle la clase en su propia oficina. Tony Kaye consiguió que la película, fotografiada en blanco y negro, enfatizara la crudeza de la banalidad del mal y la necedad que sustenta los discursos supremacistas: relatos que se muerden la cola sin sustento más que en su propia tautología y en la fe de sus seguidores. Una reflexión que parecía fuera de lugar hace veinte años ha adquirido dolorosa vigencia en presente.

 

Belleza americana (American Beauty, Sam Mendes, 1999)

Belleza americana sigue la historia de un hombre que sufre una crisis de la mediana edad para ejercer una crítica muy ruda de la clase media norteamericana. Lester (Kevin Spacey) es un hombre que parece adormecido, su vida marital y familiar son tibiamente disfuncionales y su trabajo no lo satisface, hasta que el deseo por una compañera joven de su hija lo hace despertar y detonar un cambio. Por controvertido que sea el motivo, sólo funciona como un vehículo para explorar temas como la madurez, el poder, la belleza, y ante todo la soledad: es una exploración de los deseos ocultos en una sociedad que intenta, a toda costa, parecer funcional. Además, esta película plantea un imaginario de una belleza poco común en el cine estadounidense, siempre tan funcional.

 

Ojos bien cerrados (Eyes Wide Shut, Stanley Kubrick, 1999)

La última película de Kubrick es una pieza autoral indudable: la impecable composición de la imagen y el manejo de las luces, la acertada acentuación musical y el constante planteamiento de enigmas que no necesitan ser realmente resueltos son rasgos estilísticos del director. Es la historia de un hombre que, tras discutir con su esposa, decide salir a explorar sus deseos reprimidos, lo que suscitará varios encuentros con personajes muy particulares, una serie de viñetas que se entrelazan donde el factor común es la tensión sexual. Esta aventura emprendida por William Harford (Tom Cruise) desemboca en una de las secuencias más memorables de la filmografía de Kubrick: la fiesta-orgía de las máscaras, donde el ambiente y el movimiento de estos seres enmascarados –que se asemeja a una coreografía perfectamente coordinada– tiene un resultado oníricamente perturbador. Un punto final muy digno para su obra.

 

Redacción: Mariana I. Miranda, Abel Muñoz Hénonin, Ana Laura Pérez Flores y Juanita Porras.

Agradecemos a César Albarrán Torres su asesoría y colaboración en esta serie.