Cine estadounidense de los 80 (1/3): Aut

Cine estadounidense de los 80 (1/3): Autores

Por | 23 junio 2017

 Terciopelo azul (Blue Velvet, David Lynch, 1986)

El canon dice que los ochenta fueron una década perdida, o casi, para el cine de Estados Unidos. Pero si uno revisa bien, encontrará que la potencia de este cine nunca dejó de existir. Woody Allen y Martin Scorsese hicieron algunas de sus obras mayores en el periodo –no los repetimos porque les dimos un papel preponderante en nuestro texto equivalente sobre los 70– y Stanley Kubrick regresó a Estados Unidos. Pero también aparecieron o se consolidaron los hermanos Coen, David Lynch y Jim Jarmusch, figuras indies que hoy siguen siendo muy relevantes.

Si bien estos autores bastan y sobran para tener en alta estima el cine del norte del Río Bravo, aparecieron una serie de autores que en la estela de Steven Spielberg reaccionaron contra el intelectualismo europeizante de los autores de la década anterior y optaron por lo popular en un proceso dialéctico. Leído desde esta lógica antitética el fenómeno fílmico adquiere una dimensión más compleja.

Como en la mayor parte de nuestros ejercicios históricos nos salimos de las décadas estrictas para marcar épocas unidas por algún flujo estilístico o algún proceso social, político y/o económico.

 

Tim Burton

Beetlejuice, el súper fantasma (Beetlejuice, 1988)

La filmografía de Tim Burton se caracteriza por crear mundos fantásticos de estilo gótico, pero cuya rareza es rentable para la escena comercial de Hollywood. Su primer proyecto cinematográfico fue Vincent (1982), cortometraje realizado para Disney, que cuenta la historia de un niño que idolatra a Vincent Price, el actor del cine clásico de horror, que además presta la voz para la narración. Después creó Frankenweenie (1984), otro cortometraje que retoma la historia de Víctor Frankenstein en la versión de un niño que quiere revivir a su mascota en el ático de su casa. Aunque ambas cintas ganaron reconocimientos, los bocetos tétricos del realizador no coincidían con la visión optimista de Disney, así que se separó de los estudios. Su primer largometraje, La gran aventura de Pee-wee (Pee-Wee’s Big Adventure, 1985) fue un fracaso, por ello fue más notorio el éxito inesperado de Beetlejuice, el súper fantasma (Beetlejuice, 1988), una comedia de humor negro sobre un espectro pícaro y desaliñado (Michael Keaton) que ayuda a los espíritus de Adam y Bárbara para deshacerse de los nuevos compradores que quieren alojarse en vida dentro de su casa.

Gracias al éxito de esta película, los estudios Warner le propusieron a Tim Burton hacer la adaptación de Batman (1989), uno de los lanzamientos más taquilleros de ese año. La historia se basa en las primeras apariciones del personaje en Ciudad Gótica. El director fue aplaudido por la atmósfera nocturna que impregnó en la estética de la cinta. Probablemente, la coherencia narrativa no es el punto más fuerte de sus películas; pero destacan otros elementos como el diseño visual de los escenarios, maquillajes extravagantes y creativos, así como personajes complejos, cuyos protagonistas suelen ser héroes solitarios rechazados por la sociedad.

 

James Cameron

Terminator (1984)

James Cameron es una figura extraña. Por un lado parece ser un cineasta de manual: guiones perfectos para películas perfectas y divertidas. Debió ser por ello que en los ochenta se convirtió en una opción obvia para segundas y terceras versiones de películas ya fuera como guionista (Rambo II, George P. Cosmatos, 1985) o como director (Aliens, 1986). Garantizaba la neutralidad del cine industrial no autoral. Y aun así, cuando uno revisa las mejores películas de su primer periodo las cosas se ven distintas. Hagamos el recuento: Terminator (1984), la ya mencionada Aliens, El abismo (The Abyss, 1989), Terminator 2: El juicio final (Terminator 2: Judgement Day, 1991) y la absoluta genialidad de Mentiras verdaderas (True Lies, 1994). Su ciencia ficción centrada en el enfrentamiento explícito del bien contra el mal tienen un toque macabro y otro toque complejo, al tiempo que son obras pop perfectamente logradas. Cameron, al reunir en el legado de Tiburón (Jaws, Steven Spielberg, 1975) con la moralidad del wéstern fue, en cierto modo, el continuador de una vía narrativa que Spielberg dejó de lado. Aunque las dos películas de los noventa que aparecen aquí encajan con las demás cintas mencionadas, exigen tratarse por separado. Lo haremos en otro momento.

 

John Carpenter  

Rescate en el barrio chino (Big Trouble in Little China, 1986)

Después del éxito de Halloween (1978), John Carpenter encontró el apoyo necesario para disponer de grandes presupuestos, así como mantener en gran medida su libertad autoral. En 1980, estrenó La niebla (The Fog, 1980), una cinta de fantasmas donde hace un uso impecable de la imagen para abordar la culpa y la venganza. Con Escape from New York (1981) logró construir un impactante futuro distópico donde la falta de libertad se convierte en una crítica de la sociedad estadounidense, su corrupción y su violencia. La cosa del otro mundo (The Thing, 1982), una de sus películas más reconocidas, que usa a un extraterrestre que invade otros cuerpos se ha leído como metáfora del SIDA y se convirtió en un retrato memorable de la paranoia estadounidense. En esta cinta, uno de sus mayores logros técnicos, su uso de los efectos especiales y los recursos plásticos para plantear el horror dialoga con los amplios escenarios de la Antártida (explotando al máximo las posibilidades del widescreen) resultando en un relato inquietante que, a pesar de no haber sido bien recibido por el público en su tiempo, hoy se ha convertido en uno de los momentos más aclamados y muestra innegable de sus alcances como cineasta. Tras un par de éxitos taquilleros (Christine [1983] y Starman, el hombre de las estrellas  [Starman, 1984]), volvió a arriesgarse formalmente en Rescate en el barrio chino (Big Trouble in Little China, 1986), donde se apropió de recursos de distintos géneros como el terror y el wéstern para presentar una historia protagonizada por un héroe americano completamente atípico para la época (débil y torpe, básicamente) interpretado por Kurt Rusell, que intenta salvar a una mujer y se adentra en un mundo tenebroso e incomprensible. Hacia el final de la década, realizó uno de sus trabajos más complejos, El príncipe de las tinieblas (Prince of Darkness, 1987), una historia que cuestiona la fe a través de un sacerdote que se alía con estudiantes de física para mantener encerrado a Satanás. Finalmente, desencantado por el funcionamiento de Hollywood y la obstrucción creativa por parte de los productores que privilegiaban la taquilla ante todo, Carpenter decidió regresar a sus raíces indies para realizar Sobreviven (They Live, 1988), una fascinante cinta de ciencia ficción que aborda la diferencia de clases y la manipulación de las clases bajas a favor de los intereses de aquellos en el poder, que no ven más allá de lo que conocen. Es una cinta sobre la libertad, la comunicación y las jerarquías sociales. En esta década prolífica, Carpenter se consolidó como un realizador con una obra consistente tanto temática como visualmente, demostrando una gran habilidad para apropiarse de los recursos de los distintos géneros cinematográficos y orquestarlos de tal manera que se anclaron en la realidad estadounidense de manera crítica.

 

Los hermanos Coen

Simplemente sangre (Blood Simple, 1984)

El inconfundible estilo de Ethan y Joel Coen se remonta a esta época. Con Joel acreditado como director, Ethan como productor y ambos como guionistas, en realidad su obra es un resultado de la articulación de ambas miradas. Su opera prima, Simplemente sangre (Blood Simple, 1984) es la historia del dueño de un bar (Dan Hedaya) que descubre la infidelidad de su esposa (Frances McDormand) con el barman (John Getz). A partir de esto se desarrolla una historia que combina elementos de film noir con el característico humor negro de los hermanos: una historia de culpa y paranoia que, además, tiene momentos hilarantes. La gran fortaleza de éste y muchos de sus trabajos posteriores es un guión meticulosamente trabajado donde los eventos se van hilvanando hasta lograr un relato fuerte y conciso. Su segunda película del periodo, Educando a Arizona (Raising Arizona, 1987) es un poco menos impactante que su debut, pero también tiene sus méritos. Narra la historia de una pareja conformada por un exconvicto y la mujer que le tomaba las fotografías cada que lo detenían (Nicholas Cage y Holly Hunter) quienes, al no poder tener hijos ni permitírseles adoptar, deciden secuestrar a un bebé de una familia que ya tiene demasiados. Nuevamente, una historia que aborda temas controvertidos relacionados con la sociedad y la moral estadounidenses desde una óptica irreverente y humorística.

 

Wes Craven

Obsesión fatal (Deadly Friend, 1986)

Wes Craven fue, en realidad, un director de sensaciones. Su nombre urge a hacer mención de la franquicia de Pesadilla en la calle del infierno (A Nightmare on Elm Street, 1984-89). Freddy Krueger, el famoso antagonista de la saga se presenta dentro de un mundo lleno de humo y rojos intensos que inmediatamente nos acaloran, al tiempo que, a través del sonido nos aturdimos al escuchar el chirrido de sus garras metálicas contra el sinnúmero de tuberías de ese mundo de pesadillas industriales, que no parece ser más que un reflejo del futuro más terrible para una sociedad cada vez más inmersa en lo que viene, como bien lo detallaría en otro género Ridley Scott con la película por excelencia de los la década, Blade Runner (1982). La cosa del pantano (Swamp Thing, 1982) y el slasher Obsesión fatal (Deadly Friend, 1986), se suman a este cine que cuestiona los métodos que viene arrastrando la industria de décadas anteriores, para renovar la realidad presentada dentro de una estética que se hace dueña del espectáculo bajo sus propias reglas. Wes Craven, como dijo José Luis Ortega Torres, buscaba sólo generar terror y en esa búsqueda consiguió renovar el género varias veces y presentarse como el paradigma de este tipo de cine leyendo a las generaciones jóvenes y regalándoles el espejo de su pesadilla.

 

Jim Jarmusch

Más extraño que el paraíso (Stranger Than Paradise, 1984)

Jim Jarmusch, desde sus inicios, ha sido un cineasta de lo cotidiano. Esto comenzó a manifestarse desde su proyecto de egreso de NYU, Permanent Vacation (1980), la historia de un joven que deambula por Manhattan e interactúa efímeramente con una variedad de personajes: el protagonista camina sin un rumbo definido y descubre cosas sobre sí mismo sin necesidad de aspavientos dramáticos ni giros argumentales radicales. Su siguiente cinta, posiblemente uno de sus trabajos mejor logrados, Más extraño que el paraíso (Stranger Than Paradise, 1984) sigue esta línea: tres jóvenes emprenden un road trip sin un objetivo definido mientras se encuentran con viñetas de un sueño americano derrumbado. Bajo la ley (Down by Law, 1986) la historia de tres convictos que deciden escapar, también muestra una faceta del desencanto estadounidense con tintes de un humor sombrío que se ha vuelto un factor recurrente en las cintas de Jarmusch. Su última cinta del periodo, El tren del misterio (Mystery Train, 1989) cuenta tres historias aparentemente paralelas que suceden en un nada glamoroso hotel de Memphis. Haciendo caso omiso de la estructura dramática clásica, Jarmusch emplea el cine para observar a los outsiders y desde ellos criticar las convencionalidades, tanto del cine como de la sociedad, todo con austeridad, lo que lo ha convertido en uno de los cineastas indie más reconocidos de las últimas décadas. Jim Jarmusch logra convertir sus relatos de lo cotidiano en cintas memorables a través de una dirección enfocada en los actores y los personajes, que, como todos, viven en una continua búsqueda y movimiento, lo que otorga a sus tramas una profundidad psicológica inigualable.

 

Spike Lee

Haz lo correcto (Do the Right Thing, 1989)

La obra de Spike Lee muestra un claro interés por los movimientos de resistencia, la segregación racial, la supresión de la esclavitud negra, la reivindicación de la libertad y la dignidad afroamericana. Por ello, integra elementos documentales en sus películas, en las que participa con frecuencia como actor. Nola Darling (She’s Gotta Have It, 1986) es el comienzo de su trabajo fílmico, una comedia sobre una joven confundida por el trío de pretendientes que no desea perder. No obstante, la historia fue reconocida por plantear una liberación sexual femenina. Aulas Turbulentas (School Daze, 1988) plantea un enfrentamiento de posturas entre estudiantes afroamericanos que debaten sobre las aspiraciones y el estilo de vida que deben llevar los jóvenes de su comunidad. La visión conservadora de un grupo rivaliza con el activismo y la agitación de otro. De este modo Lee pone en evidencia que los negros no son una unidad sino un grupo humano tan complejo como cualquier otro. Un año después realizó quizá su obra maestra: Haz lo correcto (Do the Right Thing, 1989), una crítica hacia el odio interracial y la discriminación. En ella recrea la crónica que hace Mooki sobre los hechos cotidianos que ocurren en uno de los suburbios más humildes y violentos de Brooklyn. La historia enfrenta los prejuicios y las tensiones entre distintas comunidades durante un caluroso día de verano. Esta obra es polémica y estimulante,  porque además de su preocupación social recupera el dilema ético por excelencia, el que está en el título: ¿qué es en realidad lo correcto? 

 

David Lynch

El hombre elefante (The Elephant Man, 1980)

Los ochenta fueron la primera gran década de David Lynch, en la que se consagró con un cine donde lo irracional es la base de la coherencia. Lynch crea atmósferas misteriosas e inquietantes, en las cuales lo cotidiano se mezcla con lo onírico, reforzado por la inquietante colaboración musical con Angelo Badalamenti. En el periodo hizo dos películas excepcionales. La primera fue El hombre elefante (The Elephant Man, 1980), la historia de un hombre que se ve privado de la dignidad social por tener una enfermedad congénita que lo ha deformado. El argumento retoma las experiencias del londinese Joseph Merrick, el primer caso de elefantiasis registrado durante el siglo XIX. La fotografía en blanco y negro usa la belleza para resignificar el dolor humano. La segunda es Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986). En ella, una oreja mutilada es el estímulo de Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) para indagar un misterio que pronto se convertiría en una pesadilla siniestra. Aquí el director conjunta la perversidad, la violencia brutal, el sexo y los desórdenes mentales de una sociedad idealizada, pero nauseabunda. La crítica estadounidense aplaudió la cinta considerándola la mejor del año, pero además consolidó a Lynch con un sello que años posteriores reafirmaría: el contraste metafórico entre dos mundos, uno de ellos persiste en la normalidad y otro revela las intenciones y sueños más inquietantes.

 

Steven Spielberg

E.T., el extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982)

Steven Spielberg representa con más claridad que nadie el cambio radical que hubo en el cine de Hollywood como respuesta a los grandes directores-autores que lograron el cine excepcional que se produjo en Estados Unidos en los 1970. Como respuesta a los creadores artísticos e influidos por ideas europeas había que volver a hacer películas para el público común y corriente. La estrategia no sólo afincó los blockbusters como los conocemos sino que también estableció varios cánones fílmicos que siguen vigentes en el uso de la cámara, el planteamiento de situaciones, el estilo actoral, la música… Spielberg es la pieza clave en la conformación de este estilo y, en consecuencia, es uno de los cineastas más influyentes en la historia del medio. Y en los ochenta también refundó el cine como espacio para la fantasía, en plena conciencia del eslogan hollywoodense de “fábrica de sueños”. Con sólo nombrar sus obras más relevantes de la década queda clara su influencia. Son Los cazadores del arca perdida (Raiders of the Lost Ark, 1981), E.T., el extraterrestre (E.T. The Extraterrestrial, 1982) e Indiana Jones y el templo de la perdición (Indiana Jones and the Temple of Doom, 1984).

 

Paul Verhoeven

Robocop (1987)

Ahora queda muy claro que el paso de Paul Verhoeven, uno de los cineastas fundamentales de los Países Bajos, por Estados Unidos fue una declaración crítica. Abel Muñoz Hénonin, nuestro director, llama “Trilogía Plástica” a tres de sus trabajos fundamentales en Hollywood: Robocop (1987), El vengador del futuro (Total Recall, 1990) e Invasión (Starship Troopers, 1997), que si bien es muy tardía cierra el ciclo crítico. Las tres son películas de acción, donde se hace una crítica muy abierta tanto al capitalismo neón y evasor de los 80, como al sistema bélico estadounidense, basado en la creación de enemigos bien delimitados y la promesa de armas infalibles (soldados) para combatirlos. Robocop y los comandos que combaten a las arañas espaciales de Invasión son equivalentes en este sentido. De algún modo todo el ciclo remite a una idea de Noam Chomsky: si hay consumidores, hay ciudadanos disciplinados. Es precisamente en este sentido que Douglas Quaid (Arnold Schwarzenegger), el ciudadano que es perseguido por querer escapar de una realidad vacía de El vengador del futuro resulta la contraparte ideal de los personajes de las otras cintas. La trilogía además, está llena de detallitos que están ahí por joder: un anuncio neón la marca mexicana Peñafiel, soldados que son argentinos y tienen nombres en español y no en italiano aunque parezcan gringos… Y falsedad. Mucha falsedad plástica en las armaduras, el maquillaje, los escenarios… Tenía que ser un extranjero cultivado quien, encantado y risueño, hiciera el mejor retrato crítico de un periodo muy marcado en la vida estadounidense.

 

Agradecemos a César Albarrán Torres su asesoría y colaboración en esta serie.