Björk Digital

Björk Digital

Por | 13 de abril de 2017

¿Es posible representar el duelo? Tal vez sea necesario diseccionarlo en lugar de intentar abarcar su totalidad: Vulnicura (2015), el álbum más reciente de Björk, sigue una línea desde la muerte del amor hasta la sanación que parece más una serie de retratos que una narración, en una progresión de canciones comienza por la duda y culmina en la aceptación. Trascendiendo lo musical, la artista decidió también producir una serie de videos en realidad virtual –hasta ahora cinco– que llevan el dolor a una experiencia compartida con el espectador uno-a-uno. Ya no es sólo el sonido lo que nos envuelve, también la imagen lo hace.

Aquello que nos es desconocido sólo puede conceptualizarse proyectándolo en metáforas que remitan a nuestras experiencias básicas con el mundo[1] –lo físico, lo que experimentamos sensorialmente. Así, Björk ha usado su propio cuerpo como materia para metaforizar, entre otras maneras, estando presente en prácticamente toda su trayectoria de videos musicales: transitando, bailando o convirtiéndose ella misma en un espacio invadido por texturas, objetos y sustancias. No se trata simplemente de ilustraciones de las letras, sino de una exploración artística y corporal que usa la mirada del lente como vehículo –esto es claro en videos como “Pagan Poetry” (2001) o “Hidden Place (2001), donde el cuerpo se convierte en el principal espacio de transgresión más allá de lo narrativo. Hablamos de una artista que siempre ha sabido bien que su cuerpo es su principal herramienta –el peso de lo corpóreo en su obra no se queda en el plano visual, recordemos que Medúlla (2004) está ejecutado casi enteramente por voces humanas o que a lo largo de su carrera ha experimentado repetidamente con las posibilidades físicas de la voz– pero el paso que dio con Björk Digital estira los límites: por primera vez nos invita a dejar de ser espectadores convencionales frente a la pantalla y sumergirnos –ilusoriamente y hasta donde la tecnología lo permite– en su espacio metafórico e íntimo de dolor. Entramos en la herida.

Cada experiencia de realidad virtual responde a un momento de un proceso de duelo y nos lleva a zonas distintas. “Stonemilker” se sitúa en una playa de Islandia con una Björk que, conforme avanza la canción, se desdobla en varias: la vemos desde una cercanía que, al confrontarnos con la imagen, se vuelve invasiva. Del espacio abierto ahí recreado, pasamos a otro extremo: la boca de la artista, traducción bastante inmediata de “Mouth Mantra”, una implosión virtual[2] que nos lleva al interior del cuerpo donde vemos dientes, saliva, movimientos respiratorios, en contraposición con tomas externas en acercamientos extremos de su rostro. “Quicksand”, “Notget” y “Family” nos trasladan a escenarios etéreos que mutan con la música y son habitados por nuestra presencia virtual, alguna versión digitalizada de Björk y emisiones de luz-energía. El momento más inmersivo sucede en este último cuando, además de permitirnos manejar dichas emisiones con controles, el personaje digitalizado se acerca hasta ocupar la misma posición que el espectador: el punto de vista humano se fusiona con la mirada virtual que había permanecido externa hasta entonces.

Dejando los logros técnicos de lado, esta serie de experiencias –a veces claustrofóbicas, a veces vertiginosas– implican tanto un desprendimiento de la postura tradicional del espectador como una evolución de la exhibición-exploración visual del cuerpo que ha sido tan recurrente en la trayectoria de Björk. El símbolo de Vulnicura, una vagina –que ha aparecido en el video de realidad virtual de “Family”, en el traje que usa Björk en las imágenes oficiales del disco, en la portada física y la portada en movimiento– también muta: comienza como una herida abierta sobre un cuerpo que se vacía, se regenera y cierra sin desaparecer del todo, cicatriza como metaforización visual del duelo tras la muerte simbólica que implica una separación. Lo corpóreo y lo espiritual no son ajenos: el cuerpo, como portador de las ideas y las percepciones, también es portador del dolor. Esta herida encuentra su sanación en la reapropiación simbólica del cuerpo y el espacio que ese cuerpo habita.


[1] Cf. Torben Grodal, “Art Film, the Transient Body, and the Permanent Soul” en Embodied Visions: Evolution, Emotion, Culture and Film, Oxford University Press, Oxford, 2009.

[2] Una estrofa de “Mouth Mantra” dice lo siguiente:

Vow of silence

I’ll explore the negative space

Around my mouth

It implodes


Ana Laura Pérez Flores es licenciada en Comunicación Social por la UAM-X y coordinadora editorial de Icónica.  @ay_ana_laura