Baby: El aprendiz del crimen

Baby: El aprendiz del crimen

Por | 17 de agosto de 2017

La génesis de Baby: El aprendiz del crimen es también la primera secuencia de la película: después del robo a un banco se desata una frenética persecución en automóvil, mientras se escucha de fondo “Bellbottoms” de The Jon Spencer Blues Explosion. Esta imagen nació en la mente del director Edgar Wright hace mucho tiempo, al principio de su carrera, antes incluso de que se volviera famoso con El desesperar de los muertos (Shaun of the Dead, 2004). Después añadiría la idea de un automovilista melómano que condujera al ritmo de todo lo que saliera de sus audífonos. El director ya había jugado con este concepto en el videoclip para la canción “Blue Song” de la banda Mint Royale, el cual aparece brevemente en la película. Menciono esto porque, como seguramente otros textos y reseñas se han encargado de afirmar, el narrador de la nueva película de Wright (Poole, Inglaterra, 1974) es la música. La película entera es una playlist sobre la que están construidas la mayoría de las escenas en un despliegue imparable de canciones y acción. Sin embargo, esto no es nuevo para Wright. En realidad, con música o sin ella, el director es un experto en crear, mantener y prolongar el ritmo a través del sonido y el lenguaje cinematográfico. Un vistazo a su filmografía demuestra su predilección por aprovechar la música y los ruidos diegéticos para crear la sensación de un flujo continuo dentro de sus películas.[1] Entonces, no es de sorprenderse que Baby: El aprendiz del crimen (Baby Driver, 2017) logre transmitir un ritmo bien sincronizado entre imagen y sonido que haya cautivado a las audiencias. Sí, se trata una película bien dirigida, con un brillo pop bastante agradable y que cumple con eficacia su objetivo de entretener al espectador. El problema está en otro lado.

Primero, una breve sinopsis de la película: Baby (Ansel Elgort) es un joven conductor que se especializa en huidas y que emplea la música para manejar más rápido y mejor. Cuando conoce a Debora (Lily James), ve la oportunidad de dejar su vida criminal. Sin embargo, Doc (Kevin Spacey), el mafioso para el que trabaja, lo obligará a seguir robando junto con un grupo de peligrosos delincuentes, lo que pone en riesgo su vida y su amor.

En un principio, lo más obvio sería catalogar a Baby Driver como una película sobre persecuciones en automóviles. Los elementos de este tipo de cintas son, claro está, los automóviles corriendo a toda velocidad para escapar o atrapar algo o a alguien. Hay películas enteras que entran dentro de la clasificación (Mad Max: Furia en el camino [Mad Max: Fury Road, George Miller, 2015], por poner un ejemplo actual) y hay películas que, aunque su trama principal no sea esa, cuentan con ciertos momentos dentro del género, sobre todo las cintas de atracos (The Italian Job [Peter Collinson, 1969], por mencionar un clásico). El conductor siempre ha sido una figura atractiva para este tipo de producciones gracias a su destreza tras el volante y lo enigmático que puede llegar a ser (El conductor [The Driver, Walter Hill, 1978] y Drive, el escape [Drive, Nicolas Winding Refn, 2011], por ejemplo). Baby Driver sigue esa tradición cinematográfica, pero intercambia el aura mítica por algo más familiar. Baby es un “buen muchacho”, enamoradizo y amante de la música. Uno se puede identificar con él cuando saca su iPod del bolsillo, selecciona una canción y canta sin importarle quién pueda verlo. El personaje representa bien el sentimiento original de Wright: la música y la velocidad.[2]

La película sigue las premisas clásicas de los filmes sobre atracos (planificación, asalto y huida) con escenas frenéticas con automóviles, musicalizadas por alguna pieza de rock o pop. Hasta ahí todo bien, sin embargo, cuando el relato opta por el lado romántico, se diluye lo que había conseguido con la acción. Y no es que esté mal insertar un romance dentro de la historia. Drive también era una historia motivada por el amor que consiguió un final acorde con su protagonista. Pero en el caso de Baby Driver hay ciertos momentos en el guión que están colocados muy gratuitamente, lo que termina por opacar el trabajo de Wright en la parte audiovisual.

El primero es la inconsistencia en el perfil de los personajes. Veamos el caso específico de Doc (Kevin Spacey), quien primero “cumple su palabra” y deja ir a Baby después de que éste pagara su deuda con él; luego cambia de opinión y amenaza al chico con matar a sus seres queridos si no hace otro trabajo; pero después se compadece de él cuando, una vez que el último robo se ha estropeado, lo ve con su novia y lo ayuda a escapar. ¡Incluso hasta recibe balazos por él! ¿Es bueno, es malo, es medio bueno y medio malo? Por otro lado, se desaprovecha a Batts (Jamie Foxx), quien a lo largo de la película es presentado como el personaje más temible y peligroso de todos, además de que no entiende la pasión de Baby por la música. La pelea final hubiera sido más efectiva si él hubiera sido el personaje a derrotar en vez de Buddy (John Hamm), el único del grupo de delincuentes que llegó a simpatizar con Baby a través de la música. Este tipo de contradicciones minimizan el impacto dramático que las escenas de persecución ya habían provocado.

Al final, el chico bueno orillado por las circunstancias a hacer cosas malas tendrá que pagar su deuda con la sociedad antes de poder emprender su viaje en automóvil junto a su amada. Esta última parte es un montaje que resume cinco años de cárcel la cual, aunque acorde a la personalidad del protagonista, se siente fuera de sintonía con el resto de la película y muy alejada de la idea original de Wright. Ni qué decir del beso entre Baby y Debora como última imagen. El coche avanzando por la carretera con ellos a bordo hubiera tenido más sentido.

Hay que aclarar: Baby: El aprendiz del crimen no es una mala película. Al contrario, Edgar Wright consiguió una pieza de acción bastante fresca y disfrutable en un panorama de películas de acción con explosiones audiovisuales ensordecedoras y secuencias sin sentido del ritmo. Es una cinta que vale la pena ver. El único detalle a criticar es que su cursilería terminó por opacar la verdadera historia de amor de la película: la de la música con el acelerador.


[1] Recomiendo ver los video ensayos “Scott Pilgrim: Make Your Transitions Count” de Nerdwriter y “Edgar Wright – How to Do Visual Comedy” de Every Frame a Painting (Tony Zhou, 2014 a la fecha), para entender mejor su estilo.

[2] Dato inútil: Baby comparte similitudes con el personaje de Star-Lord de Guardianes de la Galaxia (Guardians of the Galaxy, Marvel, 2014-17): ambos son huérfanos de madre que encuentran refugio sentimental en un cassette.


Israel Ruiz Arreola es licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad del Valle de México. Actualmente forma parte del equipo editorial de la Cineteca Nacional desempeñándose como investigador especializado.