Adiós noticieros

Adiós noticieros

Por | 6 de septiembre de 2016

Hace un par de meses, mientras veía El maestro del dinero (Money Monster, Jodie Foster, 2016), pensaba en qué anticuado se ve colocar una historia dramática en un estudio de televisión. Cosa que no me pareció igual cuando vi el primer episodio o, mejor dicho, mediometraje, de Black Mirror (Charlie Brooker, 2011 a la fecha), “The National Anthem” (2011), donde un video viral lleva a una transmisión humillante en vivo y en cadena nacional. Supongo que el hecho de que la cadena de medios se desate a partir de internet hace la trayectoria de la información viral, lo que es más natural para prácticamente cualquier persona menor a los 40 años, que la histeria generada a raíz de la televisión. Además, en “The National Anthem”, los grupos de personas viendo y discutiendo la noticia hacen más coherente la trama, independientemente de que nadie esté viendo su celular como adicto. Entiendo que es más efectivo para construir una trama tener grupos de personas viendo en conjunto hacia una gran pantalla que personas aisladas viendo sus teléfonos al mismo tiempo en las mesas desperdigadas de un café aunque interactúen vía texto, volteen a comentar el punto hacia quienes tienen más cerca o, incluso, compartan la pantallita de su celular con alguien más. En el fondo lo que se ve fuera de lugar es la figura de un presentador de televisión y, en particular, la del presentador de noticias.

¿Ustedes cuándo vieron un noticiero por última vez? Si lo hacen cotidianamente su respuesta será obvia e indicará que a) tienen más de 45 años o b) son una excepción. Yo recuerdo perfectamente las dos últimas veces que vi noticieros porque no lo hacía desde 2005 cuando me fui a hacer mi maestría. Las dos últimas ocasiones en que vi noticieros fueron el 22 de agosto pasado –cuando vi incluso dos– porque Televisa presentaba su “renovación” y durante alguna de las marchas de #Faltan43 en noviembre de 2014 porque quería saber cómo había terminado después de que la dejé. Es decir, volví a ver noticieros cuando se convirtieron en noticia y cuando, excepcionalmente, podían dar información en tiempo real. En ese caso fue muy decepcionante notar el momento en que la línea editorial de la empresa (Televisa) hizo que la presentadora pasara de recordar que los manifestantes iban en son de paz a vituperarlos. Poco después nos enteramos, en redes sociales, de que la policía había arremetido contra quien se le puso a la mano.[1] Pensé: «Por eso no veo noticieros».

Bueno, la verdad no tengo idea de qué pensé, pero mi dramatización me parece convincente. El asunto de fondo es que había información más precisa en internet. En otra ocasión escribí que en las redes sociales se

termina por generar un mensaje masivo, si se quiere un metamensaje, reproducido por miles o cientos de miles de personas que operan como nodos de redes vinculadas a redes más amplias. Este flujo de información por lo bajo termina por ser más eficiente e inmediato que los medios tradicionales y, a diferencia de ellos, es incontrolable por ser proteico y, sobre todo, espontáneo.[2]

Y en situaciones como la mexicana, donde el paradigma de los noticieros televisivos encarnó en Jacobo Zabludovsky, el personaje que, según se cuenta, el 2 de octubre de 1968, anunció que la noticia del día era un clima espléndido, los flujos de información con fuentes múltiples de internet ofrecen la objetividad que era la utopía del periodismo del siglo XIX y no sólo eso, nos obligan a cotejar información, como sueñan los maestros de las licenciaturas de Periodismo y Comunicación.[3]

Si los noticieros mexicanos fueran a sobrevivir tendrían que optar por la objetividad que existe en otros medios –manifestar la propia postura política es un acto objetivo, por cierto–, como, me parece que, al menos, está intentando Televisa en estos días. Pero no van a sobrevivir. No por mucho tiempo. El fenómeno es mundial y tiene relación estrecha, por un lado, con la desaparición de la tele como medio técnico y, por otro, con la tendencia a leer noticias, ya sea en texto o en video, en línea y en una gama muy amplia de medios.

El noticiero muy probablemente fue el género documental más relevante del primer siglo del cine. Su capacidad para dar cuenta y dejar registro de los eventos y las figuras de momentos específicos y para generar retratos del mundo y sus habitantes, entre otras cosas, con inmediatez le dio un lugar preponderante en la vida pública. Heredero de los lentos periódicos y revistas de actualidad ha sido superado precisamente por ellos mientras se alejan indefectiblemente del papel y de los horarios bien agendados. Está por verse si logra dar el paso a la ubicuidad temporal. Falta para darlo por muerto, aun en estado terminal.


[1] Leí y escuché muchos testimonios al respecto. Recuerdo en particular el de Francisco Goldman: “Crisis in Mexico: An Infrarrealista Revolution”, The New Yorker, 4 de diciembre de 2014.

[2] Abel Muñoz Hénonin, “Autorretratos de protestas”, Gaceta Luna Córnea, número 2, México, mayo-agosto de 2015, pp. 25-32.

[3] Hay problemas nuevos en las redes como el hecho de que cada vez leamos a personas más cercanas a nuestras opiniones y valores y seamos más intolerantes a quienes opinan distinto que nosotros, pero este no es el lugar para discutirlo.


Abel Muñoz Hénonin edita Icónica e imparte clases en la Universidad Iberoamericana. Coordinó junto con Claudia Curiel los libros Reflexiones sobre cine mexicano contemporáneo: Ficción (2012) y Documental (2014). @eltalabel