Abrir puertas y ventanas

Abrir puertas y ventanas

Por | 1 de Septiembre de 2012

En el exterior de esas casas viejas y espaciosas, las ciudades y las marejadas del verano no tienen mayor importancia que la de administrar los vestigios de un tiempo presente. Todo sucede en el tibio microcosmos de sus interiores: ventanales abiertos, pisos de madera, ventiladores más simbólicos que eficientes colgando de altos techos. Estas habitaciones son parte de una traición argentina, tanto en los relatos de Cortázar como en las películas de narración pausada e introspectiva.

El cine minimalista latinoamericano, como suele llamarse a la tendencia cinematográfica que en la última década ha inundado –muchas veces con muy pobres resultados– la escena festivalera de los países de nuestra región, puede tener su origen precisamente allí, donde la acción evidente es remplazada por el paisaje reflexivo.

Como Lucrecia Martel –la máxima referencia del minimalismo fílmico argentino– hace en La ciénaga (2001), la película que definió el ritmo y la fórmula de todo un movimiento cinematográfico nacional, en Abrir puertas y ventanas (2011), su opera prima, la directora Milagros Mumenthaler (La Falda, 1977) estudia el comportamiento de sus personajes en ambientes contenidos. Marina, Sofía y Violeta, tres jóvenes hermanas, habitan una casa durante el caluroso verano de una ciudad argentina que podría ser cualquiera. La tornamesa donde escuchan discos de vinil, el viejo auto del vecino o la computadora obsoleta donde hacen tareas escolares o revisan correos electrónicos, ubican la historia en un tiempo poco claro, pero cercano al presente; la abuela, una profesora universitaria, ha muerto. Junto a las huellas de fragilidad adolescente, los aparentemente ingenuos juegos de poder que se tejen sobre su ausencia reciente conducen la trama sin vuelcos predecibles, al tiempo que un erotismo discreto pero fulgurante va tomando cuerpo desde el primer momento en la poderosa fotografía de Martín Frías. Mumenthaler nos demuestra que la consolidación de un estilo cinematográfico, cuando es bien llevado, no significa su anquilosamiento.

 

Este texto se publicó originalmente en la primera etapa de Icónica (número 2, otoño 2012, p. 56) y se reproduce con autorización de la Cineteca Nacional.


Gustavo E. Ramírez Carrasco estudió Antropología Social y se especializa en cine documental. Es editor web de Icónica y redactor en el Departamento de Publicaciones y Medios de la Cineteca Nacional.