600 millas, bordeando el mainstream

600 millas, bordeando el mainstream

Por | 7 de enero de 2016

Sección: Crítica

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El debut en la dirección de Gabriel Ripstein ha sido por la puerta grande. 600 millas (2015) es un calculado producto desarrollado para consolidarlo en el entorno hollywoodense y aportar al intento de conciliación entre “cine de autor” y rentabilidad económica.

Producida por Lucía Films, la empresa de Moisés Zonana y Michel Franco, con colaboración en la producción ejecutiva de Emilio Azcárraga y su número dos al frente de Televisa, Bernardo Gómez, 600 millas apela al mercado binacional Estados Unidos-México a través de una sencilla trama enmarcada por el tráfico ilegal de armas a los cárteles mexicanos y la persecución que hace la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de Estados Unidos (ATF).

El inexperto Arnulfo Rubio (Krystian Ferrer) es utilizado por su tío Martín (Noé Hernández) para pasar armas a través de la frontera. Su participación se reduce a ser chofer de las camionetas que disimulan el arsenal en su carrocería para evadir la aduana. El que lleva el peso de las operaciones es el gringo también adolescente Carson (Harrison Thomas), quien conoce a la perfección todas las armerías legales e ilegales de Arizona, y al que ya le sigue la pista el agente de la ATF Hank Harris (Tim Roth), viejo lobo en las lides de tratar con la mafia mexicana.

En un intento fallido por detener a Carson y a Arnulfo, Harris termina secuestrado por el mexicano. El duro Harris se aprovecha de la inseguridad del chico para ganarse su confianza al grado de convertirlo en su aliado y provocar que se enfrente con su propio tío.  

La película está filmada con solvencia y una precisa puesta en imagen, que se sostiene en el contraste entre los espacios cerrados (la camioneta, el baño donde encierran a Harris, la estancia de la sala del padrino de Arnulfo) y el inhóspito desierto que se asoma por las ventanillas del vehículo. La violencia, eje del relato, se describe de forma fragmentaria, a través de detalles casi anecdóticos (la diligente labor de venta del armero al describir a Carson las opciones de metralletas R15; el llanto contenido de Arnulfo frente a su tío o la discusión con su madre). Violencia que sólo se materializa, desdramatizada, fuera de cuadro o a la distancia.

Sin embargo, 600 millas cojea muy pronto por su recurrencia a salidas narrativas poco coherentes y personajes anclados al cliché, situación disimulada en ciertos momentos por el buen desempeño de Ferrer, Hernández y el convenientemente inexpresivo Roth.

Metáfora de la complejidad de la relación binacional, según el lugar común, la retórica fílmica descansa en una premisa tan repetida como simplista: el fracaso del mexicano se explica por su predisposición al sentimentalismo, mientras que la supremacía norteamericana se alimenta de su pragmatismo descarnado. El emotivo Ferrer ve reducido su personaje a un lloriqueante acomplejado, con confusión sexual, orfandad paterna y, ergo, búsqueda desesperada de aprobación masculina, ya sea en su desapegado tío o en el rudo policía Harris. Un pelele que deja claro que si la maquinaria mafiosa mexicana tiene un flanco débil, seguro radica en su propensión al nepotismo; una derivación de su divertida sátira del aprendiz de chacal en la insulsa fábula Besos de azúcar (Carlos Cuarón, 2013). La psicología de manual lastra a 600 millas tanto como al resto de las cintas de la coguionista Issa López (Efectos secundarios, 2006; Casi divas, 2008).

Las referencias de Ripstein son variadas. De su padre, Arturo Ripstein, retoma el énfasis en el encierro visual como parábola de la estrechez de miras de sus estereotipados personajes (el entorno desértico y el tema criminal pueden remitir directamente a Profundo carmesí, 1996), e incluso se permite un franco homenaje: la discusión entre Arnulfo y su madre (una intensa sobreactuación de Mónica del Carmen) deriva en un aspaviento melodramático casi delirante, al estilo de Mentiras piadosas (Arturo Ripstein y Paz Alicia Garciadiego, 1987), una digresión completamente fuera de tono con el relato.

Al mismo tiempo, su austero realismo se nutre de la exploración de la violencia de Heli (Amat Escalante, 2013) y de La jaula de oro (Diego Quemada-Diez, 2013), pero sin renunciar a cierta espectacularidad de la aridez estilo western, ya parafraseada en el episodio fronterizo de Babel(Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga, 2006) o en Los tres entierros de Melquiades Estrada (Guillermo Arriaga y Tommy Lee Jones, 2005).

La solvencia de Ripstein deriva de su oficio como productor (lleva varios años como vicepresidente de producción de Sony Pictures) y de su olfato comercial. 600 millas se atiene a la fórmula del cine de autor mexicano (sí, la innegable fórmula que a fuerza de repetirse desde hace tres lustros se ha hecho perfectamente reconocible), ésa que es apreciada en el circuito de los festivales europeos, y se complementa con guiños al mercado norteamericano: su elección genérica y el tema coyuntural del comercio de armas sin controles.

La estrategia de la película es consecuente con la transición de la industria mexicana del entretenimiento, cada vez más anclada a la economía norteamericana al tiempo que apela, según convenga, a su especificidad mexicana o simplemente “latina”. Desde hace tiempo el futuro económico del cine mexicano está, si no en Hollywood, por lo menos en la escena indie de Estados Unidos.


Fernando Mino es periodista e historiador. Autor de La fatalidad urbana: El cine de Roberto Gavaldón (2007) y La nostalgia de lo inexistente: El cine rural de Gavaldón (2011).

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